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Coetzee: Citas y anotaciones de las obras de grandes escritores (14)

COETZEE

El premio Nobel de literatura del 2003 le correspondió a John Maxwell Coetzee, nacido en 1940 en Ciudad del Cabo, Suráfrica. Graduado en matemáticas y lengua inglesa, trabajó en Londres como programador de ordenadores y estudió en Estados Unidos lingüística y literatura. Actualmente es profesor en la Universidad de Adelaida, Australia.

En 1994 publicó ‘El maestro de Petersburgo’, donde narra las desventuras de Fiodor Mijailovich Dostoievski (1821 – 1881) en su Petersburgo natal. Era ingeniero militar y siendo seguidor de los socialistas utópicos franceses fue condenado, primero a muerte, por conspirar contra el régimen de Nicolás I. La pena le fue conmutada por cuatro años de trabajos forzados en Siberia más otros cuatro de servicio militar. En prisión se hizo seguidor de Cristo y del orden establecido. Al epiléptico Dostoievski, casado con una viuda que tenía un hijo, se le murieron ambos y, jugador compulsivo, perdió todo en la ruleta. Para alimentarse se puso a escribir: ‘Crimen y castigo’, ‘El idiota’, ‘El poseído’… la lista de las novelas más valoradas de todos los tiempos. Casado con su mecanógrafa, Anna Suitkina, algo mejor le fue la vida hasta su temprana muerte. (Puede que incluso se librara del – su – infierno y no tuviese que cantar como el personaje del chiste: ¡esto es vida, esto es vivir!).

Aficionado a los temas no demasiado alegres, Coetzee escribió en 1999 ‘Desgracia’, novela que describe la tremenda tensión en Suráfrica, entre las culturas cafre y boer, después del apartheid, en la que el protagonista es un enseñante que, «como no tiene ningún respeto a las enseñanzas que imparte, no causa ninguna impresión entre los alumnos. Sigue dedicándose a la enseñanza porque le proporciona un medio de ganarse la vida… el que va a enseñar aprende la lección más profunda, mientras que quienes van a aprender no aprenden nada. De pronto se ve canoso, encorvado… sentado sin mover un dedo ante su mesa, en una habitación repleta de papeles amarillentos a la espera de que se apague la tarde para poder prepararse la cena e irse a la cama… y uno pueda concentrarse en hacer lo que han de hacer los viejos: preparase para morir». Coetzee insiste en su novela ‘Hombre lento’: «Si hubiera una manera de acabar consigo mismo mediante una acción puramente mental, lo haría de inmediato. Las personas que ponen en práctica su propio final, pagan las facturas, escriben cartas de despedida, se ponen su mejor traje, se tragan las pastillas que han ido reuniendo para la ocasión… Todos ellos son héroes anónimos, sin nadie que cante su hazaña. Dicen: he decidido no ser una molestia».

La anciana escritora protagonista de la novela ‘Elizabeth Costello’ defiende a ultranza a los animales y el vegetarianismo. Dice que, en los tiempos primitivos, los humanos actuaban como hoy se hace en las corridas de toros: mataban a la bestia en combate honrando su bravura y comiéndolo después de haberlo vencido. Ahora se ha derrotado a las bestias, pero no a las ratas, que siguen plantando cara, ni a los insectos, que nos sobrevivirán. Los nazis aprendieron de los mataderos de Chicago a procesar cuerpos: sólo en Treblinka murieron como animales más de millón y medio de personas. «Estamos rodeados de una industria de la degradación, la industria cárnica, que trae al mundo conejos, aves, ganado, con el único propósito de matarlos… igual que el Tercer Reich». Y cita a Plutarco: «Me asombra que usted pueda meterse en la boca el cadáver de un animal muerto… tragarse los jugos de heridas mortales». Y defiende «a los grandes simios, algunos a punto de abandonar su silencio, habría que proporcionarles derechos humanoides, como a los humanos mentalmente defectuosos: derecho a la vida, a no padecer dolor ni a recibir daños». Dice Coetzee en otro libro que» cabe incluso esperar un día en el que a los animales se les atribuirá su propia dignidad, y el prohibir se reformulará como prohibición de tratar a una criatura viva como una cosa». Coetzee hace hablar también a los que se oponen a las creencias de Costello, a los que dicen que «los animales no pueden disfrutar de derechos legales porque no son personas, ni siquiera personas en potencia, como lo son los fetos». Descartes decía que «los animales no son más que autómatas biológicos». (A buen seguro, las ancianitas que tratan a sus perritos como nietecitos no estarán de acuerdo con esto).

En 1996, J.M. Coetzee publicó ‘Contra la censura. Ensayos sobre la pasión de silenciar’, donde cita al poeta cubano Reinaldo Arenas: «La amenaza oficial incesante hace del ciudadano no sólo una persona censurada, sino autocensurada, no solo vigilada, sino que se vigila así misma». Y es que «trabajar bajo censura es como vivir en intimidad con alguien que no te quiere». Coetzee señala que en la Unión Soviética de Stalin había setenta mil burócratas que supervisaban las actividades de siete mil escritores y cuenta el caso del poeta Mandelstam, que recitó, no publicó, en pequeñas reuniones, un poema contra un tirano que ordenaba ejecuciones y disfrutaba con ellas. Enterado Stalin, pidió informes sobre Mandelstam a Boris Pasternak, quien le defendió diciendo que se trataba de un ‘maestro’, cuya eliminación tendría peores efectos. Stalin obligó a Mandelstam a escribir una oda en su honor, que se publicaría, para que se enterase de quién mandaba. En el caso de Solzhenitsin, «un polemista formidable, un luchador político y un gran novelista humanista, aunque antipático, loco y traicionero… se dio una escalada en la que escritor y censor se vuelven cada vez menos distinguibles». Bajo el control de Stalin, una obra debía pasar por unas doce comisiones distintas, demostrando que servían a los intereses del proletariado, por lo que Solzhenitsin guardaba sus escritos en un bote de vidrio enterrado en el jardín, pero con Jruschov, que permitía una cultura disidente de Stalin, se publicó en 1962 la primera novela escrita por Solzhenitsin: ‘Un día en la vida de Iván Denisovich’. Cuando en 1974 se publicó en el extranjero ‘Archipiélago Gulag’, Solzhenitsin fue tachado de «renegado, traidor, blasfemo y contrarrevolucionario… que ingirió los venenos del estalinismo transformándose en su propio enemigo, un estalinista secreto».

Coetzee analiza la obra transgresora de fronteras sexuales y sociales de D.H. Lawrence ‘El amante de Lady Chatterley’, escrita en 1928 y publicada tras un juicio celebrado en 1960, citando algunas escenas ejemplares: «Y las puntas de sus dedos tocaron las dos entradas secretas del cuerpo de Connie, una y otra vez, con su suave y menudo cepillo de fuego. – Y me gusta que esto cague y mee ¡No quiero una mujer que no cague ni mee!-«. Para la ensayista norteamericana Catharine MacKinnon, «la pornografía debe ser prohibida en cuanto cosifica y perpetúa la hegemonía masculina»; pero ¿es pornografía o erotismo? Para Coetzee, «si las películas porno son una ofensa para el género femenino, ¿no son las de guerra una ofensa para el género humano?»

También analiza Coetzee el posicionamiento de Desiderius Erasmus, el conocido humanista Erasmo de Rotterdam, autor del ‘Ecomium Moriae’, traducido generalmente como ‘Elogio de la locura’ (privación de la razón o acción inconsiderada o gran desatino) y, a veces, como ‘Elogio de la estupidez’ (necedad o torpeza en comprender las cosas), acepciones no demasiado alejadas de significado. Erasmo se situó de espectador crítico tanto de los protestantes de la Reforma luterana como de los católicos romanos, e identificó dos clases de locura (o estupidez): la del fanático convencido de que tiene la razón (léase por ejemplo, Calvino) y la del cristiano que se coloca fuera de la razón, sea en la fe, en el misticismo, o en lo absurdo e irracional.

