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Recuerdo la enseñanza de las ciencias a los escolares españoles de los años cuarenta del siglo pasado

La enseñanza de las ciencias comenzaba con una definición dogmática: «La naturaleza es el conjunto de seres creados por Dios».

La Biología se presentaba de forma descriptiva. Por ejemplo, los animales vertebrados consistían en reptiles, anfibios, peces, aves y mamíferos, cada uno de ellos con sus respectivas familias e individuos. Así, los mamíferos comprendían a los bimanos, cuadrumanos, solípedos, paquidermos, rumiantes, roedores, cetáceos y quirópteros, y de cada uno de ellos se exponían algunos individuos. Se estudiaba el reino animal, pero no se empleaba la palabra zoología; se estudiaba el reino vegetal, pero no se empleaba la palabra botánica; ni tampoco otras palabras clasificatorias como fisiología, citología, anatomía, ecología, genética… Por supuesto, no se daba una secuencia entre los seres vivos ¡La teoría evolutiva de Darwin no existía!

El hombre era definido como un animal racional compuesto de dos partes: un cuerpo mortal y un alma inmortal. En Física, se definía «el Universo como el conjunto de astros creado por Dios». Además, se hacía una afirmación ya entonces totalmente obsoleta: «El éter es un fluido invisible e impalpable. Sus vibraciones hacen que ocurran fenómenos como la luz y el calor». En Química, se aseguraba que «las sustancias se distinguen mezclándolas con indicadores como el tornasol y la fenolftaleína».

En Aritmética, las cuatro reglas (suma, resta, multiplicación y división) se aplicaban a los cambios de unidades en el sistema métrico (longitud, superficie y volumen) y a los cálculos con la ‘regla de tres’ de los porcentajes, de los repartos proporcionales directos e inversos, del interés simple y de ¡la regla de compañía! que «tiene por objeto repartir proporcionalmente las pérdidas o ganancias de un negocio entre los socios que en él han participado».

La Geometría era un juego interesante: el cálculo de áreas de polígonos regulares (perímetro por apotema dividido por dos) e irregulares (por descomposición en figuras sencillas; el dibujo geométrico con regla, compás, escuadra y cartabón; la construcción de poliedros…

La Geografía Natural «estudia los hechos geográficos debidos a la mano de Dios». No obstante, no podía ignorarse que la Tierra se fragmentó en continentes «debido a su movimiento de rotación». (Todavía no se había admitido la tectónica de placas de Wegener, esto es, los movimientos de convección debidos al calor interno, de origen radiactivo, de la Tierra). Estos continentes se denominaban Eurasia, Américas Norte y Sur, África, Antártida y Australia, y estaban rodeados por los océanos Pacífico, Atlántico, Índico, Ártico y Antártico. Los continentes no se correspondían con las «partes del mundo» (Europa, Asia, África, América y Oceanía), porque estas eran estudiadas en la Geografía Humana. Los niños aprendían que el mundo estaba habitado por razas humanas diferentes, constituidas por «grupos de hombres con análogos caracteres físicos y espirituales», pero que se distinguen por el color de la piel, que «parece debido a la acción perseverante del clima» y ha resultado en cinco gamas: blanco, negro, amarillo, cobrizo y aceitunado. Los caracteres espirituales, asignados a las creencias religiosas, no se correspondían con los colores. Se citaban como religiones, además del cristianismo, el mahometismo, el brahmanismo y el budismo, (pero no el judaísmo, religión del pueblo que asesinó a Dios).

Recuerdo la Historia que nos enseñaban a los niños españoles hacia 1.940

No había más Historia que la de España, la amada Patria que dio a Roma sabios y emperadores, que defendió a Europa de los árabes, que civilizó a América, que salvó a Europa de Napoleón. Una patria habitada en la Edad Antigua por pueblos primitivos e invadida después por fenicios, griegos y cartagineses. Una patria hispana dominada por los romanos y dividida por ellos en regiones: Bética, Lusitania, Cartaginense, Tarraconense y Galaica. Una patria que, en la Edad Media, invadieron bárbaros pueblos germánicos (suevos, vándalos, visigodos y alanos) seguidores de Arrio, el hereje que negó la unidad, la consustancialidad y la igualdad de las tres personas de la Santísima Trinidad; pero en una patria que había sido visitada por el apóstol Santiago en una barca de piedra (¡y hasta posiblemente por san Pablo!), que había visto nacer al católico san Hermenegildo, martirizado por su propio padre, el rey arriano Leovigildo. No cabía más que el catolicismo que proclamó Recaredo.

