MAHFUZ
El egipcio Naguib Mahfuz fue el primer escritor arábigo premiado, en 1988, con el Nobel de literatura. Nacido en El Cairo en 1911, ciudad de la que no salió en casi toda su vida, se graduó en filosofía a los veintitrés años de edad, escribió a los veintiocho su primera novela y se casó a los cuarenta y tres. Su extensa obra abarca toda la larguísima historia de Egipto. En la novela ‘Akhenatón’, Mahfuz narra, desde el punto de vista de catorce protagonistas, la rebelión del faraón hermafrodita marido de Nefertiti contra los múltiples dioses de Egipto. Su defensa de Atón, el dios único de la felicidad y del amor, fue derrotada por los seguidores de Amón, dios de los dioses. En la obra, Mahfuz incluye una tabla cronológica de la historia de Egipto. Otra de sus obras, ‘La trilogía de El Cairo’, está considerada como la principal novela de Mahfuz y se desarrolla desde la Primera Guerra Mundial hasta la caída del rey Faruk en 1952.
Años después de recibir el premio Nobel, fue atacado y apuñalado en el cuello cuando paseaba por la calle, perdiendo casi totalmente la movilidad del brazo y mano derechos, por lo que tuvo que dictar ‘Ecos de Egipto’. La escritora surafricana Nadine Gordimer dice que esta obra es una especie de autobiografía: «la esencia de la esencia de los descubrimientos que Mahfuz ha realizado en la vida y en la contemplación de la vida». Estos son algunos de sus pensamientos: «Se engaña a sí mismo quien repite una vieja historia de amor». «La vida a nuestra edad no tiene sentido… La oportunidad de la vida se ha perdido ¡Qué lástima!». «¿Por qué no te has preparado para ello, sabiendo que era tu inevitable destino?». «El presente es una luz que palpita entre dos tinieblas». «Empezó a fallarle la memoria. Olvidó sus fracasos y todas las penalidades de la vida. Empeoró de su enfermedad y olvidó a su esposa, preguntándose qué estaba haciendo en su casa. Muchos de sus dolores le abandonaron. La enfermedad llegó al límite y se olvidó de quien era. Así escaló la cima de la serenidad. Llegaron a envidiarle quienes habían sentido lástima por él». «No hemos terminado de poner la casa en orden cuando escuchamos la llamada de la partida». «La vida es un río de memorias que desemboca en el mar del olvido. Y la muerte es la verdad firme».
PAMUK
Ohran Pamuk, premio Nobel de literatura en 2006, nació en Estambul en 1952 dentro de una familia rica que le dio una educación occidental. Pintor de joven, estudió arquitectura y la abandonó por la literatura. En sus novelas expone una y otra vez la tensión existente en Turquía entre la cultura oriental y la occidental; he aquí algunas frases que pronuncian sus personajes: «Le dije que se creía que la peste era contagiosa… respondía que la muerte era consecuencia de la voluntad de Dios, si uno tenía que morir, moría». (‘El castillo blanco’, 1985). «Tenemos que darle una buena educación a ese hijo que llevas dentro, jamás le enseñaré eso llamado miedo… ese terrible conformismo tan oriental». «He descubierto la frontera invisible que nos separa de los occidentales, ellos se han dado cuenta de la existencia de la muerte, de la nada, y nosotros, los orientales, no tenemos ni idea». «Éramos (los turcos) un juguete de las grandes potencias, obligados a mendigar a naciones que antiguamente habían sido esclavas nuestras». (‘La casa del silencio’, 1983).
Pamuk fue juzgado en 2005, un año antes de recibir el Nobel, «por haber denigrado públicamente la dignidad turca. Turquía había matado (entre 1915 y 1917) a un millón de armenios y a treinta mil kurdos… en mi país no se puede hablar de ello». La causa fue archivada ante la presión internacional. En una entrevista publicada en 2005, Pamuk expone sus puntos de vista sobre los turcos, diciendo que hay «intelectuales radicales que viven en los límites de Europa, lejos del centro, sumidos en la depresión a causa de sus sueños occidentales y por la existencia o no de Dios», así como «columnistas que escriben que los europeos también torturan, también oprimen a las minorías, también violan los derechos humanos… a los europeos no les gustamos ni los turcos ni nuestra religión». Dice que es frecuente oír frases como «en Europa se hace así», «Europa es un paraíso sexual», o «¿qué dirían los europeos si nos vieran?»; y opiniones del tipo «los europeos son muy educados, muy sutiles, muy cultos y muy elegantes… pues fueron ellos los que organizaron las cruzadas y los campos de concentración».
La novela ‘Nieve’ (Kars en el original) se desarrolla en Kars, una ciudad pobre cercana a la frontera con Armenia en la que sus habitantes confiesan que «podrías comprar la ciudad por un millón de dólares… aquí no hay ni un hombre feliz y todo está prohibido». El protagonista de la novela, trasunto del autor, es un periodista que acude a Kars para informarse del suicidio de las muchachas musulmanas empañoladas: «No era la pobreza, ni la desesperación, ni el absurdo,,, ni la falta de comprensión de los padres que pegaban a sus hijas, ni la opresión de los maridos celosos… lo que sorprendía era que se habían suicidado en medio de la rutina diaria, sin avisar, de repente». Una de ellas «se había negado a quitarse el velo… aunque el suicidio era un pecado… se colgó con su propio pañuelo». Un paisano dice que «seguiremos siendo gente insignificante que se asfixia en sus pequeñas y estúpidas peleas tirándose al cuello unos de otros por qué deben llevar las mujeres en la cabeza». Hombres que «tenían la esperanza de que llegara un héroe abnegado que les librara del desempleo, de la pobreza, de la corrupción y de la violencia». ¿Son los turcos una nación de poetas que espera la llegada de un nuevo mesías?