Vuelve Coetzee la vista a su país, Suráfrica, y enfoca a Geoffrey Conjé, el ideólogo del Partido Nacional, cuyas indicaciones políticas formaron parte del apartheid establecido por ley. Decía que las mujeres afrikáners debían tener relaciones sexuales sólo con hombres afrikáners de sangre pura «para garantizar la supervivencia de la raza blanca e impedir el regreso a la confusión, al paganismo y al caos», ya que «la bastardización es antinatural, un pecado contra la creación». Superado por las confrontaciones políticas este «pronazi loco», como lo llama Coetzee, aparecieron en Suráfrica los censores, cuya labor, que perduró hasta la aprobación de la nueva Constitución, puede clarificarse con un ejemplo de obra prohibida: «El escritor utilizó un exceso de lenguaje indecente, de uso del nombre del Señor en vano, de referencias a la excreción, a la masturbación… que el hombre medio considera una violación de la dignidad del individuo y del respeto a la privacidad sexual». (El análisis de Coetzee de la sociedad sudafricana fue lo más valorado por la Academia sueca para concederle el premio Nobel. Bueno,,,)

Grass y Alberti: Citas y anotaciones de las obras de grandes escritores (13)

GRASS

Günter Grass nació en la alemana Danzig en 1927, ciudad que después fue polaca con el nombre de Gdansk. Recibió el premio Nobel de literatura en 1999. En su obra ‘Pelando la cebolla’ cuenta que era hijo de tenderos y que actuó como recaudador de deudas del comercio paterno cuando contaba con diez y once años. Dice haber sido un precoz lector de Historia, sobre todo de las sangrientas Edad Media y guerra de los treinta años, convirtiéndose en un joven nazi, miembro de las juventudes hitlerianas. Imbuido de un romántico ardor guerrero, se presentó voluntario, a los dieciséis años, para servir en los submarinos de guerra, pero fue desechado y enviado a un campo de trabajo preparatorio. Lee ‘Sin novedad en el frente’ del gran pacifista Erich María Remarque, y recuerda cómo un par de botas va cambiando de propietario a medida que van reventando uno tras otro. También lee ‘Tempestades de acero’ de Ernst Jünger, el místico de la guerra, que la celebra como aventura y prueba de virilidad. (En la obra ‘Mi siglo’, Grass evoca la Primera Guerra Mundial, con las trincheras, los gases de cloro, las bayonetas y los aviones, mediante una conversación entre los dos autores). Participa en la guerra encuadrado en los tanques anticuados de la Waffen SS, que sufren una paliza desmoralizadora y comienza su conversión: se causa una ictericia fingida bebiendo aceite recalentado de una lata de sardinas para ir al barracón de enfermería; haciendo de sirviente se mea en el café de los oficiales y, después, en sí mismo durante un furioso cañoneo enemigo. Con su unidad destruida, marcha errante con el miedo a que lo ahorquen por carecer de hoja de ruta, pero es asignado a una tropa de choque, ‘el destacamento de ascensión a los cielos’. Herido en el hombro (con una esquirla que llevó de por vida) y en el muslo fue hospitalizado en Marienbad.

«El Führer se había ido, como si no hubiera existido nunca». Grass ingresa en un campo de trabajo británico, en el que pasa un hambre terrible; se apunta a un curso de cocina impartido por un tipo para él inolvidable (ahí empezó la afición que le acompañó toda su vida y demostró en su obra ‘El rodaballo’). Al ser definitivamente liberado, trabajó con dieciocho años en una mina de potasa, en donde asiste a las discusiones políticas de sus compañeros, se inclina por el socialismo democrático y se aleja de la religión. Dice: «Como el ser humano pasa por ser el fiel retrato de Dios, se podría considerar a Dios como el espantajo original». «El canciller Adenauer parecía una máscara, detrás de la cual se escondía todo lo que yo odiaba; la hipocresía que se las daba de cristiana… mentirosas aseveraciones de inocencia… y rectitud de una pandilla de criminales disfrazada». Sacó a su hermana (¿la violaron durante la guerra, de niña, los rusos?) del noviciado, «cayó en la trampa de la hipocresía organizada». Recuerda que compartió lona y juego de dados con un soldado llamado Joseph Ratzinger que «quería ser obispo, que hablaba de manera reflexiva, fanática, sensible y llena de amor sobre la única religión verdadera; ahora quería ser infalible como papa».

Estudiante de arte en Dusseldorf, traficó en el mercado negro, fue escultor de lápidas y batería tocando sobre una lámina metálica (el tambor de hojalata) en un trío de jazz al que se sumó en una ocasión el mismísimo Louis Armstrong durante cinco minutos. Animado por la asociación de escritores Grupo 47 escribió poemas y obras de teatro de poco éxito, éstas influidas por Ionesco, Beckett y Brecht. «Hasta entonces, entre pintores y escultores, con cerveza y aguardiente, había sido un cliente en la barra: ahora, desde el amanecer, se me veía sentado con literatos ante un vaso de vino». En 1956 se fue a París y produjo su obra cumbre: ‘El tambor de hojalata’, una novela picaresca escrita en una variedad de estilos, que distorsiona y exagera sus experiencias personales: el dualismo polaco – alemán de Danzjg, la nazificación de las familias de clase media, el arrepentimiento por los años de guerra, la llegada de los ‘ruskis’ y la atmósfera complaciente de la Alemania occidental después de la guerra con el milagro económico. «Me resultaba muy fácil escribir de la mañana a la noche»

En sus diarios publicados (‘La estrategia del caracol’, ‘De Alemania a Alemania’) cuenta su participación en el Partido Socialdemócrata (SPD), su lucha por las causas sociales y literarias, y sus discrepancias sobre la reunificación alemana: «Una ganga llamada República Democrática Alemana (RDA)». «Un ejército de administrativos occidentales… funcionarios coloniales. La gente de la RDA volverá a ser estafada». «Kohl estuvo aquí y preguntó a las masas: ¿Queréis la unidad de Alemania? ¿Queréis nuestro bienestar? Más vulgar no se puede ser». Y escribe al candidato socialdemócrata Oskar Lafontaine: «Esta política carece de toda idea que vaya más allá de la economía del marco. Apiádate de la gente de la RDA».

Tiene una finca en la punta sur de Portugal, cerca de Faro, donde planifica un libro, planta árboles, cocina y dibuja sin parar. Dice que «en Portugal se pone de manifiesto qué fuerza destructora emana de la Comunidad Económica Europea… sumas ingentes en construcción de carreteras… destruyen la agricultura… desplazan los productos portugueses para sustituirlos por españoles». Echa un vistazo a los países del entorno alemán: «Qué relativamente feliz es este país pobre (la República Checa), porque no tiene ningún hermano rico». «Junto a los alemanes de segunda clase pronto habrá checos y polacos de tercera y cuarta clase». Los avances sobre el futuro raramente funcionan, es más seguro dar noticia del presente: «Los alemanes, campeones de futbol en 1990; la república, más ruidosa, más feliz que cuando la caída del Muro».

Günter Grass, que no acabó el bachillerato y llegó a doctor ‘honoris causa’ y premio Nobel «por sacar a flote y dar forma, con la materia del pasado capturado por su enérgica prosa, a una apasionada reconstrucción de los rasgos de identidad de su país». Günter Grass, cocinero, escultor, pintor, poeta, dramaturgo, novelista, ‘la conciencia de su generación’, murió a los ochenta y siete años de edad en Lübeck, Alemania.

