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Pío XII entre nazis y fascistas

Eugenio María Giuseppe Giovanni Pacelli nació en 1876 en la cuna de la alta burguesía romana. Fue educado en los principios de los que no se separaría en la vida: la piedad (consagrado sacerdote a los veintitrés años); el sentimiento romano y clerical (nombrado obispo el 13 de mayo de 1917, coincidiendo con la aparición de la Santísima Virgen en Fátima); la tradición diplomática familiar (fue nuncio doce años en Baviera y Berlín y secretario de Estado durante otros diez); y la devoción al papado (a la muerte de Pío XI, en 1939, fue elegido Papa en la tercera votación de un cónclave rapidísimo).

En la Alemania de Bismarck hubo una ‘lucha de culturas’ en la que a los católicos se les exigió que no mantuvieran actividades políticas y que culminó en el cierre de seminarios e iglesias; pero la resistencia pasiva condujo a la existencia del Partido del Centro, de filiación católica, que era fuerte cuando Pacelli asumió la nunciatura. A medida que los nacional socialistas iban escalando hacia el poder, Hitler aumentaba sus exigencias a los católicos: desaparición del Partido de Centro, cese de la actividad política y, finalmente, adhesión al nuevo Estado. El diplomático Pacelli aceptó todo, dedicándose a la aprobación de un concordato que protegiese a las escuelas, los seminarios y las iglesias; además, durante la guerra, la opinión internacional le acusó de indecisión por no manifestarse en contra de las deportaciones de judíos mostrando una neutralidad calculada ante el salvajismo y el genocidio. La postura ambigua de Pacelli ante los espantosos sucesos de Croacia, en donde los católicos ustachi, entre los que figuraban sacerdotes franciscanos, masacraron serbios ortodoxos, judíos y gitanos, tampoco fue bien recibida en el mundo, del mismo modo que no se entendió que evitase la condena de la invasión de Etiopía y Albania por los fascistas italianos. Su miedo al comunismo, al que suponía dispuesto a destruir el cristianismo, sirvió para que Siri, arzobispo de Génova, estuviese autorizado a manifestar, en las primeras elecciones después de la guerra, que votar a los comunistas era pecado mortal, un pecado que los sacerdotes no podían absolver. Por la misma razón, Francisco Franco, el gran vencedor de los bolcheviques, recibió del Vaticano la Suprema Orden de Cristo y, en justa reciprocidad, el Estado español suscribió el concordato más favorable para la Santa Sede.

Pio XII se manifestó como mediador único entre Dios y los hombres, como Papa infalible devoto de la Inmaculada Concepción y de la Asunción de la Virgen (que ni murió ni se corrompió), y como mantenedor de una postura contraria al ecumenismo y favorable a una extensa burocracia administrativa.

Renan interpreta a Jesucristo

El gran humanista francés Ernest Renan (1823- 1892) publicó en 1863 el libro titulado ‘Vida de Jesús’, que fue incluido en el índice de lecturas prohibidas por la Iglesia Católica. Renan, aunque abandonó los estudios sacerdotales a los veintitrés años, siguió teniendo una fe en Dios casi cristiana. Él no creía en la divinidad de Jesucristo, pero opinaba que fue el individuo que hizo dar a su especie el mayor paso a lo divino, ignorando con esta opinión a los ‘divinos’ anteriores.

Afirma Renan que «Jesús no nació en Belén, sino en Nazaret, algunos años antes de lo tradicionalmente admitido. Su familia, procediese de uno o de varios matrimonios, era bastante numerosa: Jesús tenía hermanos y hermanas, de los que parece haber sido el primogénito. Su madre y sus hermanos, que solo tuvieron notoriedad después de su muerte, le trataban como a un soñador exaltado que había perdido el juicio. Su seguidor Santiago no era su hermano, sino su primo hermano, hijo de una hermana de María también llamada María».

