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Gandhi, estrella fugaz

El treinta de enero de 1948 es asesinado , a los sesenta y nueve años de edad, Mohandas Gandhi, llamado Mahatma, el alma grande. En su infancia mamó la doctrina de los adoradores de Visnú: la no violencia, el vegetarianismo, la autopurificación y la tolerancia. Tras estudiar leyes en Londres y no encontrar empleo en India, marchó a trabajar a Sudáfrica, donde vivió y luchó durante veinte años contra la segregación de los indios, creando un cuerpo de voluntarios y dando mítines en los que nació su revolucionaria idea de la guerra no violenta. Gandhi vuelve a India después de ser expulsado de Sudáfrica y en 1919 se convierte en el líder del nacionalismo indio: comienza la lucha no violenta contra Gran Bretaña mediante la desobediencia civil.

Gandhi fue principalmente un religioso: para él todas las religiones son verdaderas aunque están mal interpretadas por espíritus imperfectos; piensa que las personas no deben desear dinero o propiedades, deben ser indiferentes al éxito, al fracaso, al dolor o al placer; deben realizar trabajos manuales, por lo que se muestra como un reaccionario frente a la urbanización y a la industrialización. En política fue un mediador. No tuvo un asenso total ni de los jóvenes de su partido, ni de los musulmanes, ni siquiera de los intocables. Se manifestó en contra de la separación entre India y Pakistán y le asesinó Godse, un hindú fanático. Después de su muerte, nadie siguió en su país sus modelos político y económico.

Ho Chi Minh y Vietnam

Ho Chi Minh, el que ilumina, nació en 1890 en Vietnam, colonia francesa. Vivió en Londres y París desempeñando oficios humildes. En el Cantón comunista creó una asociación de jóvenes revolucionarios vietnamitas, fundando después el Partido Comunista de Indochina y el Viet-Minh, la liga por la independencia de Vietnam, que consiguió en 1945, siendo proclamado presidente de la República Democrática de Vietnam, cargo que ostentó hasta su muerte. Condujo a su país a la victoria total sobre Francia en 1954, tras la batalla de Dien Bien Fu, y al reparto de Vietnam en dos mitades: el norte pobre y comunista y el rico sur tutelado por Estados Unidos. La pobreza del territorio le hizo tomar medidas de extremada dureza, purgas incluidas al ‘estilo Stalin’, a pesar de las cuales la gente siguió apreciando la calidad humana del tío Ho.

El primer ministro del sur, Ngo Dihn Diem, no quiso celebrar elecciones generales para unificar todo Vietnam como se había acordado en una reunión internacional celebrada en Ginebra y el norte se decidió por la guerra. El Viet Cong, constituido por survietnamitas armados por el norte, procedió a aleccionar al pueblo y a hacer la guerra de guerrillas. EEUU armó y dio apoyo a un Diem que, designando a católicos para altos cargos en detrimento de los budistas, iba perdiendo respaldo popular. Un complot acabó con la vida de Diem y de su hermano Nhu y el general Nguyen Cao Ky se hizo con el poder.

El presidente Johnson envió más tropas y ordenó que se efectuasen bombardeos sobre el norte. En 1967, cuando el número de soldados estadounidenses se acercaba a 400.000, Nguyen Van Thieu era el presidente del sur con Ky como vicepresidente. En EEUU tienen lugar manifestaciones en contra de la participación en una ‘guerra civil’ y se producen actos de insumisión. En 1968 el Viet Cong protagonizó la gran ofensiva del Tet (año nuevo lunar) y los estadounidenses se convencieron de que no podían ganar sino en años. Johnson detuvo los bombardeos y Nixon, el nuevo presidente, anunció la retirada escalonada de los más de medio millón de sus soldados, ofreciendo a Thieu más armas y ayuda económica. No obstante, Nixon extendió los bombardeos a Laos y Camboya, donde luchaban tropas norvietnamitas, e incluso a Hanoi. En 1973, el secretario de estado de EEUU Henry Kissinger y el representante de Vietnam del Norte, Le Duc Tho, acuerdan en París el alto el fuego. Por esta labor recibieron ambos el premio Nobel de la Paz, aunque el norvietnamita renunció. Al año siguiente cayó Saigon. A partir de entonces, Vietnam y Laos fueron dominados por los comunistas.

