NERUDA
A Ricardo Reyes Basoalto (1904 -1973), mejor conocido como Pablo Neruda, nacido en Parral (Chile), le correspondió el premio Nobel de literatura 1971. El apellido lo adoptó por casualidad de un gran escritor checo, pero él nació indio de la Araucanía, aunque «contra los indios todas las armas se usaron con generosidad: carabinas, incendios, la ley… el aguardiente consumó el aniquilamiento de una raza soberbia». De su juventud dice que «Yo me sumé a la ideología anarcosindicalista estudiantil. Mi libro favorito era Sacha Yegulev, de Andreiev». Y que «Gabriela Mistral me embarcó en esa seria y terrible visión de los novelistas rusos: Tolstói, Dostoievski y Chéjov». De entonces era «mi ambición de una poesía que englobara no sólo al hombre sino a la naturaleza».
De su obra poética, la famosa ‘Veinte poemas de amor y una canción desesperada’ (1924) ratifica: «Creo que nunca he vuelto a ser tan alto y tan profundo como aquellos días». En 1950 publica los quince mil versos de su ‘Cántico general’. Dice: «Yo estoy aquí para contar la historia,,,/ En el fondo de la América sin nombre/ estaba Arauco entre las aguas/ vertiginosas, apartado/ por todo el frío del planeta…» Y llegaron los conquistadores: «Los carniceros desolaron las islas…/ solo quedaban huesos/ rígidamente colocados en forma de cruz, para mayor/ gloria de Dios y de los hombres». Eran: «hijos del desamparo castellano,/ conocedores del hambre en invierno/ y de los piojos de los mesones./ Ellos ven verdes tierras, libertades,/ cadenas rotas, construcciones…/ Entraron matando a caballo,/ cortaron la mano que daba/ el homenaje de oro y flores». Después de las matanzas: «Almagros y Pizarros y Valverdes,/ Castillos y Urías y Beltranes/ se apuñaleaban repartiéndose/ las traiciones adquiridas». Y llegaron los nuevos propietarios: «Los últimos soldados de Castilla,…/ se fueron con sus piojos a su tumba…/ se asomó el vizcaíno con un saco,…/ expulsaron al conquistador/ y establecieron la conquista/ del almacén de ultramarinos,…/ Se adjudicaron/ haciendas, látigos, esclavos,/ catecismos, comisarías,/ cepos, conventillos, burdeles,/ y a todo esto denominaron/ santa cultura occidental». Mas aquí vienen los libertadores: Cuauhtemoc, Fray Bartolomé de las Casas, Caupolicán, Lautaro, O’Higgins, San Martín, Mina, Miranda, Carrera, Bolívar, Sucre, Páez, Juárez, Martí, Zapata,… «Detrás de los libertadores estaba Juan/ trabajando, pescando y combatiendo/ sus huesos están en todas partes./ Juan, es tuya la puerta y el camino./ La tierra/ es tuya, pueblo, la verdad ha nacido/ contigo, de tu sangre».
Neruda, profesor de francés y diplomático, conoció mucho mundo. En Lisboa vio «las monstruosas catedrales como cascarones, de las que Dios se hubiera ido hace siglos a vivir a otra parte». En Madrid coincidió «con el bonachón Primo de Rivera dando la primera lección de dictadura a un país que iba a recibir después la lección completa». Y con los terribles cristos españoles de la religión del suplicio, en el peca y sufre, en el no pecas y sufres, en el vive y sufre, sin escapatoria». En cambio, «estos budas colosales, en el rostro una sonrisa de piedra sosegadamente humana». Conoció la «orgullosa Inglaterra: se ha despedido de Bombay sin dejarles escuelas, industrias, viviendas, hospitales, sino prisiones y montañas de botellas de whisky vacías». Se entrevistó con Nehru que «me contemplaba con la misma indiferencia y menosprecio que hubiera tenido para con cualquiera de sus campesinos descalzos». Se relacionó, por los moluscos, con Julian Huxley, «un tipo chispeante y mucho más vivo y auténtico que su famoso hermano Aldous».
Neruda es, sobre todo, poeta, porque «así como a las personas más razonables les costaría mucho ser poetas, a los poetas les cuesta mucho ser razonables». Y repasa a un gran número de colegas, más o menos admirados: César Vallejo, el gran cholo, de poesía de dimensiones sobrehumanas. Proust, el más grande realista poético. Miguel Hernández tenía una cara de terrón o de papa que se saca entre las raíces y que conserva frescura mediterránea. Eléctrica sabiduría verbal. Quevedo, con sus aguas verdes y profundas, de espuma negra. Calderón, con sus sílabas que cantan. Góngora, río de rubíes. No hay poesía española sin el resabio, sin la opulencia gongorina. Ramón Gómez de la Serna, para mí uno de los más grandes escritores de nuestra lengua. Ha cambiado la sintaxis del idioma con sus propias manos. Juan Ramón Jiménez, un demonio barbudo que lanzaba su saeta contra éste o aquél, contra los jóvenes, a cuanto creía que la daba sombra. Federico García Lorca, el duende derrochador, la alegría centrífuga, nunca tuve un hermano más alegre, tenía todos los dones del mundo, el más semejante a un niño, asesinado. León Felipe, en los frentes anarquistas leía sus poemas iconoclastas, que reflejaban una ideología vagamente ácrata, anticlerical, con invocaciones y blasfemias. Rafael Alberti, el esplendor de la poesía en lengua española, un poeta innato, un sabio de la forma. Su poesía tiene un copo de nieve de Góngora, una raíz de Jorge Manrique, un pétalo de Garcilaso, un aroma enlutado de Gustavo Adolfo Bécquer. En su copa cristalina se confunden los cánticos esenciales de España. Maiakovski, poeta público. Pasternak, honesto reaccionario. Ehrenburg, gran agitador, lo más verdadero y viviente de la cultura soviética. Ho Chi Ming, poeta de la vieja cepa oriental, de voz dulce y natural. Mao, su libro rojo, panacea universal para vencer en el ping pong, curar la apendicitis y resolver los problemas políticos. (Cuando en China sustituyeron un hombre, Mao, por un mito, no me fue posible tragar por segunda vez – tras Stalin – esa píldora amarga). Paul Eluard, un normando azul y rosa, de contextura recia y delicada, un especie de torre francesa con esa lucidez apasionada. Su poesía era cristal de piedra, agua inmovilizada en su constante corriente. Gabriela Mistral, una sonrisa de harina en su cara de pan moreno. Nadie olvidará tus estrofas a los pies descalzos de nuestros niños.