No había más Historia que la de España, la amada Patria que dio a Roma sabios y emperadores, que defendió a Europa de los árabes, que civilizó a América, que salvó a Europa de Napoleón. Una patria habitada en la Edad Antigua por pueblos primitivos e invadida después por fenicios, griegos y cartagineses. Una patria hispana dominada por los romanos y dividida por ellos en regiones: Bética, Lusitania, Cartaginense, Tarraconense y Galaica. Una patria que, en la Edad Media, invadieron bárbaros pueblos germánicos (suevos, vándalos, visigodos y alanos) seguidores de Arrio, el hereje que negó la unidad, la consustancialidad y la igualdad de las tres personas de la Santísima Trinidad; pero en una patria que había sido visitada por el apóstol Santiago en una barca de piedra (¡y hasta posiblemente por san Pablo!), que había visto nacer al católico san Hermenegildo, martirizado por su propio padre, el rey arriano Leovigildo. No cabía más que el catolicismo que proclamó Recaredo.
Llegaron los árabes, esos seguidores de un alucinado Mahoma; pero como solo sobresalieron en arquitectura, Alfonso VI les conquistó Toledo, Alfonso VIII los derrotó en Las Navas de Tolosa y Fernando III el Santo mandó construir las catedrales de Toledo y Burgos para que se enterasen los árabes contra quién peleaban.
La Edad Moderna comenzaría con Isabel y Fernando, los Reyes Católicos, quienes no solo eran de medina estatura, guapos de cara y sagaces de inteligencia, sino que, además, fueron capaces de expulsar a los últimos árabes y de hacerles llorar. También demostraron su sagacidad contratando al único marino enterado y convencido de que la Tierra era redonda, como parecían serlo la Luna y el Sol, un tal Colón, que ni era italiano ni se apellidaba Colombo, y que descubrió un continente al que llamó Nuevo Mundo. Hoy en día, los habitantes de la mayor parte de las Américas, agradecidos por haberles llevado la civilización, la lengua y la religión, llaman a España la Madre Patria. No obstante, algunos países extranjeros, enemigos implacables apoyados por malos españoles, difundieron una Leyenda Negra en la que exageraron tanto las masacres de indígenas perpetradas por las tropas españolas como las penas impuestas por la Santa Inquisición a los judíos y moriscos que, aun bautizados, seguían practicando secretamente su religión.
Juana la Loca de amor por el hermoso Felipe acogió en Tordesillas al ejército de las comunidades de Castilla sublevado contra su hijo el emperador Carlos V de Alemania, I de España y archiduque de Austria. El toledano Padilla, el segoviano Bravo y el salmantino Maldonado, representantes de las ciudades que se rebelaron contra los impuestos e imposiciones de los dirigentes alemanes venidos con el emperador, fueron derrotados y decapitados en Villalar. El imperio español heredado por Carlos de su abuelo Maximiliano I era nada menos que el Sacro Imperio Romano Germánico que se extendió desde España a Alemania a través de los Países Bajos hasta Milán, Nápoles, Cerdeña, Sicilia, norte de África, Canarias, América y Oceanía. ‘En España no se ponía el sol’. El emperador abdicó en su hijo Felipe II, quien sustituyó el lujo cortesano por una política de austeridad, pero siguió peleando contra los protestantes, contra Francia y contra los turcos, enviando a Inglaterra una escuadra ‘invencible’ de ciento treinta y un barcos de los que se salvaron sesenta y seis. Los sucesores, Felipe III y Felipe IV, cedieron el poder al duque de Lerma y al conde duque de Olivares, respectivamente, en un precedente de lo que serían las monarquías parlamentarias.
La muerte de Carlos II el Hechizado, que vivió treinta y nueve años y reinó treinta y cinco, desde 1.665 a 1.700, supuso el fin de los Austrias y el comienzo del reinado de los Borbones con Felipe V, nieto del francés Luis XIV, el rey Sol. Le sucedieron Fernando VI, Carlos III y Carlos IV que entregó el poder a Manuel de Godoy y vio como España pasaba a ser un satélite de Francia bajo el mando del emperador Napoleón Bonaparte, quien depuso tanto a Carlos IV como a su hijo Fernando VII y situó a su hermano José en el trono español. Seis años de guerras de guerrillas (Juan Martín, el cura Merino…), de defensa de ciudades (Gerona, Zaragoza,…) y de batallas entre ejércitos (Bailén, Arapiles…) costaron a los españoles vencer y expulsar a los franceses y restituir en el trono al absolutista Fernando VII. Quedaba inaugurada la Edad Contemporánea.
Cuando el rey nombró a su hija Isabel heredera del trono, derogando la controvertida ley sálica, los partidarios del hermano del rey, Carlos María Isidro de Borbón, clericales defensores de las tradiciones y de las libertades regionales y contrarios al constitucionalismo liberal, enzarzaron una guerra que tuvo tres partes y , con intervalos, duró caso medio siglo. Mientras tanto, con San Martín, se independizaba Argentina y poco después, con Bolívar y Sucre, el resto de los países americanos excepto Perú. El general Prim, vencedor de la guerra de África y el general Serrano derrocaron y exiliaron a Isabel II e importaron, de la casa de Saboya, un rey llamado Amadeo I. Si el italiano aguantó poco más de dos años, menos resistió la Primera República, la cual conoció cuatro presidentes en un año hasta ser disuelta por el general Pavía. Martínez Campos trajo al rey Alfonso XII, hijo de Isabel II, quien acabó con la última guerra carlista y pacificó Cuba, por lo que fue llamado el Pacificador. El niño prodigio murió a los veintiocho años de edad y su segunda esposa, María Cristina de Habsburgo – Lorena, se encargó de la regencia hasta la mayoría de su hijo. Con ella llegó la fecha terrible de 1.898, en la que se acabó el imperio español con la pérdida de las últimas colonias: Cuba, Filipinas, Guam y Puerto Rico ¿Quién tuvo la culpa? ¿Los alternativos gobiernos liberales de Práxedes Mateo Sagasta y conservadores de Antonio Cánovas del Castillo, o los buques de fierro de Estados Unidos?
Alfonso XIII alcanzó el poder a los dieciséis años de edad, fue objetivo de varios atentados y salvado de la humillación por un golpe de Estado del general Miguel Primo de Rivera, quién, al dejar el poder, precipitó la caída de la monarquía y la llegada de la Segunda República, que se proclamó el 14 de abril de 1.931. «Los cinco años que duró se caracterizaron por continuos ataques a la religión y por abusos y atropellos de todas clases. Franco, ante la necesidad de restablecer el orden en España y la de impedir que nuestra Patria cayese en manos del comunismo, inició el glorioso Alzamiento Nacional, para conseguir la unidad de los españoles congregándoles en torno a la noble tarea del engrandecimiento de España y para revivir las grandes virtudes e ideales de los hombres de la época imperial».