Gregorio Marañón Posadillo (1.887 – 1.960) nació en un parto doble en el que murió su gemelo y quedó huérfano de madre a los tres años de edad. Su infancia transcurrió bajo la influencia de un padre viudo y de sus dos importantes amigos: Marcelino Menéndez Pelayo y Benito Pérez Galdós, ambos solteros reticentes. Marañón considera a D. Marcelino su maestro y cree que «no era la ‘santa intransigencia’, aun cuando disienta, cada día más, de su ‘Historia de los Heterodoxos Españoles’ por su actitud intolerante… él, en sus últimos tiempos, no estaba muy lejos de pensar lo mismo que yo». Del alto, tosco, desaliñado y humilde Galdós, el gran juglar del siglo XIX español, que hablaba con el niño como se habla con mayores, no con esa frecuente gangosidad estúpida, recibe, además de las lecturas y el conocimiento de la ciudad de Toledo, el carácter liberal, es decir, «el estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otro modo». También expresa su admiración por el fraile benedictino Feijóo, «prototipo de los maestros porque encendía la curiosidad de los que no saben y emprendió la gran empresa de la racionalización de la mentalidad ibérica», y por D. Miguel de Unamuno «el profeta de la España nueva, que nació en una guerra civil y otra guerra civil le mató», cuya «inquietud permanente, su agresividad, su impertinencia, eran un ansia de verdadera paz».
Los estudios de primera y segunda enseñanza que cursó le parecieron, años más tarde, «dotados de una loable sencillez, que luego se ha complicado monstruosamente, más que por el progreso de la ciencia, por la pedantería». El joven Gregorio se impregna de romanticismo con las lecturas de Goethe, Wilde, Byron… y escribe poemas a algún amor secreto: «¡Oh, no vendrá… mi corazón cobarde/ tiembla como las hojas agostadas… / Cuando bajan las sombras de la tarde, qué tristes son las sendas olvidadas!»
Marañón comienza los estudios de Medicina a los dieciséis años en San Carlos, porque «decide nuestro porvenir el consejo de cualquiera o la imitación de un amigo». Como Cajal y Pasteur no fue un buen estudiante. Con su maestro Olóriz y los patólogos Sañudo y Madinaveitia se especializa en endocrinología, una ciencia que «tenía muchos puntos de contacto con la neurología y la psiquiatría», ya que, dice, «me considero un neurólogo y un psiquiatra frustrado». A los veinticuatro años lee su tesis doctoral titulada ‘La Sangre en los Estados Tiroideos’, calificada con sobresaliente, y cinco años después publica, en colaboración con Teófilo Hernando, un ‘Manual de Medicina Interna’. Mientras trabaja en el hospital, abre consulta privada y se convierte en el médico de moda entre la alta burguesía y la aristocracia. A lo largo de su vida profesional escribió unas doscientas monografías sobre enfermedades del tiroides, del páncreas, de las glándulas suprarrenales, de la hipófisis y de los órganos sexuales y consiguió que se creara en 1.931, para él, la cátedra de endocrinología. No obstante a su elevado número de publicaciones, Marañón no hizo aportaciones a la ciencia médica que le significasen reconocimiento internacional, no fue un investigador de laboratorio al estilo de sus admirados Pasteur o Pavlov, a quienes asignaba esa actitud tenaz de búsqueda de la verdad dentro de ese proceso de observación, cotejo, duda, rebeldía y creación que conduce al descubrimiento; pero sí creía, como su maestro Cajal, que «al carro de nuestra cultura le falta la rueda de la ciencia».
Marañón tuvo un mayor y más duradero reconocimiento público por sus publicaciones psicológicas que por sus publicaciones endocrinológicas. Con su agilísima pluma y la habilidad mecanográfica de su trabajadora esposa fue capaz de escribir libros sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo (ensayo biológico), Amiel (un estudio sobre la timidez), el conde duque de Olivares (la pasión de mandar), Tiberio (historia de un resentimiento), Antonio Pérez (el hombre, el drama, la época), don Juan (ensayo sobre bel origen de su leyenda) y Luis Vives (semper vivas), obras que aún siguen entre nosotros.
Don Gregorio vivió una intensa actividad social y política. En el cigarral toledano de Menores, que compró, rehabilitó y llamó ‘Los Dolores’, celebraba, entre almuerzos de cocina manchega, reuniones y lecturas con la asistencia de personalidades nacionales de las ciencias, las artes y la política (Fleming, Curie, Lorca, Steinbeck, Romanones, Valle, March…). Tras la anarquía y los sabotajes obreros a las industrias en Barcelona (polvo de esmeril en el aceite de engrase, ácido sulfúrico en lugar de aceite, virutas de acero en los motores eléctricos…), en medio de la cruenta guerra de Marruecos, Miguel Primo de Rivera da un golpe de Estado en 1.924 y se hace con el poder. Marañón, que lidera un grupo liberal opuesto a la dictadura, defiende a su amigo Unamuno desterrado (el que decía «me ahogo en este albañal y me duele España en el cogollo del corazón», el que quería Dios, Patria y Ley en una España única y diversa, federada y moderna), es acusado de complot, calificado de intelectual anarquizante, multado y encarcelado durante treinta días. Al salir de la cárcel, Primo y Marañón se reconcilian, pero éste le advierte que «mandando, solo mandando, no se enseña siquiera a obedecer».
Después de que el Rey echase a Primo, después de la rebelión de Jaca y las ejecuciones de Galán y García Hernández, después de la huelga y cierre de las Universidades, después del ‘Delenda est Monarchia’ de Ortega y Gasset, éste, Marañón y Pérez de Ayala firman un manifiesto en el que piden elecciones constituyentes para conseguir «una República que despierte en todos los españoles dinamismo y disciplina», una ilusión que se hace realidad el 14 de abril de 1.931. Marañón apuesta por un gobierno de concentración republicano moderadamente izquierdista, pero se muestra disconforme con el rumbo de los acontecimientos y dimite como diputado por Zamora, manifestando que «no he de cambiar mi izquierdismo, tan poco exaltado, pero tan firme; prefiero seguir siendo el liberal espectador y trabajador por la ciencia». En el otoño de 1.936 se va a París con su familia y la de Menéndez Pidal y allí se encuentra con Pérez de Ayala y Ortega y Gasset: los tres antiguos firmantes del manifiesto de la ‘Agrupación al servicio de la República’ tienen a sus hijos en el frente nacional saludando brazo en alto con el grito ¡Arriba España!
En octubre de 1.942, D. Gregorio vuelve a España definitivamente. El cardenal Gomá le felicita como converso por su actitud contraria al movimiento comunista y él manifiesta que «no está autorizado a mantener las ideas, los sentimientos, las actitudes del lejano ayer», dedicándose a trabajar en principio en consulta privada e incorporándose al servicio en 1.944, convencido de que el trabajo es la droga más eficaz para luchar contra la decadencia, ya que «la jubilación es la trampa en la que la muerte hace su gran cosecha». Un día, después de oír misa, apoyado en su hijo, caminando con dificultad, acude a visitar las tumbas de sus amigos enterrados en los cementerios madrileños civil y católico; por la noche se acuesta tranquilo y aparece serenamente muerto a la mañana siguiente. Una frase suya podría servir como epitafio: «Vivir, en el fondo, no es usar la vida, sino defenderse de la vida, que nos va matando, y de aquí su tristeza inevitable, que olvidamos mientras podemos».
(Los datos de este breve artículo han sido obtenidos, principalmente, de las obras del gran biógrafo Marino Gómez – Santos (1.930 – 2.020)).