MAALOUF
Amin Maalouf, libanés nacido cristiano en 1952 y exiliado en Francia desde 1976, escribió en 1988, en francés, idioma en el que se expresa habitualmente, un ensayo titulado ‘Identidades asesinas’ en el que intenta contestar a la pregunta: ¿por qué se cometen tantos crímenes en nombre de la identidad religiosa, étnica o nacional? Asegura «que una persona pertenezca a un grupo es esencialmente debido a la influencia de los demás: a favor – familiares, compatriotas, correligionarios – y en contra – los que tratan de separarlos vejando su identidad -. El aprendizaje se inicia en la primera infancia y esta pertenencia a una raza, a una religión, a una lengua, a una clase, invade la identidad entera». «Cuando nuestros semejantes sienten su ‘tribu’ amenazada, pueden estar abocados a la ‘locura asesina’, convencidos de que es una medida necesaria para preservar la vida de los suyos, de que se trata de legítima defensa», dice Maalouf, y él, que es un fronterizo, un emigrante, opina que los «fronterizos pueden servir de enlace entre las comunidades y culturas, pero también pueden ser los más virulentos».
¿Y los islamistas? «Por qué esos velos, chadores, barbas, esos llamamientos a la muerte? ¿Es el islam incompatible con la democracia, con la modernidad, con los derechos de las mujeres y de los hombres? Tradicionalmente, el islam aceptó la presencia, en las tierras que conquistaba, de los fieles de otras religiones monoteístas. Si están confiados, son una sociedad abierta ¿Qué fue de los musulmanes de España y Sicilia? Forzados al exilio, eliminados o bautizados. El islam tuvo tolerancia en una época en que las sociedades cristianas no toleraban nada, pero hoy se han rezagado: en el cristianismo hay apertura y en el islam, intolerancia». «¿Qué pasó con Muhamad Alí, el militar albanés turco que fue virrey de Egipto? Que intentó imitar a Europa, pero acabó vencido y humillado. Los árabes sacaron la conclusión de que Occidente no quiere que se le parezcan, sino que obedezcan». (Los islamistas trataron de asesinar a Nasser y estuvieron siempre en contra de Ataturk, laico y partidario de la modernidad). Recuerda Maalouf: «El capitalismo, el comunismo, el fascismo, el psicoanálisis, la ecología, la electricidad, el avión, el automóvil, la bomba atómica, el teléfono, la televisión, la informática, la penicilina, la píldora, los derechos humanos, las cámaras de gas… Todo eso vino de Occidente. Pero cuando la modernidad lleva la marca del ‘Otro’, algunas personas enarbolan el arcaísmo». (Jomeini con sus Guardias de la Revolución, por ejemplo).
Maalouf aborda el fenómeno de la globalización. Asegura «que estamos en el crepúsculo de las nacionalidades». Dice que existe, más que nunca, «una mezcla de culturas: en todos los continentes encontramos ‘fast food’, pero también las más diversas cocinas (italiana, francesa, india, mexicana, marroquí…) y músicas (afroamericana, española, brasileña…)». Afirma tener «muchas más cosas en común con un peatón escogido al azar en una calle de Praga, Seúl o San Francisco que con mi bisabuelo». Además, «nuestros antepasados no practicaban la misma religión que nosotros (por ejemplo, el cristianismo dio forma a Europa y Europa al cristianismo)». Y se pregunta: «¿conducirá la globalización al predominio de una civilización o a la hegemonía de una potencia? ¿Desaparecerán lenguas, tradiciones y culturas? ¿Esas culturas amenazadas adoptarán actitudes cada vez más radicales y suicidas?» Maalouf no puede olvidarse de Internet, «ese monstruo planetario por medio del cual los poderosos extienden sus tentáculos sobre toda la Tierra, pero también un espacio igualitario en el que cuatro estudiantes astutos pueden ejercer tanta influencia como un jefe de Estado o una compañía petrolífera».
Para Maalouf «en Estados Unidos hay unas minorías que reflejan la diversidad del mundo. En las series de televisión y en el cine norteamericano aparecen rostros polacos, irlandeses, africanos, hispanos. Es irritante que si el delincuente es negro, el policía es blanco y el comisario, negro, en una búsqueda infantil de la unanimidad». Y afirma que «la ley de la mayoría no es siempre sinónimo de democracia, libertad e igualdad, a veces es sinónimo de tiranía, sometimiento y discriminación. El papel de los demócratas ya no consiste en hacer prevalecer las preferencias de la mayoría, sino en hacer respetar los derechos de los oprimidos».
Dice Maalouf que «es vocación de la lengua seguir siendo el eje de la identidad cultural, y la diversidad lingüística el eje de toda diversidad», por lo que debemos «vigilar el derecho de todo ser humano a conservar su lengua propia». Afirma dogmáticamente que «hoy, todo el mundo necesita tres idiomas» y que «saber únicamente inglés será una desventaja», por lo que lo sitúa como «tercera lengua». Se decanta por que «en Europa se hable en primer lugar la lengua materna y en segundo lugar la lengua favorita (sea español, alemán, italiano…)».