Asturias, Carpentier y García Márquez: Citas y anotaciones de las obras de grandes escritores (5)

ASTURIAS

En 1974 muere en Madrid, a los setenta y cinco años de edad, el guatemalteco Miguel Ángel Asturias, novelista y diplomático, embajador en París, premio Lenin en 1966 y Nobel en 1967. Surrealista con André Breton, combinó en sus escritos el misticismo de los mayas con la protesta social. En su obra maestra, ‘Hombres de maíz’, publicada en 1949, nos dejó tantas palabras… «Clinudo, miltomatoso y hediondo a calentura, en camisa y cal sonio de manta de costal de harina, las marcas de la harina borrosas bajo los sobacos, por el fundis, sombrero de petate en forma de tumbilla, polainas de cuero y espuela sonta más al carculo que al calcañal escamoso»… «Regazón de árboles en matorrales hondos, masudos, bermejos bajo la luna color de acerola, y ampolladas por el viento sabanero que levantaba en los pajonales ariscos». M.A. Asturias incluye en la obra un glosario amplio, pero insuficiente.

En su última novela ‘Viernes de Dolores’, alterna el lenguaje culto, español, con el guatemalteco del pueblo. «¡Óiganse al zuhutil éste hablando castilla!». «Encimismita, el cielo». «El otro día vino a vernos un gringo que era profesor. Un gringo gente, porque hay gringos gentes, no todos son bestias».

Asturias cuenta una letrilla del canónigo: «Por zurrar de tren bajé,/ el tren se marchó sin mí,/ pero qué bien zurré/ de los gustos sin pecar/ y sin dejar a Dios ofendido/ el de sentarse a zurrar/ con el cigarro encendido». (El abuelo Vicente, ferroviario, leyó una letrilla parecida pintada en un retrete de estación que decía cagar en vez de zurrar). También reproduce canciones estudiantiles: «Contemplad los militares/ que en la paz carrera hicieron,/ vuestros jueces a millares/ que la justicia vendieron,/ vuestros curas monigotes/ que comercian con el credo/ y los políticos con brotes/ de farsa, interés y miedo».

CARPENTIER

En 1978 le concedieron el premio Cervantes al músico literato Alejo Carpentier, nacido en La Habana en 1904. Fue miembro de la embajada cubana en París, donde se unió durante algún tiempo al movimiento surrealista de André Breton. La novela ‘Los pasos perdidos’, publicada en 1953 y considerada su obra maestra, trata de la coexistencia de la civilización y los mitos en la cultura venezolana. En ella se pueden leer descripciones como ésta: «Estábamos sobre el espinazo de las Indias fabulosas, sobre una de sus vértebras, allí donde los filos andinos, medialunados entre sus picos flanqueantes, con algo de boca de pez sorbiendo las nieves, rompían y diezmaban los vientos que trataban de pasar de un océano a otro». Y los sentimientos que despierta en el autor el sonido del treno, el canto fúnebre ante una calamidad o desgracia: «Acabo de asistir al nacimiento de la música. He visto cómo la palabra emprendía su camino hacia el canto, sin llegar a él; he visto cómo la repetición de un mismo monosílabo originaba un ritmo cierto; he visto, en el juego de la voz real y de la voz fingida que obligaba al ensalmador a alternar dos alturas de tono, cómo podría originarse un tema musical de una práctica extrasensorial».

‘El Recurso del método’, novela de 1974, cuenta la historia de un tirano, fabricado con tiranos reales, de un país latinoamericano compuesto con países latinoamericanos reales: borracho, follador, evasor de divisas a Suiza, masacrador de levantiscos… y contrapuesto a la figura del Estudiante, un comunista luchador inteligente en la sombra. Carpentier nos ofrece tantas palabras… «Los chácharos y soldaderas se las arreglaban siempre para encontrar cerdos, novillos y gallinas… hallando botellas de cachaza, frascos de charanda, tinajas de guarapo fuerte y ciruelón… Y así había mitote, parranda y farra, en las noches de vivaque, con porfía de decimistas, músicas de cuatro, guitarra, maracas, furruco y tambor, mientras las mulatas y zambas, pardas y cholas, zapateaban a cual mejor, en compás de bamba, jarabe y marinera».

GARCÍA MÁRQUEZ

El colombiano Gabriel García Márquez, ‘Gabo’, recibe en 1982 el premio Nobel de literatura vestido de blanco liqui – liqui, mientras suena el ‘Tercer concierto para piano’ de Bela Bartok, que había escuchado mientras escribía ‘El otoño del patriarca’.

Su amigo y compadre Plinio Apuleyo Mendoza cuenta que, como estudiante en Bogotá, no tenía dinero, ni amigos, ni familia, y que «las circunstancias ásperas lo empujaron hacia la máquina de escribir». Ya como periodista, publicó en 1955 una crónica de catorce capítulos titulada ‘Relato de un náufrago’, en la que cuenta la desventura de Luis Alejandro Velasco, que estuvo durante diez días a la deriva en una balsa sin comer ni beber, visitado por los tiburones puntualmente todas las tardes a las cinco, como en los toros, proclamado héroe tras su arribada a Urabá de Colombia y más tarde olvidado e incluso aborrecido por el Gobierno.

En México, en 1967, Gabo escribió ‘Cien años de soledad’, paradigma del llamado realismo mágico, y se hizo célebre.

De su autobiografía ‘Vivir para contarla’, de la recopilación de su obra periodística ‘Por la libre’, de ‘Crónica de un secuestro’ y de ‘Aquellos tiempos con Gabo’ de su amigo Plinio, se pueden extraer datos suficientes para conocer su postura política, tan debatida. Su opinión respecto al imperialismo quedó clara tras la invasión soviética de Checoslovaquia: «Estamos ante dos imperialismos igualmente crueles y voraces. Lo asombroso es que los soviéticos les ganaron a los gringos en cinismo». Ardoroso defensor de la revolución cubana, consideraba que «Cuba representaba la fe en una revolución no inspirada en dogmas ni en alienaciones ideológicas»; además, «el bloqueo de EEUU fue una feroz tentativa de genocidio… la gran mayoría de los técnicos y profesionales independientes cubanos se identificaron con el imperialismo, aceptaron sus ofertas de sueldos fabulosos y desertaron del país». Sobre los discursos de Fidel, el Caballo, dice: «Es la inspiración, el estado de gracia irresistible y deslumbrante, que solo niegan los que no han tenido la gloria de vivirlo». «Su amistad personal con Castro le ha permitido intervenir con eficacia para obtener la libertad de un gran número de presos políticos», y «sus simpatías van actualmente hacia Fidel y no hacia la burocracia», dice Plinio. Claro que, «con su feroz cara de árabe… ahora parece apreciar mejor que antes la música, los buenos cuadros, las mujeres bonitas, los buenos hoteles, las camisas de seda, los caracoles al ajillo, el caviar (sí, el caviar) y toda la infinita y pecaminosa gama de los quesos…»

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