ALBERTI

Rafael Alberti fue, según uno de sus estudiosos, «un gran pintor – poeta, un poeta visual, óptico y gráfico, capaz de releer y refundar toda la tradición». Nació en 1902, nieto de italianos y andaluzas, en El Puerto de Santa María (Cádiz), y pasó su vida añorando «un melancólico lugar de retamas blancas y amarillas llamado La Arboleda Perdida» cercano al sitio de su cuna y que dio nombre a sus libros de memorias. En 1917 su familia se traslada a Madrid, donde Rafael, según Gregorio Prieto, da suelta a su «retozón afán de notoriedad sobresaliente». En 1923 contrae tuberculosis, publica el libro de poemas ‘Marinero en tierra’ y, en 1925 recibe el Premio Nacional de Literatura. Su obra más difícil, estudiada y controvertida (¿surrealista?) es ‘Sobre los ángeles’, escrita en 1927 – 1928 bajo «¿qué espadazo de sombra me separó casi insensiblemente de la luz, de la forma marmórea de mis poemas inmediatos, del canto aún no lejano de las fuentes populares, de mis barcos, esteros y salinas, para arrojarme en aquel pozo de tinieblas?» Una depresión juvenil, en la que escribiría: «Se necesita billete para entrar en el cielo… Para ir al infierno no hace falta cambiar de sitio ni postura». En 1930 rompe la relación con la pintora Maruja Mallo (la bruja Maruja) y se fuga con María Teresa León, que fue su compañera hasta que murió de Alzheimer («esas cosas desgarradoramente lentas») en 1988. «Ella había sido para mí todo… yo no sabía ni cómo se rellenaba un cheque… a veces me hubiera arrojado al Tévere». «Era una mujer de una fuerza increíble… después de Pasionaria, una de las mujeres más destacadas de la España republicana… Participaba en mítines, en cualquier acto solidario al que se le llamaba… y sin disfraz de proletaria». (Una vez viudo, Alberti se casó con María Asunción Mateo, escritora como María Teresa y separada con dos hijos ¡Qué parecido físico entre sus dos esposas y su primer amor, una niña llamada Milagritos!).

La llegada de la Segunda República en 1931 propicia que su vida y su obra «estén al servicio de la revolución española y del proletariado español… Antes, mi poesía estaba al servicio de mí mismo y de unos pocos. Hoy, no». Reacciona contra el «espíritu católico español, reaccionario, salvaje, que nos entenebreció desde niños los azules del cielo, echándonos cien capas de ceniza, bajo cuya negrura se han asfixiado tantas inteligencias verdaderas». Según Azorín, «Rafael Alberti se vuelve con los brazos abiertos hacia el pueblo, porque sólo el pueblo y sólo la naturaleza podían darle el punto de apoyo necesario para salir de la situación mental y socialmente crítica en que se encontraba». Rafael y Mª Teresa compusieron la famosa letra: «Puente de los franceses nadie te pasa / porque los milicianos qué bien te guardan», y fundaron, con su amigo Bergamín, el periódico ‘El mono azul’ (por el traje proletario).

Alberti, del Partido Comunista, huye a Francia, dejando en España centenares de miles de muertos y el cadáver de su amigo Federico García Lorca. «Picasso nos facilitó los billetes para salir de Francia cuando los nazis entraron en París». Rafael y Mª Teresa vivieron en la acogedora Argentina hasta 1961. Allí se representaron sus obras de teatro, «un teatro desnudo de artificios, en el que la fuerza del texto no quede relegada ante el excesivo despliegue escenográfico», como ‘Noche de guerra en el museo del Prado’, que fue copiado por Mujica Láinez en ‘Un novelista en el museo del Prado’. En Argentina se reencontró con la primerísima actriz Margarita Xirgu, exiliada también, aunque católica, porque hubiese gritado ¡Viva la República! en el último acto de la obra de Alberti ‘Fermín Galán’.

Desde Argentina, Rafael y Mª Teresa fueron a Italia, donde vivieron hasta su vuelta a España en 1975. Alberti fue elegido diputado por el Partido Comunista, pero renunció al escaño confiando en que los jóvenes, más informados que ´él, mejorasen su actuación política. Rechazó la propuesta de Dámaso Alonso de ser académico de la Real Academia Española (recordaba cómo de joven se meó en sus muros), pero aceptó la entrada en la Academia de San Fernando. Muerta Mª Teresa, cansado de la vida madrileña («Madrid es un enorme garaje») se retira con Mª Asunción a una casa con jardín de su añorado Cádiz, donde recuerda a sus amigos: «Dalí un día fue a comprar un sello para una carta y echó en el buzón la carta con el sello y la calderilla con el cambio, porque creía que formaba parte del franqueo» (después, bajo la influencia de Gala, Salvador Dalí se convirtió en ‘Avida Dolars’); a la muerte de Picasso, «¿cómo podrían haberse cerrado los ojos más maravillosos de la tierra?»; recibe el piropo de uno de sus admiradores «¡Qué bonito que eres, me cago en todos tus muertos!» Y pone belén, recibe regalos de reyes magos y canta a dúo con Marcos Ana: «La Virgen es radical / San José es socialista / y el niño que va a nacer / del Partido Comunista».

Alberti recuerda a alguno de sus favoritos: «Góngora era un maestro revolucionario del idioma, dejó escritas las estrofas más originales y suntuosas de nuestra poesía: ‘Tú eres tiempo el que te quedas / y yo soy el que me voy’, escribió»; «Juan Ramón es uno de los poetas más destacados de este siglo… no vivía, y tampoco (seguramente) quería vivir, para oír otra cosa que no fuese la poesía»; «Machado tiene otra dimensión, su voz era más entrañable… está por encima de cualquier moda o modo… Era un santo… alejado de cualquier comidilla o conspiración literaria»; «Baudelaire: ‘Embriagaos de amor, de virtud, de poesía o de vino. Cuidad siempre de estar ebrios’, aconsejaba»; «Goya, el primero que ha bajado a la calle, …el que hizo suyo ese claroscuro candente y aguafuerte de España».

Rafael Alberti no llegó, como soñaba, a conocer el año 2015, tampoco le concedieron, por comunista, el premio Nobel, no tenía ni el bachillerato elemental, pero fue doctor ‘Honoris Causa’ por seis universidades.

Saramago: Citas y anotaciones de las obras de grandes escritores (12)

SARAMAGO

El primer premio Nobel de literatura en lengua portuguesa le correspondió a José Saramago, «por su arte narrativo, desarrollado con obstinación y profundidades insospechadas». José nació en 1922 en una aldea «en una familia muy pobre, campesina y analfabeta» y dice de sí mismo que era «desde muy niño, callado, reservado, melancólico, nunca he tenido la risa fácil, incluso la sonrisa es algo que me cuesta trabajo, las alegrías y tristezas son en mí interiores». Tuvo una corta experiencia como periodista en la que aprendió algo: «a escribir noventa y nueve palabras cuando se necesitan noventa y nueve». En 1980, a los 58 años de edad, publica ‘Levantado del suelo’, «porque del suelo se levantan los hombres, la mies, los árboles». Esta novela inaugura un original y eficaz sistema de puntuación. Como dice José, «si usara constantemente signos gráficos de puntuación, estaría introduciendo obstáculos al libre fluir de ese gran río que es el lenguaje de la novela. Mis signos de puntuación, la coma y el punto final son signos de pausa en el sentido musical del término. El lector debe escuchar en el interior de su cabeza». (Escribía con un fondo de música clásica).

En 1982 aparece ‘Memorial del convento’, «una especie de ajuste de cuentas que no adopta las formas que suele adoptar la protesta… la ironía es mucho más viva; en ocasiones se convierte en sarcasmo, pero hay una gran piedad en todo esto». He aquí algunos tozos, que no párrafos, de esa ironía y ese sarcasmo: «… pero yo digo que Dios no tiene mano izquierda porque es a su diestra, a su mano derecha, donde se sientan los elegidos, no se habla nunca de la mano izquierda de Dios, … es el vacío, la nada, la ausencia, Dios es, pues, manco. Respiró hondo el cura y concluyó, de la mano izquierda». «Arrodillaos pecadores, que ahora mismo deberíais caparos para no fornicar más, … ahora mismo deberíais volver y vaciar vuestros bolsillos, porque en el paraíso no se requiere dinero, en el infierno tampoco,… aquí sí que el dinero es preciso, para el oro de otra custodia, para sustentar la plata de toda esta gente, a los dos canónigos que me levantan la cola de la pluvial y llevan las mitras, y a los dos subdiáconos que me alzan la cola del faldón, los caudatorios que van detrás, por eso son caudatorios».