Balance de la guerra: 47.000 soldados yanquis muertos y 305.000 heridos; 250.000 soldados survietnamitas muertos y 600.000 heridos; 900.000 soldados comunistas muertos (del norte y del Viet Cong) y dos millones de heridos. No se cuentan civiles. Coste de la guerra para EEUU: doscientos mil millones de dólares. Todas las cifras expuestas fueron difundidas por Estados Unidos.

(¡Maldita raza humana!)

Malraux: un intelectual entre chinos y españoles

André Malraux (1901 – 1976) es uno de los grandes personajes de la historia del siglo XX; ya en su juventud fue acusado de la apropiación indebida de obras de arte autóctonas en Camboya; después fue amigo de Trotsky, con el cual se enemistó más adelante, y de Ghandi; fundador de la primera escuadrilla aérea internacional de la guerra civil española; coronel de la resistencia francesa; interlocutor de Nixon y Mao; ministro de cultura de Charles de Gaulle durante diez años; considerado filocomunista aunque no llegó a afiliarse al partido comunista francés. Tuvo tres mujeres: Clara, judía; Josette, muerta en accidente; y Madeleine, que le abandonó porque se ahogaba en pernod.

‘La Condición Humana’ está considerada la obra maestra de Malraux. La escribió cinco años después de los hechos que narra: La revolución en Shangai del partido comunista chino, dirigido por Chu Enlai, y el Kuomingtang (partido nacionalista) de Chiang Kaishek contra los denominados ‘señores de la guerra’. Ganó el premio Goncourt de novela. En el prólogo de una edición en castellano escribe Vargas Llosa: «Obra maestra digna de ser citada junto a las que escribieron Joyce, Proust, Faulkner, Mann o Kafka. La prosa reducida a un mínimo esencial, que obliga al lector a ejercitar su fantasía para llenar los espacios apenas sugeridos en los diálogos y descripciones». A veces parece un guion cinematográfico, incluso Eisenstein pensó en filmarla. Malraux muestra su aspecto trotskista en la elaboración de Kyo, el personaje central, trasunto de Chu, con la diferencia de que Kyo muere y Chu consiguió huir de la represión de Chiang para unirse a Mao. También muestra su misoginia: «Yo sé lo que se hace con las mujeres cuando quieren continuar poseyéndonos: se vive con ellas». Nos presenta las reivindicaciones de los obreros de Shangai en busca de la dignidad: «No más de doce horas de trabajo al día»; «No más trabajo para los niños menores de ocho años». Y grita con el padre de Kyo: «¡Se necesitan cincuenta años para hacer un hombre! Y cuando ese hombre está hecho, no sirve más que para morir».

Malraux escribió ‘La Esperanza’ un año después de los hechos para animar a la ayuda extranjera en pro de la república española y en contra de los rebeldes apoyados por Hitler y Mussolini. Aunque no era piloto, contrató una escuadrilla de unos veinte aviones pagando a los pilotos grandes sueldos con el acuerdo del ministro del aire francés. Un mes después del llamado ‘alzamiento nacional’ de Sanjurjo, Mola, Franco y compañía, ya estaban operativos en Cuatro Vientos (Madrid). La escuadrilla fue llevada a Los Llanos (Albacete) primero y a Chiva (Valencia) después, donde fueron englobados en el ejército español con Malraux como teniente coronel. A consecuencia de la pérdida de dos bombarderos se retiró o lo retiraron. Había estado medio año en la guerra y solo había sufrido heridas leves. El relato está compuesto de escenas aisladas, de imágenes cinematográficas. De hecho, en 1938 rodó ‘Sierra de Teruel’, una película basada en ‘La Esperanza’ pero ya sin esperanza.

Personajes que acompañaron a Mao

El chino Lin Biao (antes Piao), nacido en 1907, ingresó a los dieciocho años en las juventudes socialistas y comenzó su carrera militar cuando China estaba dominada por los señores de la guerra y por el imperialismo. Lin se unió a los nacionalistas de Chiang Kaishek, que estaba apoyado por la Unión Soviética y por el partido comunista de Cantón; pero cuando Chiang se ensañó salvajemente con los comunistas se unió a Mao Zedong y en 1932 era ya comandante: Chiang expulsó en 1934 a los comunistas de la provincia que ocupaban y Lin, al mando del primer cuerpo de ejército, formó la vanguardia de la retirada denominada ‘La Larga Marcha’. En 1937, nacionalistas y comunistas se unieron para hacer frente al invasor Japón. Lin fue herido en una batalla que ganó a los japoneses, por lo que estuvo tres años en Moscú en tratamiento médico y se perdió el resto de la guerra. Cuando acabó la guerra mundial con la derrota de Japón, continuó la guerra civil china. El cuerpo de ejército de Lin recuperó Manchuria y su triunfo aceleró el colapso nacionalista.