Llegaron los árabes, esos seguidores de un alucinado Mahoma; pero como solo sobresalieron en arquitectura, Alfonso VI les conquistó Toledo, Alfonso VIII los derrotó en Las Navas de Tolosa y Fernando III el Santo mandó construir las catedrales de Toledo y Burgos para que se enterasen los árabes contra quién peleaban.

La Edad Moderna comenzaría con Isabel y Fernando, los Reyes Católicos, quienes no solo eran de medina estatura, guapos de cara y sagaces de inteligencia, sino que, además, fueron capaces de expulsar a los últimos árabes y de hacerles llorar. También demostraron su sagacidad contratando al único marino enterado y convencido de que la Tierra era redonda, como parecían serlo la Luna y el Sol, un tal Colón, que ni era italiano ni se apellidaba Colombo, y que descubrió un continente al que llamó Nuevo Mundo. Hoy en día, los habitantes de la mayor parte de las Américas, agradecidos por haberles llevado la civilización, la lengua y la religión, llaman a España la Madre Patria. No obstante, algunos países extranjeros, enemigos implacables apoyados por malos españoles, difundieron una Leyenda Negra en la que exageraron tanto las masacres de indígenas perpetradas por las tropas españolas como las penas impuestas por la Santa Inquisición a los judíos y moriscos que, aun bautizados, seguían practicando secretamente su religión.

Juana la Loca de amor por el hermoso Felipe acogió en Tordesillas al ejército de las comunidades de Castilla sublevado contra su hijo el emperador Carlos V de Alemania, I de España y archiduque de Austria. El toledano Padilla, el segoviano Bravo y el salmantino Maldonado, representantes de las ciudades que se rebelaron contra los impuestos e imposiciones de los dirigentes alemanes venidos con el emperador, fueron derrotados y decapitados en Villalar. El imperio español heredado por Carlos de su abuelo Maximiliano I era nada menos que el Sacro Imperio Romano Germánico que se extendió desde España a Alemania a través de los Países Bajos hasta Milán, Nápoles, Cerdeña, Sicilia, norte de África, Canarias, América y Oceanía. ‘En España no se ponía el sol’. El emperador abdicó en su hijo Felipe II, quien sustituyó el lujo cortesano por una política de austeridad, pero siguió peleando contra los protestantes, contra Francia y contra los turcos, enviando a Inglaterra una escuadra ‘invencible’ de ciento treinta y un barcos de los que se salvaron sesenta y seis. Los sucesores, Felipe III y Felipe IV, cedieron el poder al duque de Lerma y al conde duque de Olivares, respectivamente, en un precedente de lo que serían las monarquías parlamentarias.

La muerte de Carlos II el Hechizado, que vivió treinta y nueve años y reinó treinta y cinco, desde 1.665 a 1.700, supuso el fin de los Austrias y el comienzo del reinado de los Borbones con Felipe V, nieto del francés Luis XIV, el rey Sol. Le sucedieron Fernando VI, Carlos III y Carlos IV que entregó el poder a Manuel de Godoy y vio como España pasaba a ser un satélite de Francia bajo el mando del emperador Napoleón Bonaparte, quien depuso tanto a Carlos IV como a su hijo Fernando VII y situó a su hermano José en el trono español. Seis años de guerras de guerrillas (Juan Martín, el cura Merino…), de defensa de ciudades (Gerona, Zaragoza,…) y de batallas entre ejércitos (Bailén, Arapiles…) costaron a los españoles vencer y expulsar a los franceses y restituir en el trono al absolutista Fernando VII. Quedaba inaugurada la Edad Contemporánea.