‘El año de la muerte de Ricardo Reis’ se publica en 1984. Ricardo Reis es uno de los heterónimos del poeta Fernando António Nogueira Pessoa, natural de Lisboa, graduado en letras por la Universidad de Inglaterra, monárquico, autor del poema de exaltación nacionalista ‘Mensaje’ y fallecido en 1935 a los 47 años de edad. Pessoa, por su tendencia a la simulación, era Alberto Caerio, su despersonalización dramática, era Álvaro de Campos, la emoción que no se concedía en su vida, era António Mora, el defensor del paganismo griego (el más alto nivel de la evolución humana hacia la ciencia y no hacia la emoción). Y era Ricardo Reis, el personaje en el que el poeta ponía toda su disciplina mental, vestida de la música a ella adecuada. José siente por Ricardo Reis atracción y rechazo, siempre le había irritado su frase ‘sabio es el que se contenta con el espectáculo del mundo’. En la novela, Reis se pasea por las calles de Lisboa bajo la incesante lluvia en una soledad acompañada por el fantasma de Pessoa, con el que contempla la ciudad, recuerda y critica acontecimientos y tiene presente la cercana guerra civil española: «La declaración del cardenal Pacelli – ‘Mussolini es el mayor restaurador del imperio romano’ -, … las tropas italianas bombardeando Etiopía y Pacelli profetiza imperio y emperador». «Franco, dijo, no entraría en Madrid por no sacrificar a la parte inocente de la población (esperaría a que los niños crecieran para no sobrecargar de ángeles el cielo)». «Miguel de Unamuno, rector, dio su adhesión a la Junta de Burgos y dio 5000 pesetas al ejército nacionalista. Recomendó a Azaña que se suicidase. Su mayor admiración a la mujer española, que evitó que las hordas comunistas y socialistas se apoderaran hace tiempo de España».

‘La balsa de piedra’ ve la luz en 1986. La península ibérica, España y Portugal, se desgaja por los Pirineos y navega libre por el Atlántico. Un sueño de José: La península no pertenece a Europa y debe derivar hacia una posición intermedia entre Suramérica y África; hemos de tender hacia una federación ibérica, en la que Portugal, que representa un quinto de la población total, se equipare en derechos y obligaciones a las otras federaciones: Andalucía, Cataluña, Euskadi, Castilla, Galicia…

En 1985 publica ‘Historia del cerco de Lisboa’, en la que, según José, no hay ninguna historia verdadera, pero sí hay un suceso vital: el encuentro de José con su gran amor, con Pilar, a quien dedica la novela y la extraordinaria página que sigue: «La última hora la pasó casi toda en el balcón, con medio cuerpo oculto, acechando dónde María Sara dejará el coche. La vio aparecer en la esquina, ni deprisa ni lenta, el pelo suelto, y el deseo le puso un súbito nudo en la boca del estómago. Fue a abrir la puerta, Qué tarde, dijo, Ya se sabe, el tráfico. La puerta más próxima es la del dormitorio. Pero Raimundo Silva le quitó el bolso del hombro, lentamente, Ayer, al despedirse me trató de tú, dijo, Es la falta de hábito, Quiere ir al despacho, No, aquí estamos bien, pero tu no tienes donde sentarte, Mire la cama, Y yo respondo, Que le pasa a la cama. Estaban uno en brazos del otro, pero no se besaban aún, se miraban y sonreían mucho, el rostro alegre, y después la sonrisa se fue recogiendo lentamente como agua que la tierra estuviera absorbiendo y saboreando, y, entonces, unas alas inmensas envolvieron a María Sara y Raimundo Silva, apretándolos como a un único cuerpo, y el beso empezó, nadie sabe lo que es el beso, tal vez la decoración imposible, tal vez el principio de la muerte. Allí se hallaron, sentados primero en el borde, después él la echó hacia atrás y continuaron besándose, bajo la mano banal del hombre estaba el prodigio de un seno. Fue ella quien, sin prisas, disfrutando de su propio movimiento, se desabrochó la blusa. La penumbra del cuarto se iluminó súbitamente, seguro que por el lado de la barra se habían abierto las nubes, y el último sol entró por la ventana, oblicuo, lanzando por aquel lado de la pared una vibración de luz color cereza. María Sara y Raimundo Silva no se habían desnudado por completo. Estaban tumbados, cubiertos, y temblaban. El beso se convirtió en un devorarse de labios y de lenguas, empezaron a oírse palabras, sueltas, entrecortadas, jadeantes. Después, al fin, se desnudaron del todo, la noche caía muy lentamente sobre la ciudad, cuando los sexos de estos dos se sintieron por primera vez, cuando todas las compuertas del diluvio se abrieron sobre la tierra, Que nada en el futuro sea menos que esto, el cuarto estaba oscuro, Enciende la luz, quiero saber si esto es verdad».

‘El Evangelio según Jesucristo apareció en 1991y el subsecretario de Cultura portugués prohibió, tomándose atribuciones que no le correspondían, que fuera presentado a un premio literario europeo. José denunció el hecho como fascismo en democracia y se fue, con Pilar, a vivir a Lanzarote, su balsa de piedra. Y es que de Cristo, Dios y María no se puede decir nada que no sea estrictamente edificante. Por eso pregunta en la novela: «Dios mío, por qué hiciste… los hombres… de inmundicia, cuánto mejor hubiera sido que los hubieras hecho de luz y transparencia». Y recuerda que el carpintero, el padre putativo del Verbo Encarnado, avisado por un ángel de la matanza de los inocentes, huyó con la madre y el niño sin alertar a ningún vecino, haciéndose cómplice de los asesinatos. También deja claro que el dios de los judíos quiere ampliar su territorio por medio de la acción de su hijo; este hace muchos milagros, pero no resucita a Lázaro porque su hermana María de Magdala, compañera sentimental de Jesús le indica que va a hacerlo morir – doloroso trance – dos veces. De paso, defiende al «Mal Ladrón, rectísimo hombre… a quien le sobró conciencia para no fingir que creía… que un minuto de arrepentimiento basta para redimir una vida entera de maldad o una simple hora de flaqueza».

José pensaba que ‘El año de la muerte de Ricardo Reis’ era su mejor novela, pero su mayor éxito popular quizá lo constituyó ‘Ensayo sobre la ceguera’, publicada en 1995. Consideraba que «en el fondo, seguramente no soy novelista. Soy ensayista, alguien que escribe ensayos con personajes. En la novela puede confluir todo, la filosofía, el arte, el derecho, incluso la ciencia, todo. Es un intento de comprender el mundo». En esta novela – ensayo, muestra «una imagen del mundo en que vivimos: un mundo de intolerancia, de explotación, de crueldad, de indiferencia, de cinismo», y que «en lo relativo a la razón estaríamos ciegos. Cuando la ética no gobierna la razón, esta pierde toda importancia. La maldad, la crueldad, son inventos de la razón humana». La ceguera general que se propone en la novela es blanca y no negra, solamente una mujer conserva la vista, a quien «no se le hubiera ocurrido la posibilidad de que de los grifos de las casas no saliera ni una gota del precioso líquido, es defecto de la civilización, nos habituamos a la comodidad del agua canalizada, llevada a domicilio, y nos olvidamos (de) que, para que tal suceda, tiene que haber gente que abra y cierre las válvulas de distribución, estaciones elevadoras que necesitan energía eléctrica, computadoras para regular los débitos y suministrar las reservas, y para todo faltan ojos».

