JUAN RAMÓN
El poeta lírico Juan Ramón Jiménez nació en Moguer (Huelva) en 1881. Apareció en Madrid en 1900, de la mano y bajo la influencia de Rubén Darío. Se trata de un joven virginal de diecinueve años que ama y admira la naturaleza con ojos puros: «Vagos ánjeles malvas/ apagaban las verdes estrellas./ Una cinta tranquila/ de mares violetas/ abrazaba amorosa/ a la pálida tierra». Doce años más tarde, trabajando como editor en la Residencia de Estudiantes, ya se le han enturbiado los ojos: «…Pero, ¿acaso/ puede hablar de sus rosales/ un corazón sepulcrado?». «¡Yo le tiré al ideal/ creyendo que no le daba! ¡Tiro negro, como abrió/ tu culatazo mi alma!». «¡Corazón, estás bien muerto! ¡Mañana es tu aniversario!» . «¡Qué yelo en la planta de este pie alternado,/ que tengo que tener sobre la tierra!»
En Nueva York, en 1916, se casa con Zenobia Camprubí, traductora de Rabindranath Tagore: «¡Qué dulce esta inmensa trama! Tu cuerpo con mi alma, amor,/ y mi cuerpo con tu alma». «La vía láctea/ sale de mí, pasa por ti,/ y vuelve a mí, círculo único./ ¡Qué dos columnas sustentadoras del universo!»
En 1956, Juan Ramón recibe el premio Nobel, el mismo año del fallecimiento de su esposa Zenobia. Dos años después también muere el poeta en San Juan de Puerto Rico. Y ya muy tarde, el llamado déspota de los poetas escribe: «…y ya muy tarde, ayer tarde,/ oí hablarme a los árboles».
ALEIXANDRE
El premio Nobel de literatura 1977 recayó en el poeta sevillano Vicente Aleixandre, nacido en 1898, el año del fin del imperio español. Desde 1927, fecha definitoria de una generación de poetas, vivió casi recluido por su enfermedad en su casa de Velingtonia, en los altos de la Moncloa madrileña. Aleixandre fue como un imán para los poetas españoles de la época. Se reunían en su casa para realizar lecturas y dialogar.
Aleixandre, poeta surrealista y cósmico: «A mi paso he cantado porque he dominado el horizonte/ porque por encima de él – más lejos, más, porque yo soy altísimo -/ he visto el mar, la mar, los mares, los no límites./ Soy alto como una juventud que no cesa.»
Romántico: «Por eso os amo, inocentes, amorosos seres mortales/ de un mundo virginal que diariamente se repetía/ cuando la vida sonaba en las gargantas felices/ de las aves, los ríos, los aires y los hombres».
Realista: «Para todos escribo. Para los que no me leen sobre todo escribo./ Uno a uno, y la muchedumbre./ Y para los pechos y para las bocas y para los oídos donde, sin oírme,/ está mi palabra».