En 1949 se proclamó la República Popular China. Diez años más tarde, Lin asumió el ministerio de Defensa y se dedicó a aumentar el nivel de educación y preparación de los soldados; éstos llegaron a ser un ejemplo a seguir por los ciudadanos que culminó en la ‘Gran Revolución Cultural Proletaria’, revolución que se llevó por delante al segundo de Mao, Liu Shaogi, con lo que Lin fue nombrado sucesor. En 1971, Lin y su ejército habían amasado más poder del que gustaba a Mao, por lo que, para evitar ser purgado, planeó un golpe de Estado que fracasó. Lin murió en el ‘accidente’ del avión en el huía a la URSS. Le sustituyó Chu Enlai, el moderado.

Chu Enlai, el primer ministro perpetuo (desde la proclamación de la república en 1949 hasta su muerte en 1976), el gran negociador sutil, pragmático, afable y persuasivo, el que convenció al Kuomintang de Chiang a hacer frente común contra Japón, el que viajó por todo el mundo y gestionó las conversaciones entre Nixon y Mao, el eje estabilizador durante la caótica revolución cultural. Se despidió del mundo dejando la puerta del poder abierta para Deng Xiaoping y otros moderados.

En China se confirma la vía moderada: Chiang Ching (o Jiang Qing), la tercera esposa de Mao Zedong, es expulsada del Partido Comunista poco después de quedarse viuda. Antes había modificado la ópera tradicional china para que representase temas proletarios, un movimiento que se extendió y fue creciendo hasta culminar en 1966 en la Revolución Cultural. Años más tarde fue condenada a prisión junto a sus colegas de la Banda de los Cuatro.

Citas del libro rojo de Mao

Mao Zedong, antes Mao Tse-Tung, vivió entre 1893 y 1976. Desde 1931 fue líder del Partido Comunista Chino. Entre 1927 y 1934 organizó la guerrilla comunista contra el partido nacionalista en el poder presidido por Chiang Kai-Shek. En 1934 el Ejército Rojo inicia su famosa Larga Marcha.

Dice Mao: «Son nuestros enemigos todos aquellos que están confabulados con el imperialismo: los caudillos militares, los burócratas, la burguesía compradora, la clase de los grandes terratenientes y el sector reaccionario de la intelectualidad subordinado a ellos».

«Los principios militares del Ejército Popular de Liberación son éstos: asestar golpes primero a las fuerzas enemigas dispersas y aisladas, y luego a las concentradas y poderosas; tomar primero las ciudades pequeñas y medianas; tener por objetivo principal el aniquilamiento de la fuerza viva y no el mantenimiento de ciudades o territorios; concentrar fuerzas absolutamente superiores a las del enemigo; no dar ninguna batalla sin preparación…»

En abril de 1949 el Ejército Popular obtiene una decisiva victoria en Nanking. Dice Mao: «Un Partido disciplinado, pertrechado con la teoría marxista-leninista y que practica la autocrítica y se mantiene ligado a las masas populares; un Ejército dirigido por tal Partido; un frente único de todas las clases revolucionarias y grupos revolucionarios dirigidos por tal Partido: estas son las tres armas principales con las que hemos derrotado al enemigo».

Mao asegura: «El sistema socialista terminará por reemplazar al sistema capitalista; esta es una ley objetiva, independiente de la voluntad del hombre». Y grita: «Nuestro país y los demás países socialistas necesitan la paz. Los únicos que ansían la guerra son los grupos del capital monopolista del puñado de países imperialistas, que se enriquecen con la agresión. El imperialismo norteamericano no ha sido derribado y tiene la bomba atómica. Estoy seguro de que asimismo será derribado. También es un tigre de papel ¡Pueblos de todo el mundo, uníos y derrotad a los agresores norteamericanos y a todos sus lacayos!» (El traductor de Mao incluye a México y Canadá con los estadounidenses inadvertidamente).