En 1997 José ensaya una ridiculización de la burocracia con la novela ‘Todos los nombres’. Nombres y más nombres de personas en legajos polvorientos colocados en un archivo laberíntico in fin. Vidas muertas en papel olvidado. Pero para José no es una novela sobre la muerte y los muertos, sino que es una obra sobre la vida, y la prueba es el expediente de una mujer que el protagonista rescata y destruye.

‘La caverna’ es ofrecida a los lectores en el año 2000. El enorme centro comercial en el que trabaja como agente de seguridad el yerno del alfarero protagonista simboliza un mundo cruel: la moderna catedral y la nueva universidad, la sustitución de las compras por el consumo, el miedo a la inseguridad instalado en la sociedad moderna. Además, debajo de los sótanos del centro se encuentra una cueva en la que aparecen, sedentes, atados y momificados, los cadáveres de varios hombres y mujeres: es la caverna de Platón, sobre la cual están erigidos los múltiples pisos del centro con sus incontables ofertas y atracciones. José confiesa que en la novela se encuentra con la ternura: el viejo, sabio y sentencioso alfarero («No hay nada más tiste, más miserablemente triste que un viejo llorando». «Ni la juventud sabe lo que puede, ni la vejez puede lo que sabe». «Ese órgano al que llamamos cerebro, ese que transportamos dentro del cráneo y que nos transporta a nosotros».)que se enamora de una vecina también viuda; su hija, también sabia y sentenciosa («Cada persona es un silencio, cada una con su silencio, cada una con el silencio que es». «Las personas de mal carácter son con frecuencia cobardes».); el perro encontrado, cuyas motivaciones son amorosamente estudiadas («Es negro, tenía ese color, o como afirman algunos, esa ausencia de tal».), que, en la realidad, apareció en Lanzarote y lo alimentó Pilar.

En ‘El hombre duplicado’, aparecida en el 2002, José estudia el caos, un tipo de orden por descifrar, y propone al lector que investigue el orden que hay en el caos. En la novela dice: «Falsear no es el término exacto, falsificar habrás querido decir, Gracias por la rectificación, lo que yo pretendía era manifestar el deseo de que hubiese una palabra capaz de expresar, por sí sola, el sentido de las dos, Según mi ciencia, una palabra que en sí reúna y funda el falsificar y el falsear, no existe, Si el acto existe, también debería existir la palabra, Las que tenemos se encuentran en los diccionarios, Todos los diccionarios juntos no contienen ni la mitad de los términos que necesitaríamos para entendernos unos a otros».

En el 2004 se publica ‘Ensayo sobre la lucidez’, cuyo escenario es la misma ‘ciudad de los prodigios’ donde se produjo la ceguera blanca. En ella los ciudadanos votan en blanco. En contrapartida, el gobierno, la milicia y la policía se exilian, rodean la ciudad y buscan un responsable: es la mujer que no perdió la vista en el caso de la ceguera, y la matan. José escribe una fábula, una sátira y una tragedia sobre «eso que llamamos democracia, que no funciona, que es poco más que una fachada». Como «de la democracia no queda mucho más que un conjunto de ritos», decía en 2001, «indignémonos»; y ya que «la utopía es una especie de invitación a la pereza, hagamos algo más creativo que la simple indignación, manifestémonos una y otra vez por la participación política, cultural y social del ciudadano». Es necesaria «una insurrección ética, no una revolución». Aparte de la novela, José hace una diáfana declaración de principios políticos, algo, según él, que debería hacer todo escritor comprometido: «Soy marxista y comunista de carné». «El modelo comunista real ha fallado, pero el ideal no muere. No vale glosar a Marx y a Engels sin aportar una reflexión. En la URSS se inventó un capitalismo de Estado, no había participación efectiva de los ciudadanos, no había socialismo». «Las socialdemocracias se proponen apaciguar el socialismo. Los partidos llamados socialistas han dejado de ser de izquierdas». «Cada vez me siento más como un comunista libertario». «No se puede vivir como estamos viviendo, condenando a las tres cuartas partes de la humanidad a la miseria. Un mundo que tiene capacidad para resolver problemas como el hambre y la falta de educación pero no los resuelve. Lo que importa es el lucro. El infierno es esto».

En 2005, José escribe ‘Las intermitencias de la Muerte’, que dice «yo soy la muerte, el resto es nada». Y enarbola un estandarte contra las religiones y sus iglesias: «Las religiones, todas, no tienen otra justificación para existir que no sea la muerte. Sin muerte no hay resurrección, y sin resurrección no hay iglesia. La iglesia necesita la muerte para vivir, para prometer vida eterna y ejercer una presión abusiva sobre las conciencias». Pero «la filosofía necesita tanto de la muerte como las religiones, si filosofamos es porque sabemos que moriremos, Montaigne ya dijo que filosofar es aprender a morir». José no soporta «la maldad y la hipocresía que han crecido a la sombra de las religiones». En la novela, un cardenal declara que «nuestra especialidad ha sido neutralizar, por la fe, el espíritu curioso». Ese espíritu curioso que nos impulsa a preguntar: «¿Qué motivo tendría Dios para hacer el universo? ¿Sólo para que en un planeta pequeñísimo de una galaxia cualquiera pudiera nacer determinado animal que tuviera un proceso evolutivo? » En la novela alguien proclama: «Somos, en el universo, como un hilo de mierda a punto de disolverse». Y José, que siempre dice lo que piensa, se confiesa «un ateo con una actitud religiosa que tiene que ver con el universo; lo que me trasciende es la materia, la tierra, con sus mares y sus multitudes».

Tras grave enfermedad, en el 2008, a los 86 años de edad, José escribe ‘El viaje del elefante’, una novela con trazos de humor basada en un hecho real: el viaje de traslado de un elefante desde Lisboa a Viena a través de Valladolid y Génova, dedicada a su mujer: «A Pilar, que no dejó que yo muriera»; porque «Pilar del Río (su traductora al español) no es mi secretaria. Cuando vuelvo la vista a lo que viví antes, veo todo aquello como una larga preparación para llegar a ella. Cuando no está, la casa se apaga. Y cuando vuelve, se reactiva». José se pregunta: «¿El amor a una cierta edad puede ser ridículo? Cualquier persona puede entregarse a otra, que es en lo que consiste el amor».

Si José creía que ‘El viaje del elefante’ sería su última novela se equivocó, porque aún le quedarían fuerzas para mirar con humor condescendiente algunas de las muchas simplezas, tonterías, que están escritas en la Biblia, el libro por excelencia. Por ejemplo: José mete a Adán y Eva, expulsados del paraíso por el ángel guardián (padre de Abel, ya que embarazó a Eva), en una caravana que pasaba por allí. Adán vivió hasta los novecientos años, luego le faltó poco para morir ahogado en el diluvio ¿De dónde salió Lilith, en la que Caín engendró a Enoc? José clama: «¡Los niños, los niños de Sodoma y Gomorra eran inocentes y fueron quemados a fuego de azufre!» Y José, el relativista del deseo y de la acción, el pesimista por la razón y optimista por la voluntad, indignado por haber entrado en un mundo injusto y haber salido de un mundo injusto, se despide de todos nosotros, admiradores de sus decires y de sus contares, fracasados imitadores de su bondad: «La historia se ha acabado, no habrá nada más que contar».