Según los relatos míticos, el Mesías sería hijo de David (aunque esa familia estaba extinguida), nacería en Belén, sería anunciado por una estrella y llegarían mensajeros. Después de la muerte de Jesús, esos relatos adquirieron un gran incremento, pero él no tuvo conocimiento de ellos, es más: «Nunca se designó a sí mismo hijo de David y nunca pensó en hacerse pasar por una encarnación del hijo de Dios».

En el evangelio de San Mateo, el recaudador de impuestos, se enumeran múltiples milagros de Jesús: cura a un leproso, al siervo de un centurión, a la suegra de Pedro, a dos posesos, a una hemorroísa, a dos ciegos y a un endemoniado, calma la tempestad, resucita a una niña, multiplica los panes y los peces y camina sobre las aguas; su misión es sobrenatural porque hay milagros. Renan se pregunta: ¿hubiera convertido al mundo al ser despojado de los milagros?, y afirma que para Jesús y para la gente de su tiempo (la noción de la imposibilidad de lo sobrenatural no apareció hasta el nacimiento de la ciencia experimental), lo maravilloso era normal y el milagro no era nada extraordinario, ya que el curso de las cosas es el resultado de la libre voluntad divina y al orar se puede detener la enfermedad y hasta la muerte.

Renan deduce que Jesús no conoció la doctrina helénica ni a los esenios (aunque tenía algún punto de coincidencia con su principio comunista), pero sí sabía del Antiguo Testamento contra el que se rebela: «dice no al divorcio, al talión, a la usura y al deseo voluptuoso; su Dios no es el déspota parcial que ha elegido a Israel como pueblo y le protege contra todos nosotros». Además, opina que «Jesús tiene la aspereza de la raza judía para la controversia y adopta un tono injurioso: no sabe que el conocimiento de los matices es lo que hace al hombre cortés y moderado» e «introduce un germen de teocracia y fanatismo: aparta al hombre de la tierra, destruyendo la vida, alaba al cristiano que resiste a su padre y combate a su patria y sostiene que la ley común (el Estado) está en contradicción con el reino de Dios». Jesús habla en parábolas para no ser comprendido, para que las gentes mirando no vean y oyendo no entiendan, porque para entrar en el reino de los cielos, algo muy difícil para los ricos, hay que ser como niños. En consecuencia, dice Renan que «la pobreza era un ideal para Jesús: sus verdaderos discípulos serían las órdenes mendicantes de la Edad Media y Francisco de Asís. El hombre perfecto sería el monje. Quería un culto puro, una religión sin sacerdotes y sin prácticas».

En todos los evangelios se anuncia la segunda venida de Cristo y el fin del mundo, una creencia firme para toda la primera generación cristiana. En el Apocalipsis, escrito en el año 68 según Renan, se fija el fin del mundo en tres años y medio. Este errado pronóstico libró a las personas que no tenían la señal de Dios sobre la frente de no ser muertos, sino torturados durante cinco meses con un dolor como el que produce la picadura del escorpión, las personas desearían morir, pero la muerte huiría de ellos. ¡Qué lirismo dulcísimo el del autor del Apocalipsis!

Y así llegamos al absurdo: A Jesús, un hombre que nunca había salido de los estrechos límites de su pequeño país, sus seguidores lo convirtieron en el Dios creador de una Tierra que gira alrededor del Sol, de un sistema solar que se desplaza en una rama lateral de una galaxia constituida por miles de millones de soles, de una Vía Láctea situada en un Universo donde existen miles de millones de galaxias…

¿Qué dice gente importante sobre Dios?

