En aquel terrible año 1.968, en la guerra de secesión de Biafra contra Nigeria, armados por Francia los unos y por la URSS y el Reino Unido los otros, murieron, más por el hambre y por las epidemias que por los combates, un número incontable, pero estimado en millones, de ibos biafreños. Biafra dejó de existir ¿No es esto un auténtico genocidio?
En agosto del mismo año, las tropas de la URSS y del pacto de Varsovia invadieron Checoslovaquia para poner fin a las reformas ‘liberales’ propugnadas por el secretario general del partido comunista checo, Dubcek, y pactadas días antes con otros líderes comunistas europeos. Los tanques en las calles pusieron fin a la llamada, por las potencias occidentales que no intervinieron, ‘primavera de Praga’.
Después de los asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy, con sus increíbles sentencias, tuvieron lugar los tan celebrados juegos olímpicos de México, en los que destacaron el prodigioso salto de Bob Beamon (8,90 m), y la innovación por parte de Fosbury del salto de altura con caída de espaldas (2,24 m), y la exhibición del poder negro: puño enguantado en alto en el podio de Tommie Smith y John Carlos. A estos acontecimientos siguió otro: El 2 de octubre las tropas del ejército mexicano desde las cuatro esquinas de la plaza de las Tres Culturas de México D.F., ametrallaron a sangre fría a una multitud de estudiantes en manifestación. Los quinientos muertos no tuvieron cortejo fúnebre. Gustavo Díaz Ordaz era presidente de México. Maldito sea.
En mayo de 1.968 arde París. Los estudiantes universitarios inician una rebelión en pro de la libertad individual y en contra de «una sociedad capitalista y moralista podrida hasta la raíz», según proclamó uno de los principales líderes estudiantiles, el judío franco – alemán Daniel Cohn – Bendit. En un principio, y a pesar de los eslóganes anarquistas manejados por los estudiantes (‘Prohibido prohibir’ o ‘Sed realistas, pedid lo imposible’), los obreros se unen a la revuelta. Aunque, para Sartre, el pueblo permaneció ajeno a la izquierda y a la derecha, la revolución nació con los pies de barro: los comunistas pusieron fin a la aventura anarquista.