NAIPAUL
Después de recorrer India, Naipaul se entrevista con gentes y mandatarios de varios países mayoritariamente musulmanes. La República Federal Islámica de Pakistán obtuvo la independencia, junto con India, en 1947, fecha en la que se produjo una doble emigración de musulmanes a Pakistán y de hindúes a India. Tras la secesión de Bangladesh en 1971, su territorio se ha reducido hasta unos ochocientos mil kilómetros cuadrados. La capital, Islamabad, situada al norte del país, es una ciudad pequeña comparada con Lahore y con la inmensa Karachi, que se encuentra al sur, en el delta del río Indo que desemboca en el mar Arábigo.
La breve historia del actual Pakistán es convulsa: batallas con India por la independencia de Bangladesh y por la región de Cachemira; revolución en Beluchistán, la zona más pobre y situada al norte y ocupada por una mayoría de afganos que huyen de las guerras; ejecución del presidente Ali Bhutto por supuestas elecciones fraudulentas y su sustitución por el general Zin Ul-Hag que proclamó el Corán como ley suprema y murió en sospechoso accidente de aviación; doble triunfo de Benazir Bhutto (1988 y 1993), doble destitución y posterior asesinato; terrorismo en Karachi, donde ya nadie podía saber con certeza quien mataba a quien; golpe de Estado del general Musharraf… ¡y tienen la bomba atómica!
Naipaul mantiene conversaciones con muchas personas en Pakistán que parecen tener claro que el poder y el dinero están en unas pocas manos. Mandatarios que quieren un Estado en el que todos acepten libremente el islam porque no hay bien más grande que la ‘yihad’ en nombre de Alá: «Si ves una conducta anti islámica, la frenas con fuerza. Si no posees el poder para frenarla, la condenas verbalmente. Si tampoco puedes así, la condenas en tu corazón». A Naipaul le hablan del infierno islámico, con latigazos infinitos y llamas abrasadoras. Pero también charla con un joven que le confiesa su decepción por no sentirse más ligero de conciencia, como le habían prometido, tras pasar una noche de Ramadán rezando en vela. Y con un profesor al que le gustaría poder enseñar a sus alumnos, pero no se dejan; tiene el pelo blanco y escaso y una afección cardiaca antes de los cincuenta.
La república islámica de Irán, con un territorio doble que Pakistán y menos de la mitad de población, está rodeada por Afganistán, Pakistán, Turkmenistán, el mar Caspio, Azerbaiyán, Armenia, Turquía, Irak, el Golfo Pérsico y el mar de Omán. Tiene petróleo y gas natural para exportar, pero el agua es escasa e improductivo la mitad del país. Tras el mandato del Sha Reza Pahlavi y de su hijo Muhamad, llegó en 1979 la revolución islámica liderada por el ayatolá Jomeini, principal teólogo chií, de la rama del Islam que venera a Ali, cuarto califa y yerno de Mahoma. Dice el visitante Naipaul que, con el sha, el cinco por ciento de la población iraní hablaba idiomas, conocía el mundo e ignoraba al otro noventa y cinco por ciento que leían en árabe el Corán.
Cuando Naipaul llega en 1995, a un hotel de Teherán, la capital, observa que en la recepción cuelga un cartel que dice: ‘Abajo USA’; el público pertenece a una nueva clase media que ha sustituido a la desaparecida clase rica del Sha. Naipaul pulsa las opiniones de algunas personas: dicen que el país está en manos de fanáticos que quieren controlar hasta como te sientas y como andas; esto no es una exageración, se basa, no en el Corán, sino en la tradición sobre el profeta, el ‘hadiz’, que plantea tres mil problemas: normas, por ejemplo, para recortar la barba con tijera y no con cuchilla, diez maneras de mirar a las mujeres, prohibir la música de baile y las canciones de amor, y en general, la música que altere el ánimo o los sentimientos, se paga a la familia de alguien a quien se asesina, pero si es a una mujer se paga la mitad.
Algunos iraníes dicen que el país está harto de tanto derramamiento de sangre: de los que protestaron contra el sha, de los partidarios del sha después de la revolución. delos muyaidines (musulmanes comunistas masacrados por el régimen chií), de la guerra con Irak (en respuesta a la anexión de territorios de Irán por parte del invasor vocacional Sadam Hussein). Pero otros opinan que en Irán quedan muchos por matar. Quizá sean los combatientes que antes de la batalla procedían a darse abluciones y se ponían calzoncillos limpios para presentarse así ante Alá, los que creían en la trascendental consigna ‘el mártir acaba por vencer’.
El intocable ayatolá Jomeini es objeto de fuertes críticas. Algunos dicen de él que era una persona fría sin una inteligencia cultivada. Su revolución cultural consistió en el cierre de las universidades. Proclamaba que la revolución debía centrarse en los niños y en los jóvenes, porque no sirve para los mayores de cuarenta. A los ‘mulás’ que protestaron por la falta de financiación les dijo que volvieran a su ciudad y que al primer hombre rico que encontraran le obligaran a pagar; medidas de este orden condujeron al desorden y al robo en el país.