Vonnegut, Lessing y Clarke: Citas y anotaciones de las obras de grandes escritores (11)

VONNEGUT

En el 2007 fallece Kurt Vonnegut Jr.!, un estadounidense nacido en 1922 en Indianápolis, químico, antropólogo, novelista de ciencia ficción (¡No! ¡Nunca lo fui! Grita él), satírico, pesimista, ecólogo, socialista, anarquista. En 1952 publica ‘La pianola’, novela en la que presenta una sociedad completamente mecanizada y automatizada, a cuyos efectos deshumanizadores se oponen en vano científicos y obreros. Dice que «a la gente no se le quitó el trabajo, sino su sentido de importancia», porque «no es el conocimiento la causa de los problemas sino el uso que se le da». El protagonista comprendía ahora que ningún hombre podía vivir sin raíces: un campo, una cuesta, una costa o una calle…», y deduce que «en esta vida, los que piensan, los sensibles, aquellos que pueden sentir el ridículo, mueren mil muertes». En la novela ‘Dios le bendiga Mr. Rosewater’ (!965) cuenta la historia de un multimillonario filántropo que opina que «los padres fundadores (de Estados Unidos) habían sido un poco descuidados, ya que no establecieron que había que poner un límite a la riqueza individual». En 1969 publica su novela más famosa, quizá porque fue llevada al cine: ‘Matadero cinco’ o ‘La cruzada de los niños’, en la que relata su experiencia como uno de los pocos supervivientes del bombardeo británico con bombas incendiarias de la ciudad de Dresde, en el que murieron unas 135.000 personas. La ciudad quedó completamente destruida. En la novela ‘Galápagos’ (1985) atiende a los problemas de la Humanidad: «El exceso de tamaño del cerebro… podía sostener tantas opiniones contradictorias sobre tantos temas diferentes al mismo tiempo… La mayoría de los hombres estaban calladamente desesperados porque las infernales computadoras craneanas eran incapaces de moderarse o estarse quietas, siempre estaban buscando nuevos problemas con los que enfrentarse». «Estos animales han hecho tantas chapucerías que ya no pueden imaginar una vida decente ni siquiera para sus propios nietos».

Su última novela, titulada ‘Un hombre sin patria’ y publicada en 2005, la ilustra con graciosos y sugerentes dibujos y rimas:

«Oh, un cazador de leones / en la oscuridad tropical, / y un borracho durmiendo / en pleno Central Park, / y un dentista chino / y la reina británica, / todos juntos encajan / en la misma mecánica. / Bien, bien / ¡gente tan variada / en una misma maquinaria!»

Entre otras muchas cosas, dice: «Menudo error estamos hechos. Hemos herido de muerte a este planeta dulce y sustentador de vida (el único en toda la Vía Láctea) con un siglo de euforia por el transporte». «Karl Marx dijo que ‘la religión es el opio del pueblo’, cuando el opio y sus derivados eran los únicos calmantes eficaces. El propio Marx los tomó. Con esa frase constataba, no condenaba, el hecho de que la religión también podía reconfortar a los desfavorecidos». «La guerra de Vietnam sirvió para convertir en multimillonarios a los millonarios (yanquis). La de Irak, convierte a los multimillonarios en billonarios».

LESSING

Doris Lessing, premio Nobel de literatura en 2007, nació en Irán en 1919 y se crio y vivió en Rodesia del Sur, actual Zimbabwe, hasta que emigró a Londres en 1949, dejando dos hijos con su primer marido, llevando consigo a Peter, fruto de su segundo matrimonio, y el manuscrito de ‘Canta la hierba’, su primera novela. En su autobiografía titulada ‘Un paseo por la sombra’ cuenta que «decidí incorporarme al Partido Comunista… los rojos… en toda Europa… eran las personas más sensibles, más compasivas y más comprometidas socialmente». Participó invitada en un viaje a Rusia «donde estuve en estado de alerta… ésa es la razón de que conserve tantos recuerdos… éramos la primera delegación de ‘intelectuales’ del mundo occidental desde la guerra». Allí conoció a «Mijail Sholojov, autor de ‘El Don apacible’, un libro magnífico, una novela épica de la lucha entre rojos y blancos… la había robado a un infortunado escritor joven… era un macho». «En los años cincuenta, en el Partido se comentaba que los estalinistas y los freudianos eran del mismo estilo, conformistas y conservadores, y que los jungianos y los trotskistas se parecían porque eran rebeldes». «La nueva juventud (comunista americana) consideraba que si Trotski hubiera ganado la batalla del poder en la Unión Soviética en lugar de Stalin, el comunismo habría llegado a ser como la Utopía imaginada». Algún tiempo después, Doris Lessing dedujo que «Stalin encarcelaba permanentemente a cientos de miles… las prisiones estaban superpobladas… solucionó el problema liquidando a los prisioneros, y vuelta a empezar». También supo que «Gorki luchó incesantemente contra Lenin por la crueldad de su política y que después luchó contra Stalin… y fue asesinado». Así, desengañada, «dejé de ser comunista por las purgas… por el pacto Stalin – Hitler… por la invasión de Finlandia… por los falsos juicios de Checoslovaquia… por las represiones de Berlín y de Hungría». «Cuando la gente aceptó cuál era la situación real de la Unión Soviética… Se confirmó el horror y la traición».

Doris Lessing visita España: «Era tan pobre que partía el corazón. Como Irlanda. No había ninguna edificación entre Gibraltar y Barcelona en aquella época, exceptuando las ciudades de siempre… (pero) las iglesias (estaban) repletas de oro y joyas». «El gobierno de Francia y el de Inglaterra se negaron a suministrar armas al gobierno legítimo mientras que Hitler y Mussolini se las facilitaban a Franco… La gente ha olvidado lo mal que se trató a los refugiados españoles, confinados en campos de concentración… a pesar de que habían sido los primeros en hacer frente a los nazis, a los fascistas. Hay quien dice cínicamente que aquel fue su delito».

Doris Lesstng analiza: «La masacre en las trincheras (de la Primera Guerra Mundial) destruyó el respeto al gobierno, y de ello proviene el comunismo, el fascismo, el nacionalismo y, más tarde, el terrorismo… los sueños de un mundo mejor depositados en Lenin, Stalin, Hitler, Mao… » «Y luego la Segunda Guerra Mundial, donde la Unión Soviética llevó el peso del combate… y perdió ocho millones (de personas) en la guerra. (Y no veinte, esos fueron asesinados por Stalin)». «Hitler admiraba a Stalin pues se veía a sí mismo como un criminal menor comparado con su gran ídolo». «El caso es que la gente que está loca de atar (como Hitler y Stalin), si forma parte de la religión o de la política, no es considerada como loca».

Doris Lessing se asoma a la ciencia ficción: «Me preguntó si leía obras de ciencia ficción. Le enseñé obras de Olaf Stapledon, H.G.Wells, Jules Verne… Me prestó otras… Me impresionaron sus perspectivas,,, sus ideas y las posibilidades de crítica social… me decepcionó el nivel de descripción de los personajes… En el género se encuentran algunas de las mejores historias de nuestra época. Adentrarse en este género… cuando se ha pasado una temporada inmerso en el mundo literario convencional es como abrir las ventanas de una habitación pequeña, anticuada y con el aire enrarecido… Aquellos autores (todos hombres) pensaban y hablaban de comunicaciones por satélite y viajes espaciales… Sé que he quedado apartada de los avances científicos, y en nuestra era las fronteras están en la ciencia». Como consecuencia de esta ‘revelación’, Doris Lessing escribe en 1971 ‘Instrucciones para un descenso al infierno’, novela inspirada por un sabio del siglo XIV, Mahmud Shabistari: «Si aquella gota de agua mostrara su entraña, / veríamos dentro un centenar de mares / … en cada grano brotan mil cosechas / … el firmamento gira dentro de ese punto del espacio…» Y por la bióloga Rachel Carson: «Entre esa fauna y flora de las aguas capilares se encuentran (seres) unicelulares, pizcas de agua, crustáceos minúsculos, larvas de microscópicos gusanos que viven, mueren… un mundo donde la invisible gotita de agua es como un vasto y oscuro océano…» Pero la novela tiene poco que ver con la ciencia y mucho con la ficción onírica. El protagonista, el profesor Watson, ¿es un elegido por las fuerzas cósmicas obligado a llevar a la Humanidad un nuevo mensaje? ¿O un loco? A pesar de que «un siglo de pensamiento erudito ha envejecido la Tierra un millón de veces (hace cien años los teólogos e historiadores afirmaron que el mundo contaba cuatro mil años desde su creación)», «el hombre, esa pobre bestia, levanta su hocico sangriento hacia el misterioso firmamento, para aullar de dolor y agotamiento entre batalla y batalla con sus congéneres». Esos hombres «todavía no están suficientemente evolucionados para comprender que su propio yo es un mero componente de un todo… y todavía menos para alcanzar conocimiento consciente de que la Humanidad es parte de la Naturaleza». «Incluso la religión más reciente, la Ciencia, tiene solamente unos vislumbres caprichosos e incompletos del hecho de que la vida es Una».

