Recuerdo a Menéndez Pelayo en su historia española temprana

Marcelino Menéndez Pelayo (1.856 – 1.912) sostiene que los éuscaros o vascones, llamados turanios, llegaron a la península procedentes de Turan, de las actuales Kazajstán, Uzbekistán y Turkmenistán con su panteísmo y adoración a los astros. Según él, los iberos, procedentes de Francia e Italia, pudieron ser monoteístas o dualistas. Los celtas, que llegaron después, adoraban fuentes, ríos, encinas y bosques, y rendían culto al fuego y a los muertos. Los fenicios trajeron el culto panteísta a Baal y Astarté, dios y diosa de la guerra y de las cosechas respectivamente. Los griegos y romanos impusieron el politeísmo.

D. Marcelino admite que la predicación de Santiago en España está en tela de juicio, pero que san Pablo estuvo con seguridad y que san Pedro envió una ‘tropa de siete varones apostólicos’ que fundaron iglesias en Andalucía, mientras otros lo hacían en el norte. Desde entonces hubo innumerables mártires hasta que el imperio de Constantino protegió a la Iglesia, tiempo en que comenzaron las controversias y herejías.

El conflicto más importante del dogma cristiano fue el que enfrentó a dos egipcios de Alejandría, Arrio y Atanasio, que tuvo como culmen el concilio de Nicea (actual Iznik, Turquía) convocado en el año 325 por el emperador Constantino I, el cual, aunque todavía no había sido bautizado, presidió la sesión inaugural. Constantino nombró presidente del concilio a Osio, el obispo cordobés que era su asesor y del que dicen que fue el responsable de la conversión del emperador al cristianismo. El debate de fondo fue la Trinidad: aunque ni la palabra ni la doctrina aparecen en el Nuevo Testamento, ni Jesús ni sus seguidores intentaron contradecir la existencia de un solo Dios establecida en el Antiguo Testamento, los primeros cristianos, basándose en las palabras oídas en el bautismo de Jesucristo y en la transfiguración (éste es mi hijo…), así como en la proclamación que se lee en los evangelios (yo y el Padre somos una misma cosa), establecieron las bases de la doctrina. Arrio defendía que Jesucristo no era divino, sino creado, era semejante al Padre pero no de la misma sustancia, sea cual sea el significado de la palabra. Obviamente Atanasio no podía estar de acuerdo con semejante dislate, y su portavoz, el obispo Osio, «el varón más insigne desde Séneca hasta san Isidoro» según don Marcelino, redactó la fórmula esencial del credo en la que se definía la consustancialidad de Jesús y Dios Padre de manera muy clara: «Creemos en un Dios, Padre omnipotente, hacedor de todas las cosas visibles e invisibles, y en Jesu-Cristo, hijo de Dios, unigénito del Padre, esto es, de la sustancia del Padre…» El credo actual fue completado en Constantinopla en el año 381 para impugnar nuevas herejías sobre la Encarnación y el Espíritu Santo: «fue encarnado por el Espíritu Santo en María Virgen,… el Espíritu Santo, Señor y Vivificador, que procede del Padre y del Hijo…» Esta versión del credo es la única ecuménica, porque es aceptada por la Iglesia Católica, la Anglicana y la mayoría de las protestantes; la Iglesia Ortodoxa no autoriza que el Espíritu Santo proceda también del Hijo.

Llegaron a la península los visigodos ¡cómo no! arrianos, y Leovigildo, reinando en Toledo, sometió a los vascones y derrotó a los suevos de Galicia que se habían convertido al catolicismo tras la milagrosa curación del hijo del rey, unificando así toda la península y sometiéndola al arrianismo. Hermenegildo, su hijo mayor, nombrado regente de Sevilla por su padre y católico converso por la influencia de su mujer, la francesa Ingundis, se levantó en armas y fue derrotado, desterrado, vuelto a vencer y, al fin, ejecutado. Roma le consagró como santo mártir por su defensa a ultranza de la Iglesia. A la muerte de Leovigildo accedió al trono su segundo hijo Recaredo, regente de Narbona, hombre de ‘dulzura de costumbres y templanza de carácter’, católico converso tras la ejecución de su hermano. El nuevo rey convocó y presidió en el año 589 el tercer concilio toledano en el que se dictaron hasta diez anatemas relativas a la Trinidad, cuyo objetivo se puede resumir en la condena de la invocación de los arrianos ‘Gloria Patri, per Filium, in Spiritu Sancto’ y su sustitución por el ‘Gloria Patri, et Filio, et Spiritui Sancto’. Recaredo, el dulce rey, exilia, ejecuta, quema todos los libros, corta manos y confisca los bienes arrianos para su Iglesia. A Recaredo le heredó Liuva, que fue asesinado por Viterico, a quien mataron y sustituyeron por Gundemaro, y a este por Sisebuto, que hizo escoger a los judíos entre convertirse y ser bautizados o ser torturados y expulsados sin sus bienes. Como el organismo de Sisebuto no resistió el veneno que le suministraron, Suintila hubo de tomar el poder, dominar toda la península y reinar tan cruelmente que le abandonó hasta su ejército. Sigueron sucesivamente Sisenando, Chintila, Tulga, Chisdasvinto, Recesvinto, que aunó el reino en uno de los múltiples concilios toledanos, Wamba, vencedor de vascones y cántabros rebeldes y de sarracenos que comenzaban sus correrías, separado del poder por tomar los hábitos en estado letárgico al beber ¡vino con esparto!, Ervigio, el de la fórmula, Egica, que decretó la esclavitud para los judíos y el adoctrinamiento de sus hijos a partir de los siete años, y al fin, Witiza. Todo esto sucedió en los cien años transcurridos desde la muerte de Recaredo (601) hasta la entronización de Witiza (702).

El lujurioso polígamo Witiza nombra a su hermano Opas arzobispo de Toledo y a la amenaza del Papa de quitarle el reino responde con un cisma: la separación de la comunión romana. Rodrigo toma el poder una vez muerto o desterrado Witiza y el reino godo se divide aún más en dos facciones enfrentadas. Los judíos oprimidos buscan la ayuda de sus correligionarios en África y éstos informan a los árabes de Muza, que habían conquistado Mauritania, de la situación tan propicia para intentar la invasión de la península. Tarik entra con sus tropas y establece una cabeza de puente en Calpe (Gebal Tarik, Gibraltar) desde donde recibe refuerzos suficientes para derrotar al ejército de Rodrigo, del que han desertado los partidarios de Opas y de los hijos de Witiza, en el río Guadalete, cerca de la actual Jerez de la Frontera. Los árabes encontraron escasa resistencia y no necesitaron extremar los rigores contra una población en ocasiones aliada. A los muzárabes (mozárabes) se les respetaba su culto cristiano y su propia organización política formada por el gobernador, los jueces y los recaudadores. Con el tiempo se mezclaron las razas y nacieron muladíes (mestizos), pero se exacerbaron los extremismos: los árabes prohibieron el uso del latín y algunos muzárabes violentos acabaron siendo considerados mártires.

(Don Marcelino continúa estudiando herejías sin dejar ninguna en su ‘Historia de los Heterodoxos Españoles’).

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