Citas políticas de Ortega y Gasset

El 18 se octubre de 1955 murió, a los setenta y dos años de edad, el más grande filósofo español del siglo: el cáustico, crítico y chispeante José Ortega y Gasset, un pensador para el que vivir es ocuparse y sentirse perdido, el que dijo «yo soy yo y mis circunstancias», pero reconociendo que el hombre no forma parte de su circunstancia sino que se encuentra siempre ante ella, y matizando que la realidad fundamental es la vida individual aunque la verdad no sea individual.

Ortega, además de periodista, fue político profesional con escaño en las Cortes y, para él, «ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil». Asimismo, sostenía que «si alguien -sea un político- en un discurso hablado o escrito se desinteresa de ajustarse a la verdad, es un bárbaro». Para él, «el bolchevismo y el fascismo son dos claros ejemplos de regresión y se trata de dos movimientos típicos de hombres-masas dirigidos por hombres mediocres» y «los nacionalismos son callejones sin salida», por lo que «hay que devolver el liderazgo a los hombres cultos e independientes».

Ortega constataba que la vida del hombre medio es hoy más fácil, cómoda y segura que la del poderoso en tiempos anteriores, gracias a la democracia liberal, a la experimentación científica y a la industria, añadiendo que en un planeta sin físico-química no podrían sustentarse el enorme número de personas existente. Lamentablemente, «hoy, cuando es mayor el número de hombres de ciencia, merced al especialismo no compensado, hay menos hombres cultos».

(Si escribiera hoy en día, Ortega no emplearía la palabra ‘hombre’ en exclusiva).

Fidel recuerda al Che

Ernesto Guevara de la Serna (1928 – 1967), argentino de Rosario, atleta asmático y médico, visitó todos los países de América Latina donde se convenció de que la única solución a la degradante pobreza de las gentes era la revolución violenta; además, a causa de las implicaciones multinacionales e imperialistas, la revolución requeriría una estrategia internacional. En consecuencia, el Che se marchó a México donde se unió a los cubanos comandados por los hermanos Castro, que estaban preparando el asalto al régimen de Fulgencio Batista. ¿Y qué dice Fidel, que lo sabe todo?

Cuando se unió a los cubanos, el Che fue bien recibido «porque era de esas personas a las que todos le toman afecto inmediatamente, por su naturalidad, su sencillez, su compañerismo y su originalidad». Fidel y el Che sintonizaron: «yo era comunista utópico, él era leninista y hasta reconocía algunos méritos de Stalin, como la industrialización». El general español Alberto Bayo, que era el instructor de los guerrilleros cubanos, decía que el Che era su mejor alumno, y Fidel cuenta que «intentaba escalar todos los fines de semana el Popocatépetl; no logró nunca llegar a la cima de 5.482 metros por culpa del asma, pero siempre lo intentaba». Cuando desembarcaron en Cuba en 1956, los supervivientes, con el Che herido, subieron a Sierra Maestra. Allí, «siempre era el primer voluntario y el médico del grupo, asistía a los heridos propios y a los enemigos; era un modelo de hombre pero asumía demasiados riesgos». «Él fue el primer comandante que nombramos, al mando de una columna independiente».

El 2 de enero de 1959 los guerrilleros toman la Habana y «el Che empieza inmediatamente a dar clases a todos aquellos campesinos, a hacer escuelas y a instruir a la gente». Ya como ciudadano cubano, es enviado a misiones comerciales en las que ataca el colonialismo e imperialismo estadounidense y, dentro del país, trabaja en contra de los anticomunistas y de los partidarios de la reforma agraria blanda. Es nombrado, sucesivamente, presidente del Instituto Nacional de la Reforma Agraria, director del Banco Nacional de Cuba y ministro de Industria. «Cualquier tarea que se le asignara era capaz de desempeñarla, ¡qué disciplina, qué vocación, qué abnegado, qué ejemplar, qué estudioso, qué austero! Prefería los valores morales a los materiales. Iba a los cañaverales a cortar caña, a la construcción con una carretilla, a cargar sacos. Esos valores fundamentales son los que preservaron la revolución».