En un nuevo intento de aproximación a la ciencia ficción, Doris Lessing escribe un serie de novelas agrupadas bajo el título de ‘Canopus en Argos. Archivos’, una descripción del mundo dividido en cinco áreas estancas. Un intento que algunos han calificado como novelas de ‘estado ficción’. (¡Ni Doris ni Kurt! ¿Dónde está y qué es la ciencia ficción ‘auténtica?)

CLARKE

En el año2008 desaparece el escritor Arthur C. Clarke, considerado uno de los grandes de la ciencia ficción. Nacido en 1917 en Sommerset, Inglaterra, desde niño demostró una ferviente afición por la astronomía: consiguió hacer un mapa de la Luna con un telescopio que construyó él mismo. En 1941 ingresó en la Royal Air Force, donde llegó a ser instructor de radar. En 1945 predijo, con todo detalle técnico, el sistema de satélites geoestacionarios que proporcionarían una red de señales de audio y vídeo a todo el planeta; aunque el informe no prosperó, veinte años más tarde se empleó el sistema. No fue este el único signo de la presciencia de Clarke: en su novela ‘El fin de la infancia’ (1954) previó la futura aparición de la píldora anticonceptiva, el gran aumento de la movilidad de las personas, la desaparición de las creencias basadas en milagros y revelaciones al conocerse cómo se habían generado las grandes religiones, la pérdida de significación del color de la piel, la robotización de las industrias, el empleo de máquinas en lugar de esclavos, el cambio de la superstición por la ciencia… Demostrado también su gran optimismo e ignorando el enorme desarrollo de la informática e internet. Más tarde, en la novela de 1987 ‘Regreso a Titán’, utiliza coches con piloto automático, computadoras de bolsillo, consolas conectadas a bibliotecas con intercomunicadores videoacústicos, casas subterráneas con panorámicas móviles, clonación de humanos, sexo libérrimo y ambivalente, corales adaptados genéticamente para que capten óxidos de nitrógeno, transmutación de elementos con producción de metales nobles y raros y un sistema solar con habitantes en Titán, Mercurio, Marte y Luna… y solo quinientos millones en la Tierra del año 2276.

Clarke es más conocido del público por su novela de 1968 llevada al cine por Stanley Kubrick ‘2001: Una odisea del espacio’, a la que siguieron ‘2010:Odisea 2’ (1982), continuación de la anterior y también llevada al cine, ‘2061: Odisea 3’ (1987) y ‘Odisea final’ (1997). En la serie, Clarke presenta un sistema solar en el que Júpìter se ha transformado en un segundo Sol gracias al poder y sabiduría de la civilización alienígena avanzada propietaria de un extraño monolito. También reflexiona sobre el tiempo, y dice que «solo el tiempo es universal; el día y la noche no son más que costumbres locales exquisitamente arcaicas que se encuentran en aquellos planetas a los que las fuerzas de marea todavía no les ha arrebatado la rotación». Y sobre «esa psicopatología conocida como religión… Describía las torturas autorizadas por la Iglesia… antes de quemarlos vivos. Niños pequeños encadenados y azotados hasta que aprendían de memoria volúmenes enteros de jerigonza piadosa. Se los robaba la niñez y la juventud para convertirlos en monjes… ¿Postula usted que cualquier persona con firmes creencias religiosas estaba loca? Sí, siempre que no fuese hipócrita sino sincera». El tema religioso es muy frecuente en otras obras de Clarke. Así, en ‘El martillo de Dios’ (1993) dice que una virgen que concibiera sin pecado sólo hubiera podido dar a luz una niña, y en ‘Rama revelada’ (1996) un dios fabrica muchos universos diferentes para conseguir alguno estable. En ‘El mundo es uno’, publicado en 1992, Clarke describe la historia de las ingentes tareas en que se embarcaron Estados Unidos y Gran Bretaña para conectarse a través de cables submarinos, sistema poco después sobrepasado por la radio y, actualmente, por los satélites geoestacionarios. El libro se lo dedica a los auténticos padres del satélite de comunicaciones John Pierce y Harold Rosen, del padrino (que fue él mismo)».

Arthur C. Clarke murió en Sri Lanka, donde vivió muchos años dedicado, además de a la escritura, a la fotografía submarina. De allí nos legó, a la manera de Asimov con los robots, las tres leyes de Clarke: 1.- Si un científico anciano y distinguido dice que algo es posible probablemente esté en lo cierto, si dice que algo es imposible, probablemente esté equivocado. 2.- La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse hacia lo imposible. 3.- Una tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

Mahfuz, Pamuk y Maalouf: Citas y anotaciones de las obras de grandes escritores (10)

MAHFUZ

El egipcio Naguib Mahfuz fue el primer escritor arábigo premiado, en 1988, con el Nobel de literatura. Nacido en El Cairo en 1911, ciudad de la que no salió en casi toda su vida, se graduó en filosofía a los veintitrés años de edad, escribió a los veintiocho su primera novela y se casó a los cuarenta y tres. Su extensa obra abarca toda la larguísima historia de Egipto. En la novela ‘Akhenatón’, Mahfuz narra, desde el punto de vista de catorce protagonistas, la rebelión del faraón hermafrodita marido de Nefertiti contra los múltiples dioses de Egipto. Su defensa de Atón, el dios único de la felicidad y del amor, fue derrotada por los seguidores de Amón, dios de los dioses. En la obra, Mahfuz incluye una tabla cronológica de la historia de Egipto. Otra de sus obras, ‘La trilogía de El Cairo’, está considerada como la principal novela de Mahfuz y se desarrolla desde la Primera Guerra Mundial hasta la caída del rey Faruk en 1952.

Años después de recibir el premio Nobel, fue atacado y apuñalado en el cuello cuando paseaba por la calle, perdiendo casi totalmente la movilidad del brazo y mano derechos, por lo que tuvo que dictar ‘Ecos de Egipto’. La escritora surafricana Nadine Gordimer dice que esta obra es una especie de autobiografía: «la esencia de la esencia de los descubrimientos que Mahfuz ha realizado en la vida y en la contemplación de la vida». Estos son algunos de sus pensamientos: «Se engaña a sí mismo quien repite una vieja historia de amor». «La vida a nuestra edad no tiene sentido… La oportunidad de la vida se ha perdido ¡Qué lástima!». «¿Por qué no te has preparado para ello, sabiendo que era tu inevitable destino?». «El presente es una luz que palpita entre dos tinieblas». «Empezó a fallarle la memoria. Olvidó sus fracasos y todas las penalidades de la vida. Empeoró de su enfermedad y olvidó a su esposa, preguntándose qué estaba haciendo en su casa. Muchos de sus dolores le abandonaron. La enfermedad llegó al límite y se olvidó de quien era. Así escaló la cima de la serenidad. Llegaron a envidiarle quienes habían sentido lástima por él». «No hemos terminado de poner la casa en orden cuando escuchamos la llamada de la partida». «La vida es un río de memorias que desemboca en el mar del olvido. Y la muerte es la verdad firme».