Cuando el rey nombró a su hija Isabel heredera del trono, derogando la controvertida ley sálica, los partidarios del hermano del rey, Carlos María Isidro de Borbón, clericales defensores de las tradiciones y de las libertades regionales y contrarios al constitucionalismo liberal, enzarzaron una guerra que tuvo tres partes y , con intervalos, duró caso medio siglo. Mientras tanto, con San Martín, se independizaba Argentina y poco después, con Bolívar y Sucre, el resto de los países americanos excepto Perú. El general Prim, vencedor de la guerra de África y el general Serrano derrocaron y exiliaron a Isabel II e importaron, de la casa de Saboya, un rey llamado Amadeo I. Si el italiano aguantó poco más de dos años, menos resistió la Primera República, la cual conoció cuatro presidentes en un año hasta ser disuelta por el general Pavía. Martínez Campos trajo al rey Alfonso XII, hijo de Isabel II, quien acabó con la última guerra carlista y pacificó Cuba, por lo que fue llamado el Pacificador. El niño prodigio murió a los veintiocho años de edad y su segunda esposa, María Cristina de Habsburgo – Lorena, se encargó de la regencia hasta la mayoría de su hijo. Con ella llegó la fecha terrible de 1.898, en la que se acabó el imperio español con la pérdida de las últimas colonias: Cuba, Filipinas, Guam y Puerto Rico ¿Quién tuvo la culpa? ¿Los alternativos gobiernos liberales de Práxedes Mateo Sagasta y conservadores de Antonio Cánovas del Castillo, o los buques de fierro de Estados Unidos?

Alfonso XIII alcanzó el poder a los dieciséis años de edad, fue objetivo de varios atentados y salvado de la humillación por un golpe de Estado del general Miguel Primo de Rivera, quién, al dejar el poder, precipitó la caída de la monarquía y la llegada de la Segunda República, que se proclamó el 14 de abril de 1.931. «Los cinco años que duró se caracterizaron por continuos ataques a la religión y por abusos y atropellos de todas clases. Franco, ante la necesidad de restablecer el orden en España y la de impedir que nuestra Patria cayese en manos del comunismo, inició el glorioso Alzamiento Nacional, para conseguir la unidad de los españoles congregándoles en torno a la noble tarea del engrandecimiento de España y para revivir las grandes virtudes e ideales de los hombres de la época imperial».

Recuerdo a Menéndez Pelayo en su historia española temprana

Marcelino Menéndez Pelayo (1.856 – 1.912) sostiene que los éuscaros o vascones, llamados turanios, llegaron a la península procedentes de Turan, de las actuales Kazajstán, Uzbekistán y Turkmenistán con su panteísmo y adoración a los astros. Según él, los iberos, procedentes de Francia e Italia, pudieron ser monoteístas o dualistas. Los celtas, que llegaron después, adoraban fuentes, ríos, encinas y bosques, y rendían culto al fuego y a los muertos. Los fenicios trajeron el culto panteísta a Baal y Astarté, dios y diosa de la guerra y de las cosechas respectivamente. Los griegos y romanos impusieron el politeísmo.

D. Marcelino admite que la predicación de Santiago en España está en tela de juicio, pero que san Pablo estuvo con seguridad y que san Pedro envió una ‘tropa de siete varones apostólicos’ que fundaron iglesias en Andalucía, mientras otros lo hacían en el norte. Desde entonces hubo innumerables mártires hasta que el imperio de Constantino protegió a la Iglesia, tiempo en que comenzaron las controversias y herejías.

El conflicto más importante del dogma cristiano fue el que enfrentó a dos egipcios de Alejandría, Arrio y Atanasio, que tuvo como culmen el concilio de Nicea (actual Iznik, Turquía) convocado en el año 325 por el emperador Constantino I, el cual, aunque todavía no había sido bautizado, presidió la sesión inaugural. Constantino nombró presidente del concilio a Osio, el obispo cordobés que era su asesor y del que dicen que fue el responsable de la conversión del emperador al cristianismo. El debate de fondo fue la Trinidad: aunque ni la palabra ni la doctrina aparecen en el Nuevo Testamento, ni Jesús ni sus seguidores intentaron contradecir la existencia de un solo Dios establecida en el Antiguo Testamento, los primeros cristianos, basándose en las palabras oídas en el bautismo de Jesucristo y en la transfiguración (éste es mi hijo…), así como en la proclamación que se lee en los evangelios (yo y el Padre somos una misma cosa), establecieron las bases de la doctrina. Arrio defendía que Jesucristo no era divino, sino creado, era semejante al Padre pero no de la misma sustancia, sea cual sea el significado de la palabra. Obviamente Atanasio no podía estar de acuerdo con semejante dislate, y su portavoz, el obispo Osio, «el varón más insigne desde Séneca hasta san Isidoro» según don Marcelino, redactó la fórmula esencial del credo en la que se definía la consustancialidad de Jesús y Dios Padre de manera muy clara: «Creemos en un Dios, Padre omnipotente, hacedor de todas las cosas visibles e invisibles, y en Jesu-Cristo, hijo de Dios, unigénito del Padre, esto es, de la sustancia del Padre…» El credo actual fue completado en Constantinopla en el año 381 para impugnar nuevas herejías sobre la Encarnación y el Espíritu Santo: «fue encarnado por el Espíritu Santo en María Virgen,… el Espíritu Santo, Señor y Vivificador, que procede del Padre y del Hijo…» Esta versión del credo es la única ecuménica, porque es aceptada por la Iglesia Católica, la Anglicana y la mayoría de las protestantes; la Iglesia Ortodoxa no autoriza que el Espíritu Santo proceda también del Hijo.

