Angelo Giuseppe Roncalli comenzó su carrera eclesiástica como secretario del obispo de Bérgamo, localidad en cuyo seminario fue profesor de teología. En 1925, a los cuarenta y cuatro años de edad, fue nombrado visitante apostólico en Bulgaria y, en 1935, arzobispo delegado en Grecia y Turquía, donde convivió, más en comidas y celebraciones que en los despachos -dicen- con ortodoxos y musulmanes. En 1944 sustituyó al nuncio en Francia, que había sido colaborador de Pétain, y en 1953 fue nombrado cardenal y patriarca de Venecia. A la muerte de Pío XII fue elegido, por su elevada edad, para cumplir el rol de ‘Papa de transición’. Juan XIII. bajito y grueso, con sus relajadas audiencias y su sonrisa bonachona, se convirtió pronto en el Papa más popular y, más todavía, cuando convocó en 1962 el Concilio Vaticano II para estudiar el ‘aggiornamento’ de la Iglesia Católica. El Papa deseaba una Iglesia servidora de la Humanidad, olvidada de los anatemas y de las hostilidades políticas, y con una decidida vocación ecuménica: para ello invitó al concilio a observadores ortodoxos, anglicanos y protestantes y aconsejó eliminar frases de la liturgia ofensivas hacia lo judíos. Roncalli murió un año después de la inauguración del concilio, legando a su numerosa familia la fortuna acumulada, consistente en unos veinte dólares de la época. El papa Francisco lo canonizó en el año 2014.
El concilio continuó con la presidencia de Pablo VI ¿Cambió en algo la postura defensiva e inflexible que ha mantenido la Iglesia Católica desde tiempo inmemorial o, al menos, desde la reforma protestante? Ahí sigue la infalibilidad papal y toda la corte de dogmas ¿Está en la inflexibilidad, en la transmisión del régimen dictatorial, el secreto de la pervivencia de la Iglesia Católica a lo largo de los siglos?