PAMUK

Ohran Pamuk, premio Nobel de literatura en 2006, nació en Estambul en 1952 dentro de una familia rica que le dio una educación occidental. Pintor de joven, estudió arquitectura y la abandonó por la literatura. En sus novelas expone una y otra vez la tensión existente en Turquía entre la cultura oriental y la occidental; he aquí algunas frases que pronuncian sus personajes: «Le dije que se creía que la peste era contagiosa… respondía que la muerte era consecuencia de la voluntad de Dios, si uno tenía que morir, moría». (‘El castillo blanco’, 1985). «Tenemos que darle una buena educación a ese hijo que llevas dentro, jamás le enseñaré eso llamado miedo… ese terrible conformismo tan oriental». «He descubierto la frontera invisible que nos separa de los occidentales, ellos se han dado cuenta de la existencia de la muerte, de la nada, y nosotros, los orientales, no tenemos ni idea». «Éramos (los turcos) un juguete de las grandes potencias, obligados a mendigar a naciones que antiguamente habían sido esclavas nuestras». (‘La casa del silencio’, 1983).

Pamuk fue juzgado en 2005, un año antes de recibir el Nobel, «por haber denigrado públicamente la dignidad turca. Turquía había matado (entre 1915 y 1917) a un millón de armenios y a treinta mil kurdos… en mi país no se puede hablar de ello». La causa fue archivada ante la presión internacional. En una entrevista publicada en 2005, Pamuk expone sus puntos de vista sobre los turcos, diciendo que hay «intelectuales radicales que viven en los límites de Europa, lejos del centro, sumidos en la depresión a causa de sus sueños occidentales y por la existencia o no de Dios», así como «columnistas que escriben que los europeos también torturan, también oprimen a las minorías, también violan los derechos humanos… a los europeos no les gustamos ni los turcos ni nuestra religión». Dice que es frecuente oír frases como «en Europa se hace así», «Europa es un paraíso sexual», o «¿qué dirían los europeos si nos vieran?»; y opiniones del tipo «los europeos son muy educados, muy sutiles, muy cultos y muy elegantes… pues fueron ellos los que organizaron las cruzadas y los campos de concentración».

La novela ‘Nieve’ (Kars en el original) se desarrolla en Kars, una ciudad pobre cercana a la frontera con Armenia en la que sus habitantes confiesan que «podrías comprar la ciudad por un millón de dólares… aquí no hay ni un hombre feliz y todo está prohibido». El protagonista de la novela, trasunto del autor, es un periodista que acude a Kars para informarse del suicidio de las muchachas musulmanas empañoladas: «No era la pobreza, ni la desesperación, ni el absurdo,,, ni la falta de comprensión de los padres que pegaban a sus hijas, ni la opresión de los maridos celosos… lo que sorprendía era que se habían suicidado en medio de la rutina diaria, sin avisar, de repente». Una de ellas «se había negado a quitarse el velo… aunque el suicidio era un pecado… se colgó con su propio pañuelo». Un paisano dice que «seguiremos siendo gente insignificante que se asfixia en sus pequeñas y estúpidas peleas tirándose al cuello unos de otros por qué deben llevar las mujeres en la cabeza». Hombres que «tenían la esperanza de que llegara un héroe abnegado que les librara del desempleo, de la pobreza, de la corrupción y de la violencia». ¿Son los turcos una nación de poetas que espera la llegada de un nuevo mesías?

MAALOUF

Amin Maalouf, libanés nacido cristiano en 1952 y exiliado en Francia desde 1976, escribió en 1988, en francés, idioma en el que se expresa habitualmente, un ensayo titulado ‘Identidades asesinas’ en el que intenta contestar a la pregunta: ¿por qué se cometen tantos crímenes en nombre de la identidad religiosa, étnica o nacional? Asegura «que una persona pertenezca a un grupo es esencialmente debido a la influencia de los demás: a favor – familiares, compatriotas, correligionarios – y en contra – los que tratan de separarlos vejando su identidad -. El aprendizaje se inicia en la primera infancia y esta pertenencia a una raza, a una religión, a una lengua, a una clase, invade la identidad entera». «Cuando nuestros semejantes sienten su ‘tribu’ amenazada, pueden estar abocados a la ‘locura asesina’, convencidos de que es una medida necesaria para preservar la vida de los suyos, de que se trata de legítima defensa», dice Maalouf, y él, que es un fronterizo, un emigrante, opina que los «fronterizos pueden servir de enlace entre las comunidades y culturas, pero también pueden ser los más virulentos».

¿Y los islamistas? «Por qué esos velos, chadores, barbas, esos llamamientos a la muerte? ¿Es el islam incompatible con la democracia, con la modernidad, con los derechos de las mujeres y de los hombres? Tradicionalmente, el islam aceptó la presencia, en las tierras que conquistaba, de los fieles de otras religiones monoteístas. Si están confiados, son una sociedad abierta ¿Qué fue de los musulmanes de España y Sicilia? Forzados al exilio, eliminados o bautizados. El islam tuvo tolerancia en una época en que las sociedades cristianas no toleraban nada, pero hoy se han rezagado: en el cristianismo hay apertura y en el islam, intolerancia». «¿Qué pasó con Muhamad Alí, el militar albanés turco que fue virrey de Egipto? Que intentó imitar a Europa, pero acabó vencido y humillado. Los árabes sacaron la conclusión de que Occidente no quiere que se le parezcan, sino que obedezcan». (Los islamistas trataron de asesinar a Nasser y estuvieron siempre en contra de Ataturk, laico y partidario de la modernidad). Recuerda Maalouf: «El capitalismo, el comunismo, el fascismo, el psicoanálisis, la ecología, la electricidad, el avión, el automóvil, la bomba atómica, el teléfono, la televisión, la informática, la penicilina, la píldora, los derechos humanos, las cámaras de gas… Todo eso vino de Occidente. Pero cuando la modernidad lleva la marca del ‘Otro’, algunas personas enarbolan el arcaísmo». (Jomeini con sus Guardias de la Revolución, por ejemplo).

Maalouf aborda el fenómeno de la globalización. Asegura «que estamos en el crepúsculo de las nacionalidades». Dice que existe, más que nunca, «una mezcla de culturas: en todos los continentes encontramos ‘fast food’, pero también las más diversas cocinas (italiana, francesa, india, mexicana, marroquí…) y músicas (afroamericana, española, brasileña…)». Afirma tener «muchas más cosas en común con un peatón escogido al azar en una calle de Praga, Seúl o San Francisco que con mi bisabuelo». Además, «nuestros antepasados no practicaban la misma religión que nosotros (por ejemplo, el cristianismo dio forma a Europa y Europa al cristianismo)». Y se pregunta: «¿conducirá la globalización al predominio de una civilización o a la hegemonía de una potencia? ¿Desaparecerán lenguas, tradiciones y culturas? ¿Esas culturas amenazadas adoptarán actitudes cada vez más radicales y suicidas?» Maalouf no puede olvidarse de Internet, «ese monstruo planetario por medio del cual los poderosos extienden sus tentáculos sobre toda la Tierra, pero también un espacio igualitario en el que cuatro estudiantes astutos pueden ejercer tanta influencia como un jefe de Estado o una compañía petrolífera».

Para Maalouf «en Estados Unidos hay unas minorías que reflejan la diversidad del mundo. En las series de televisión y en el cine norteamericano aparecen rostros polacos, irlandeses, africanos, hispanos. Es irritante que si el delincuente es negro, el policía es blanco y el comisario, negro, en una búsqueda infantil de la unanimidad». Y afirma que «la ley de la mayoría no es siempre sinónimo de democracia, libertad e igualdad, a veces es sinónimo de tiranía, sometimiento y discriminación. El papel de los demócratas ya no consiste en hacer prevalecer las preferencias de la mayoría, sino en hacer respetar los derechos de los oprimidos».

Dice Maalouf que «es vocación de la lengua seguir siendo el eje de la identidad cultural, y la diversidad lingüística el eje de toda diversidad», por lo que debemos «vigilar el derecho de todo ser humano a conservar su lengua propia». Afirma dogmáticamente que «hoy, todo el mundo necesita tres idiomas» y que «saber únicamente inglés será una desventaja», por lo que lo sitúa como «tercera lengua». Se decanta por que «en Europa se hable en primer lugar la lengua materna y en segundo lugar la lengua favorita (sea español, alemán, italiano…)».