Watson y Crick. ADN: Notas sobre la vida y la obra de científicos eminentes (1)

Los 14 artículos desarrollados en este apartado del blog Juan Martín Mira / Universal también proceden del libro ‘Apuntes tomados a través de una vida’ con algunas reformas. Fueron escritos con el afán divulgador propio de un viejo profesor jubilado.

WATSON y CRICK

En 1951 llega a Cambridge (Inglaterra) un joven becario estadounidense, un biólogo llamado James Watson, obsesionado por las investigaciones de A.T. Avery que sugerían que los caracteres hereditarios podían ser transmitidos de una célula a otra por moléculas purificadas del ácido desoxirribonucleico (ADN), a pesar de que en aquellos tiempos se prefería creer que los genes eran proteínas. Watson sabía que Maurice Wilkins, un físico del King’s College de Londres poseía fotografías del espectro de difracción de rayos X del ADN cristalino, y le costó poco convencer a Francis Crick, un físico de penetrante mente errabunda, aullador más que hablador sin tasa, defensor de la idea de que la religión es un error de generaciones pasadas que no hay por qué perpetuar, de que el conocimiento de la estructura tridimensional del ADN aclararía su papel en la herencia. Un serio peligro se cernía sobre el proyecto de investigación de Watson y Crick: Linus Pauling, el mejor químico del mundo, de peligrosa inteligencia y sonrisa contagiosa, descubridor de la estructura en hélice alfa de las proteínas con el conocimiento de las distancias y ángulos de enlace y mediante la utilización de esos juguetes denominados modelos moleculares, había pedido a Wilkins copias de las fotografías de rayos X del ADN. Watson debe darse prisa si quiere derrotar a Pauling: decide emplear modelos moleculares y apoyarse en los datos de difracción aportados por Rosalind Franklin, una feminista de fuerte carácter que ha demostrado que el ADN tiene una cadena exterior formada por eslabones de azúcar – fosfato, y de cuyos datos Crick ha deducido la forma helicoidal de la cadena. Por aquel tiempo, el olvidado bioquímico Erwin Chargaff defendía que las bases nitrogenadas que constituían el ADN, además de la cadena azúcar – fosfato, se presentaban de manera que el número de moléculas de adenina (A) era análogo al número de moléculas de timina (T), y también resultaban empatadas las moléculas de guanina (G) y citosina (C). Además, el químico orgánico J.Donahue advierte a Watson que pueden unirse A con T y G con C por medio de enlaces de hidrógeno.

Con todos estos datos y con la ayuda de unos deficientes modelos moleculares, Watson y Crick fueron capaces de construir la estructura tridimensional del ADN que se exhibe hoy en día en todos los museos de la ciencia del mundo: dos cadenas helicoidales entrecruzadas de azúcar – fosfato unidas horizontalmente por bases nitrogenadas planas A-T y G-C. Lo más interesante de la elegante estructura propuesta es que permitía explicar la transferencia de información genética. Así, al separarse las dos cadenas, sirven como modelo para la formación de nuevas cadenas idénticas a las anteriores, mediante la adición de pequeñas moléculas existentes en la célula. Este proceso explica la replicación del gen y del cromosoma. Además, como demostró posteriormente Francis Crick, un triplete de bases nitrogenadas situadas a lo largo de la cadena define un código que transmite, mediante un ARN mensajero, la posición de un aminoácido en la estructura de una de las proteínas responsable de las funciones específicas de la célula.

Watson y Crick, junto a Wilkins, recibieron por este trabajo el premio Nobel de fisiología o medicina en 1962; pero ¿quién se acuerda de las decisivas contribuciones de Franklin, Chargaff y Donahue? Curiosamente, en el mismo año le concedieron a Linus Pauling el premio Nobel de la paz.

Deja un comentario