Recuerdo a Picasso con sus propias palabras

El 8 de abril de 1973, a los 91 años de edad muere el genial minotauro, el que palpitante de deseo acecha a la mujer dormida. El monstruo de los ojos inquisitivos, penetrantes. El hijo malagueño de José y María al que nombraron Pablo y no Jesús.

Decía: «Mis primeros dibujos no tenían la torpeza y la ingenuidad propia de un niño. Hacía dibujos académicos, su exactitud me horroriza. Fue por la influencia de mi padre, (profesor de dibujo)».

Continuaba: «¿Por qué el artista se obstinaría en representar lo que, con ayuda del objetivo (fotográfico) se puede fijar tan bien? ¿No deberían los pintores aprovecharse de la reconquista de su libertad para dedicarse a otra cosa? Busco una semejanza con la naturaleza más profunda, más real que lo real, llegando a lo surreal. Un pintor no debe confundir la naturaleza con la pintura».

Estuvo ochenta años dedicado al arte que «lo mantenía vivo» (según él mismo creía, incluso supersticiosamente). Y ese arte abarcaba tanto la pintura como el dibujo, tanto la escultura como la cerámica o el trabajo con el papel y hasta la poesía. Probaba todos los materiales. Veía figuras e imágenes en piedras, conchas, maderas…, pero no en el mármol. De él se decía que poseía tal memoria visual y que retenía con tal exactitud los detalles de las formas que no necesitaba tomar apuntes del natural. Solía imitar cuadros que le gustaban, haciendo una especie de crítica pictórica a fin de extraer la quintaesencia de la obra. Unos opinan que toda su pintura está como impregnada de su escultura. En sus cuadros cubistas, las figuras semejan esculturas que giran mostrando simultáneamente sus diferentes aspectos. Otros le injurian, tachándole de incapaz que no sabe pintar ni dibujar; pero sobre todo aquellos que son conscientes de que se partirían la cabeza si quisieran demostrar tanta audacia y libertad como Picasso.

Recuerdo al currante exhaustivo que contribuyó al desarrollo total del arte moderno del siglo XX.

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