En abril de 1965 deja la vida pública y continúa la revolución en secreto. «Siempre, desde el comienzo, tenía ese proyecto de contribuir a la revolución en Argentina. Tenía mucha vocación internacionalista, decía que había que crear muchos Vietnam y era más partidario de China que de los soviéticos». «Le planteamos que no se impacientara, pero él sabía que si esperaba más tiempo no estaría en mejores condiciones físicas. Se fue al Congo con 150 hombres bien armados, pero a los congoleños les faltaba una cultura de guerra ¡Con qué entusiasmo se fue a Bolivia en octubre de 1966! Yo no quería que fuera a Bolivia a organizar un grupo pequeñito, sino que esperara a que estuviera organizada fuerza ¡Errores grandes! Herido y sin fusil lo llevaron a La Higuera y el 9 de octubre de 1969, a mediodía lo ejecutaron a sangre fría por instrucciones de los agentes estadounidenses».

El panegírico de Fidel: «Queremos que nuestros hijos sean como el Che. Nuestra revolución se interesó por desarrollar una educación para que todos sean como el Che. Cayó defendiendo la causa de los pobres y los humildes. Lo recuerdo siempre como uno de los hombres más nobles, más desinteresados, una de las personalidades más extraordinarias que he conocido». Muere el Che Guevara y nace un mito que se extiende por toda la Tierra.

(Hoy en día, con Cuba agonizando, Leonardo Padura recuerda aquellos tiempos en los que, dice, los escolares vivían en un constante estado de miedo).

Citas sobre Carrillo

Santiago José Carrillo Solares nació en Gijón en 1915. Durante la Guerra Civil, el Partido Comunista de España (PCE) le nombró delegado de Orden Público y miembro de la Junta de Defensa de Madrid, cargos por los que posteriormente le involucraron en la decisión de los multitudinarios fusilamientos realizados en Paracuellos del Jarama; pero él negó siempre, agriamente, haber intervenido en tal decisión. En febrero de 1939 se exilió y en 1960 fue elegido secretario general del PCE. En 1974 creó, con el opusdeísta Calvo Serer y el notario García Trevijano, la Junta Democrática para oponerse al régimen franquista. Tras la muerte de Franco entró en España disfrazado, sin gafas y con peluca, de la mano de Teodulfo Lagunero, un millonario vallisoletano constructor de urbanizaciones que apoyó monetariamente al PCE, al que Carrillo confiesa que «el atentado a Carrero no ha sido obra de aficionados» (¿la CIA?) y que «los de ETA son gentuza y deberían estar todos muertos».

En su apuesta por la democracia, Carrillo acepta a la monarquía, logra la legalización del PCE en 1977 y gana su escaño en el Parlamento. Según el escritor Javier Cercas, el triunfo del sistema democrático en España lo lograron tres traidores: Carrillo, que traicionó al comunismo; Suarez, traidor a la Falange; y el general Gutiérrez Mellado, que traicionó al ejército de Franco. El 23 de febrero de 1981, el teniente coronel Tejero, al mando de guardias civiles armados, irrumpe en el Congreso. Cuando los guardias civiles ametrallan el techo del hemiciclo y Tejero ordena que los diputados se echen al suelo, solo quedan sentados los tres traidores: Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo.

Santiago Carrillo dimite en 1982 como secretario general del PCE y es expulsado. Lagunero deja de subvencionar al partido. Cuando muere Carrillo, que no ha dejado de ser un referente en la política española, en el 2012 a los 97 años de edad (¡y sin dejar de fumar!), Lagunero dice que ha muerto su padre, su amigo, su camarada.

Una cita de Franco

El 20 N de 1975 muere Francisco Paulino Hermenegildo Teódulo Franco Bahamonde, caudillo de España por la gracia de Dios, como rezan las monedas acuñadas con su efigie. Nacido en 1892 en Ferrol, ingresó a los catorce años en la Academia de Infantería de Toledo y a los veintiuno, en Marruecos, ascendió a capitán. En 1920 fue el cofundador de la Legión y tres años después su primer comandante. En una carrera imparable, consiguió el generalato en 1926 y la dirección de la Academia Militar de Zaragoza en 1928. Por desavenencias con el Gobierno fue trasladado a la Capitanía General de Canarias desde donde , el 18 J de 1936, se sumó a la rebelión contra la Segunda República e invadió el sur de la península con sus tropas moras.