Llegaron a la península los visigodos ¡cómo no! arrianos, y Leovigildo, reinando en Toledo, sometió a los vascones y derrotó a los suevos de Galicia que se habían convertido al catolicismo tras la milagrosa curación del hijo del rey, unificando así toda la península y sometiéndola al arrianismo. Hermenegildo, su hijo mayor, nombrado regente de Sevilla por su padre y católico converso por la influencia de su mujer, la francesa Ingundis, se levantó en armas y fue derrotado, desterrado, vuelto a vencer y, al fin, ejecutado. Roma le consagró como santo mártir por su defensa a ultranza de la Iglesia. A la muerte de Leovigildo accedió al trono su segundo hijo Recaredo, regente de Narbona, hombre de ‘dulzura de costumbres y templanza de carácter’, católico converso tras la ejecución de su hermano. El nuevo rey convocó y presidió en el año 589 el tercer concilio toledano en el que se dictaron hasta diez anatemas relativas a la Trinidad, cuyo objetivo se puede resumir en la condena de la invocación de los arrianos ‘Gloria Patri, per Filium, in Spiritu Sancto’ y su sustitución por el ‘Gloria Patri, et Filio, et Spiritui Sancto’. Recaredo, el dulce rey, exilia, ejecuta, quema todos los libros, corta manos y confisca los bienes arrianos para su Iglesia. A Recaredo le heredó Liuva, que fue asesinado por Viterico, a quien mataron y sustituyeron por Gundemaro, y a este por Sisebuto, que hizo escoger a los judíos entre convertirse y ser bautizados o ser torturados y expulsados sin sus bienes. Como el organismo de Sisebuto no resistió el veneno que le suministraron, Suintila hubo de tomar el poder, dominar toda la península y reinar tan cruelmente que le abandonó hasta su ejército. Sigueron sucesivamente Sisenando, Chintila, Tulga, Chisdasvinto, Recesvinto, que aunó el reino en uno de los múltiples concilios toledanos, Wamba, vencedor de vascones y cántabros rebeldes y de sarracenos que comenzaban sus correrías, separado del poder por tomar los hábitos en estado letárgico al beber ¡vino con esparto!, Ervigio, el de la fórmula, Egica, que decretó la esclavitud para los judíos y el adoctrinamiento de sus hijos a partir de los siete años, y al fin, Witiza. Todo esto sucedió en los cien años transcurridos desde la muerte de Recaredo (601) hasta la entronización de Witiza (702).

El lujurioso polígamo Witiza nombra a su hermano Opas arzobispo de Toledo y a la amenaza del Papa de quitarle el reino responde con un cisma: la separación de la comunión romana. Rodrigo toma el poder una vez muerto o desterrado Witiza y el reino godo se divide aún más en dos facciones enfrentadas. Los judíos oprimidos buscan la ayuda de sus correligionarios en África y éstos informan a los árabes de Muza, que habían conquistado Mauritania, de la situación tan propicia para intentar la invasión de la península. Tarik entra con sus tropas y establece una cabeza de puente en Calpe (Gebal Tarik, Gibraltar) desde donde recibe refuerzos suficientes para derrotar al ejército de Rodrigo, del que han desertado los partidarios de Opas y de los hijos de Witiza, en el río Guadalete, cerca de la actual Jerez de la Frontera. Los árabes encontraron escasa resistencia y no necesitaron extremar los rigores contra una población en ocasiones aliada. A los muzárabes (mozárabes) se les respetaba su culto cristiano y su propia organización política formada por el gobernador, los jueces y los recaudadores. Con el tiempo se mezclaron las razas y nacieron muladíes (mestizos), pero se exacerbaron los extremismos: los árabes prohibieron el uso del latín y algunos muzárabes violentos acabaron siendo considerados mártires.

(Don Marcelino continúa estudiando herejías sin dejar ninguna en su ‘Historia de los Heterodoxos Españoles’).