El anarquismo es una doctrina social que propugna la abolición del gobierno en todas sus formas y su sustitución por la soberanía individual; es un modo de vida que antepone el hombre natural al hombre político, proclamando que entre los hombres no puede haber más desigualdades que las puramente naturales y, en consecuencia, deben eliminarse las aristocracias, las castas y el dinero. Además, exige la sustitución de la religión y los dioses por el hombre y de los sacerdotes por la ciencia.
En los orígenes del movimiento anarquista puede situarse a Diderot, el filósofo materialista y ateo padre de la Enciclopedia y precursor de la Revolución Francesa. Los tres lemas: libertad, igualdad y fraternidad, que aún campean en el escudo de Francia, son suscritos por el pensamiento anarquista.
El problema principal con el que se enfrentaron los primeros teóricos del anarquismo fue cómo anular al Estado, ese aparato que «surgió de las ruinas de las ciudades libres de la Edad Media y que es ahora una sociedad de seguros entre explotadores de la pobreza de las masas». Bakunin, para el quien el problema no era la diferencia de clases sino la sociedad y por lo tanto adversario de Marx, propugnó el colectivismo local en contra del Estado, con asociaciones autónomas federadas libremente y con libertad de secesión. Este sistema, en el que «cada individuo conserva su derecho a lo que pueda ganar con su trabajo y a reunirse con otros grupos», es aplicable a la agricultura pero no a la producción industrial, por lo que Kropotkin dio forma al anarco-comunismo, posteriormente denominado comunismo libertario. El anarco-sindicalismo trató de solventar las diferencias de actuación.
A fin de lograr sus objetivos, anarquistas como Malatesta impulsaron la acción directa, mediante huelgas generales y ocupación de tierras, como en Jerez, mientras otros escribían y difundían manuales que explicaban la fabricación y uso de explosivos, fulminantes y venenos. No obstante, con el tiempo y la experiencia, los anarquistas comenzaron a reconocer la ineficacia de las acciones terroristas.
En España, Pi y Margall, traductor de Proudhon y reformista, protagonizó un movimiento federal que, según el hispanista Gerald Brenan, «solo pretendía cubrir el primer objetivo del largo camino anarquista». El federalismo, «expresión de la devoción española a la patria chica», condujo a la creación de «once cantones autónomos divididos en municipalidades libres unidos por medio de pactos voluntarios» en los que existiría «la abolición del servicio militar obligatorio, la separación de la Iglesia y el Estado, la educación gratuita y obligatoria, la jornada de ocho horas, el control del trabajo de mujeres y niños y la expropiación de tierras abandonadas y su explotación por comunidades de campesinos. El experimento de Pi duró dos meses y degeneró en el caos».
Existen muchos ejemplos históricos de los fracasos anarquistas para sustituir el Estado y conseguir la soberanía individual. En su contra está, incluso, la propia conducta de los anarquistas que generan una nueva tiranía interna. El mismo Jean Paul Sartre no ve las cosas absolutamente claras: «La legislación directa como paso para llegar a la anarquía es una vez más un gobierno y la soberanía individual no tiene todavía una fórmula real». ¿Es que el anarquismo no puede ser más que una utopía? ¿Una postura individual, como a del banquero de Pessoa? A pesar de los pesares, en la actividad intelectual está cada vez más extendida una auténtica postura anarquista.