El primero de octubre de 1936 llegó su gran momento: fue nombrado por sus compañeros de armas generalísimo y jefe de gobierno de la zona ‘nacional’ de España, aunque su hermano Nicolás se encargó de que en el edicto apareciese como jefe de Estado. Se dice que, con la ayuda de Mussolini y Hitler, pudo haber ganado la guerra en unos meses, pero el prefirió llegar a una paz asentada sobre tierra muerta: «Después de cada uno de mis éxitos, disminuirá el número de rojos que tengo ante mí y detrás de mí». Morían sus enemigos y sus amigos rivales (Sanjurjo, Mola, José Antonio). Acabada la guerra no había capacidad de contestación, pero por si acaso en 1940 se fusilaba por millares, en 1945 por centenas, en 1955 por decenas y unos meses antes de su muerte se fusilaron a tres miembros del FRAP y dos de ETA. Durante su larguísima dictadura, el Movimiento y el Ejército garantizaban el orden y reglamentaban la justicia.

Que el buen Dios lo mantenga en su seno.

Citas de Azaña

Manuel Azaña Díaz-Gallo (Alcalá de Henares,1880 – Montauban,1940) era hijo de una familia que poseía fábricas de aceite y jabón en Alcalá de Henares y procedía de un pueblo toledano anteriormente llamado Azaña y que hoy en día se le conoce con el nombre de Numancia de la Sagra. Aunque fue abogado, periodista y escritor, presidente del Ateneo de Madrid, premio nacional de Literatura por su biografía de Juan Valera y autor de la novela anticlerical ‘El Jardín de los Frailes’, es un personaje histórico por su trascendental actividad política. Fundó el partido Acción Republicana, en oposición a la dictadura de Primo de Rivera y a la monarquía de Alfonso XIII. Después de la abdicación del rey y de la Constitución de la Segunda República el 14 de abril de 1931, fue, sucesivamente, ministro de la Guerra, primer ministro y presidente de la República.

En su intensa vida política impulsó numerosas y profundas reformas sociales: reducción de una tercera parte del número de oficiales del ejército, dándoles el retiro con paga; promulgación del Estado laico, que comprendía la enseñanza laica, la eliminación en dos años del presupuesto para el clero, la disolución de los jesuitas y la confiscación de sus propiedades; abolición de la pena de muerte; reducción a la mitad del número de funcionarios; derecho de voto para las mujeres; redistribución de las tierras. En la reforma agraria cada partido político presentaba una propuesta y Azaña pidió la expropiación sin indemnización, lo que motivó el siguiente comentario del líder socialista Largo Caballero: «Nos deja usted a la derecha. Si esas cosas las dijéramos nosotros, se alarmarían todos. Las dice usted y nadie se asusta». La suma de todas estas reformas constituyó una revolución. Una revolución pacífica y con un resultado sorprendente: desde 1931 a 1935 aumentaron los salarios permaneciendo estable el costo de la vida.

La estatura moral de Azaña se puede medir por algunas de las frases que dejó escritas: «Me daría vergüenza pertenecer a un país donde nadie tuviera que hacer más que hablar mal los unos de los otros». «El talento es un don natural. La sabiduría está al alcance de quien la quiera: basta estudiar para ser sabio». «De chico me enseñaban a probar la existencia de Dios con el argumento del orden maravilloso reinante en el universo. Y yo me preguntaba: si no hubiese Dios, ¿andarían por el espacio las estrellas dándose trompicones?». «La política y el poder no me han envanecido. La Morcuera me interesa más que la mayoría parlamentaria y los árboles del jardín más que mi partido». «La vida es un funesto don. Hasta el estúpido e irracional temor de perderla hace este don más funesto».

En febrero de 1936, Azaña formó gobierno con el Frente Popular, constituido por liberales, socialistas, comunistas y anarquistas. Meses después se subleva parte del ejército y comienza la guerra civil, que acaba con la victoria de aquellos que no querían las reformas sociales establecidas. Nuevas personalidades dirigen la política española. He aquí la opinión que merece Azaña a una de esas personalidades, un líder falangista: «Azaña era maricón. La prueba es que tenía las manos regordetas y que se casó tarde, mucho más tarde que los hombres de verdad».