En 1.951 muere, a los sesenta y dos años, Ludwig Wittgenstein, hijo menor del inmensamente rico ‘rey’ del acero austríaco. Cuando era estudiante de ingeniería aeronáutica en Manchester inventó y construyó un motor a reacción. Para su diseño tuvo que estudiar matemáticas y cuando leyó ‘Los Principios de las Matemáticas’ de Bertrand Russell se fue al Trinity College a estudiar Lógica con el maestro. Esto decía Russell de su alumno: «Aprendió pronto todo lo que tenía que enseñarle, ya que poseía penetración y pureza intelectual en un grado extraordinario. Tal vez haya sido el ejemplo más perfecto del genio, tal y como se lo imagina uno tradicionalmente: apasionado, profundo, intenso y dominante. Su vida era tumultuosa, turbulenta, y su fuerza personal extraordinaria. Solía visitarme cada día a medianoche y quedarse caminando de un extremo al otro de la habitación durante tres horas de agitado silencio. Yo no me atrevía a sugerirle que ya era hora de acostarse, pues a ambos nos parecía probable que se suicidase al salir de casa».
Además de mostrar características geniales, además de ser un virtuoso del clarinete, Wittgenstein era homosexual. Tuvo un compañero inglés llamado Pinsent cuando en Inglaterra la homosexualidad estaba penada: la práctica homosexual en privado, en consenso y entre mayores de veintiún años, si no eran miembros de las fuerzas armadas, no fue legalizada hasta 1.967. Su compañero murió en combate de aviación mientras él peleaba en el bando contrario como oficial de artillería condecorado. Después de la Primera Guerra Mundial cedió a sus hermanos la enorme herencia que la correspondió a la muerte de su padre y, totalmente pobre, ejerció como jardinero en un convento, fracasó como maestro de escuela y rediseñó como arquitecto el palacio de su hermana.
Dice Russell, en su ‘History of Western Philosophy’, que tras los filósofos influenciados por las ciencias empíricas, como Demócrito, Aristóteles y Locke, y tras los filósofos inspirados por las matemáticas, como Platón, Spinoza y Kant, se ha llegado a un empirismo combinado con las partes deductivas del conocimiento. Hoy en día, tanto la teoría de la relatividad como la mecánica cuántica han hecho a la física menos material, más dependiente de un conocimiento matemático que no supone un conocimiento a priori sobre el mundo. También dice Russell, con Frege, que las matemáticas puras son una prolongación de la lógica deductiva, y que gran parte de la filosofía puede reducirse a una sintaxis, en un sentido amplio. Así, en una descripción, si se propone «el cuadrado circular no existe» se está diciendo que el cuadrado circular es una cosa, aunque no existe. Este tipo de dificultades son las que puede obviar la filosofía del análisis lógico.
Wittgenstein escribió el ‘Tractatus Logico- Philosophicus’ durante la guerra, trasportándolo en la mochila. En unas setenta y cinco páginas trata de la naturaleza del lenguaje, de los límites de lo que puede decirse, de la causalidad e inducción, de la muerte y la mística, del yo y de la voluntad y del bien y del mal. Prisionero en Monte Cassino, consigue enviar a Russell el manuscrito y algunas cartas, en las que dice estas cosas: «He escrito un libro que contiene todo mi trabajo de los últimos seis años. Tengo el manuscrito aquí conmigo. No lo entendería sin unas explicaciones previas, pues está escrito en frases muy breves. Modifica toda nuestra teoría de la verdad, de las categorías, de los números y de todo lo demás. El punto central es la teoría de lo que puede expresarse – y lo que es lo mismo, de lo que puede pensarse – mediante soportes (por ejemplo, por medio del lenguaje), y lo que no puede expresarse mediante soportes, sino únicamente mostrarse; lo cual, a mi entender, es el problema cardinal de la filosofía». Dicho con palabras sencillas: ¿Cómo puede una persona, a través de una secuencia de palabras, decir algo verdadero? ¿Y cómo puede otra persona entenderle? Debe ser el análisis lógico la disciplina filosófica por la que se aspire a un conocimiento seguro. El primer prerrequisito para filosofar debe ser la desconfianza en la gramática. Insiste Wittgenstein: «Todo mi trabajo consiste en explicar la esencia de la proposición. En ella combinamos las cosas y las ponemos a prueba ¿Cómo se forma la persona una imagen mental con ayuda del lenguaje? La lógica restringe la libertad de Dios para crear distintos mundos posibles. No le es posible crear un mundo ilógico porque existiría en ese caso un pensamiento imposible que a su vez correspondería a una imagen imposible, es decir, a ninguna imagen».