Dejo atrás los temas médicos para seguir acumulando artículos de divulgación científica en mi dominio juanmartinmira.blog
Nos preguntamos: ¿cómo se repone el gasto de alimentos y oxígeno generado por los animales? En nuestros pulmones entra un aire que contiene el 21% de oxígeno y allí éste es atrapado por la hemoglobina de la sangre, una proteína de color rojo que tiene en su estructura un grupo denominado hemo con un átomo de hierro. La hemoglobina transporta el oxígeno a las células, adonde también llega el alimento transformado, por ejemplo, en glucosa. En el citoplasma de las células, exterior al núcleo (donde se encuentran los cromosomas), existen unos pequeños orgánulos llamados mitocondrias que contienen las sustancias necesarias para la respiración (enzimas, coenzimas y activadores), esto es, para que la glucosa se queme suavemente y se convierta en dióxido de carbono, agua y en la energía que mantiene al ser vivo. El aire que el organismo devuelve tras la respiración ha perdido aproximadamente un 5% de oxígeno.
Si al consumo de los animales se añade el oxígeno gastado al quemar combustibles, el contenido de la atmósfera se agotaría en unos pocos milenios, pero desde finales del siglo XVIII, gracias a los trabajos de Joseph Priestley y de Jan Ingenhousz, quien publicó un libro titulado brevemente «Experimentos sobre los vegetales, descubrimiento de su gran poder de purificación del aire cuando están expuestos al sol y su capacidad de perjudicarlo durante la noche y en la penumbra», se sabe que las plantas verdes se encargan de reponer el oxígeno atmosférico mediante un proceso que, más tarde, se denominó fotosíntesis. En este proceso, las plantas (y las algas verde azuladas, las protistas y algunas bacterias) se sirven de la energía de la luz solar para transformar el agua y el dióxido de carbono (con la asistencia de algunos minerales) en oxígeno y en sus propios tejidos. Consecuentemente, la fotosíntesis mantiene la vida en la Tierra, no solo restaurando el oxígeno, sino también dando alimento a todos los seres vivos, sean herbívoros, carnívoros u omnívoros. Además, si hay madera, carbón, gas y petróleo, se debe a esta reacción. Durante la noche, las plantas desprenden dióxido de carbono y absorben oxígeno como en la respiración animal, pero, en conjunto, hay una producción neta de oxígeno.
Las células vegetales contienen cloroplastos, semejantes a las mitocondrias de las células animales aunque más grandes, donde hay centenares de moléculas de clorofila además de enzimas (proteínas que, actuando como catalizadores, hacen posible las reacciones bioquímicas), coenzimas (moléculas orgánicas que pueden ser vitaminas ligadas a las enzimas) y activadores (como los iones metálicos). La clorofila tiene un grupo parecido al hemo de la sangre que encierra un átomo de magnesio en lugar de hierro. Las dos clases de clorofila existentes, a y b, que se diferencian en poco, absorben complementaria y fuertemente los colores rojo y violeta de la luz solar, por lo que emiten el color que vemos: el verde. La energía captada por la clorofila se transmite hasta los centros de reacción, en donde se desarrollan dos cadenas (o sistemas) de reacciones lumínicas independientes: en una de ellas se genera la molécula NADPH y en la otra se rompen moléculas de agua y se libera oxígeno. Cuando se conectan los dos sistemas se produce ATP, un fosfato que es una especie de depósito de energía capaz de cederla a los sistemas reactivos que lo necesiten. En este punto, la luz ya ha hecho su función. Ahora puede proseguir la denominada ‘fase oscura de la fotosíntesis’ o ‘ciclo de Calvin’, deducida por Melvin Calvin y su equipo que le valió el premio Nobel de Química en 1961: la molécula reductora NADPH, con la energía aportada por el ATP, utiliza el dióxido de carbono para sintetizar los hidratos de carbono que constituyen los tejidos de las plantas y sirven de alimento a los animales racionales e irracionales.