Naipaul visita el mausoleo de Jomeini (fallecido en 1989 a los 87 años de edad) y el cementerio de los mártires de la guerra de Irak, donde encuentra unos carteles que rezan: «La limosna te enriquece. Empieza el día con una limosna. Si das limosna te proteges contra setenta enfermedades». Destino de las limosnas: el Comité Revolucionario.
La república de Indonesia está formada por las islas de Sumatra, separada de Malasia y Singapur por el estrecho de Malaca, Java, casi prolongación de Sumatra, Borneo, compartida con Malasia y Brunei, Nueva Guinea Occidental, compartida con Papúa Nueva Guinea, y tres mil pequeñas islas más de los archipiélagos de Molucas y Célebes. Está poblada por algo más de doscientos cincuenta millones de habitantes en una superficie de casi dos millones de kilómetros cuadrados. Aproximadamente, la mitad de los habitantes residen en Java, donde se encuentra la capital, Yakarta, que sostiene unos diez millones. La religión mayoritaria es el islam, aunque los balineses son hinduístas, los papúes animistas, los chinos budistas y también hay protestantes y católicos. En el siglo XI los musulmanes invadieron los territorios, pero hasta el siglo XV Indonesia siguió formando parte de la Gran India en cuanto a hinduísmo, budismo y animismo. En el siglo XVI llegaron los españoles y los portugueses, que fueron más tarde expulsados por los colonizadores holandeses. Mientras tanto, el islam se dedicó a ir tomando el poder. Tras la Segunda Guerra Mundial, durante la cual se produjo una breve dominación japonesa, Indonesia alcanzó la independencia en 1949 de la mano de Sukarno, quien después de establecer un delicado equilibrio entre los comunistas y el ejército, terminó masacrando a los comunistas. Estados Unidos apoyó una Indonesia prooccidental con asiento en la ONU en contra de China y Vietnam.
En 1968 el general Suharto sustituyó a Sukarno y se mantuvo treinta años en el poder. En sus últimos tiempos, su mano derecha era Yusuf Habibi, un musulmán devoto que propugnó practicar el islamismo y mantuvo que la política es parte integrante del islam. Habibi, ingeniero aeronáutico, impulsó la tecnología y proclamó el Día del Renacer Tecnológico Nacional en la fecha del vuelo del primer avión fabricado en Yakarta; sustituyó a Suharto en 1998 y fue sustituido por Wahid, a quien entrevista Naipaul entre una humareda de cigarrillos de clavo, que impregna la ropa de por vida con su olor aceitoso. Para estos mandatarios, la oración es como un sabroso aperitivo que se toma cinco veces al día.
Naipaul asiste a la ceremonia de conversión al islam de un estadounidense que se casa con una javanesa. Se le dice al converso: «Bienvenido en su regreso al islam, porque todos nacemos musulmanes, sin pecado. Ha abierto su corazón a la verdad, sometiéndose en todo a la voluntad de Alá. Islam significa sumisión». Y el converso declara: «Doy testimonio de que no hay otro dios sino Alá y de que Mahoma es su último profeta». (Para los musulmanes el primer profeta fue Buda y el anterior a Mahoma, Cristo).
Según Naipaul, en Indonesia tenemos un pueblo bucólico, de la cultura del arroz, que ha perdido su historia debido a la crueldad del fundamentalismo islámico, que radica en que solo concede a un pueblo – los árabes – un pasado, los lugares sagrados, la peregrinación y la veneración de la tierra.
Malasia, monarquía federal constitucional, es un país dividido en dos partes: una que limita con Tailandia y Singapur (ciudad estado obra del británico Stamford Raffles) que aloja a unos veinte millones de personas y donde está la capital Kuala Lumpur, y otra, más grande y menos poblada situada en la isla de Borneo, limitada por Indonesia y Brunei. Malasia alcanzó la independencia del imperio británico en 1957 y desde entonces es un sultanato habitado por un 35 % de chinos, pero con gobierno malayo y musulmán. Es un país rico con estaño, caucho, aceite de palma, petróleo, arroz, té, pesca y madera (casi el 60% del territorio es bosque tropical). El viajero Blasco Ibáñez dice que los malayos, grandes navegantes, fueron los fenicios del Pacífico. Simbad y otras aventuras marítimas de ‘Las mil y una noches’ no son más que relatos de proezas de malayos adaptadas por los navegantes árabes, discípulos y continuadores de aquellos.
Naipaui, reputado pesimista, cuando volvió a su residencia de Londres después de visitar tantos países, encontró que «había negros, japoneses, árabes», y pensó: «Cómo se ha revuelto el mundo. Éste no es el Londres de hace treinta años». Y como vivió hasta el 2018, le dio tiempo a comprobar que el lío se agrandaba.