Ferrater Mora, en su extenso ‘Diccionario de Filosofía’, al tratar del problema de Dios da tres concepciones: religiosa, filosófica y vulgar. Elabora una lista de conceptos empleados por los filósofos para aclarar el significado de Dios: ente infinito; lo que es en sí y por sí se concibe; el Absoluto; el principio del Universo o causa primera; el espíritu o razón universales; el Bien; lo Uno; lo que está más allá de todo ser; fundamento del mundo y hasta el propio mundo entendido en su fundamento; finalidad a lo que todo tiende; etcétera. El exceso de conceptos más oscurece que clarifica. Como dice el físico Steven Weinberg: «algunas personas tienen una imagen de Dios tan amplia y flexible que es inevitable que lo encuentren dondequiera que lo busquen». Otros atacan la idea por la base: el filósofo Auguste Comte dice que «la única máxima absoluta es que no existe nada absoluto»; y el físico Richard Feynman apunta que «como no hay verdades absolutas, no se debe preguntar ¿existe Dios? sino ¿cuál es la probabilidad de que exista Dios?»; Bertrand Russell también ironiza «¿Dios creó el bien? entonces el mundo que conocemos fue hecho por el demonio en un momento en que Dios no estaba mirando».

Según sus creencias religiosas, las personas pueden ser teístas, deístas, panteístas, agnósticas o ateas. Los teístas creen en una inteligencia sobrenatural creadora del Universo, supervisora de su destino y ligada a los asuntos humanos. Creen en los milagros y también apoyan lo que denominan el ‘diseño inteligente’, esto es, la acción directa de Dios sobre cualquier prodigio natural, como la inmunología o la existencia de plantas carnívoras. (Así eluden la investigación de los problemas complicados). Creen en un Dios capaz de leer las mentes de todos los seres, de enviar señales inteligentes a millones de personas simultáneamente y de recibirlas.

Los deístas creen en una inteligencia sobrenatural creadora pero no en su posterior intervención. Es el Dios de Voltaire, que cree en un Dios sin revelación.

En el panteísmo, Dios y Naturaleza son dos nombres para una misma realidad. El Dios de Spinoza se revela en la armonía del mundo pero no se ocupa del destino ni de los actos de los seres humanos. Es el Dios de Einstein, que dijo: «No creo en un Dios personal. Soy un no creyente profundamente religioso. Lo que yo percibo en la Naturaleza es una estructura magnífica que solo podemos comprender muy imperfectamente, y eso debe llenar a cualquier ser pensante de un sentimiento de humildad».

El agnosticismo tiene distintos significados. Si Thomas Huxley lo usó como filosofía para rebatir ideologías cristianas, después se ha ampliado para afirmar que el entendimiento humano no puede comprender el absoluto.

El que esto escribe definiría el ateísmo sencillamente como la no creencia en ninguno de los dioses inventados por los humanos. Decía Russell: «No puedo probar que Dios no existe ni que Satán es una ficción…igualmente pueden existir los dioses del Olimpo o de Egipto…se encuentran fuera de la región del conocimiento y, por lo tanto, no hay razón para considerar ninguna de ellas».

Es evidente que los conceptos y creencias susodichos se solapan y, a veces, se confunden. Decía Bertrand Russell: «La mayoría de la gente cree en Dios porque le han enseñado a creer desde su infancia». Y, contra los cristianos, remacha Richard Dawkins: «Se inoculan (al niño) virus mentales tales como: Un hombre nace de una madre virgen (sin padre biológico); el hombre sin padre vuelve a la vida después de tres días muerto; cuarenta días después sube al cielo; el hombre sin padre y su Padre (que es Él mismo) oye tus pensamientos y los de todo el mundo; puedes ser recompensado o castigado después de tu muerte por hechos o pensamientos que solo Él ha visto; la virginal madre del hombre sin padre que nunca murió, ascendió corpóreamente al cielo; el pan y el vino bendecidos por un sacerdote (que tiene que tener testículos) se convierten en el cuerpo y la sangre del hombre sin padre». Y es que, como dice Russell: «Respecto a la fe religiosa, mucha gente preferiría morir antes que pensar. De hecho, lo hacen».

Breve relación histórica de las creencias religiosas

Allá por los años cincuenta del siglo pasado todos los adolescentes españoles éramos etiquetados como CAR, católicos apostólicos romanos. Fuera de nuestra religión, la única verdadera, no había más que infieles, idólatras, paganos, gentiles, iconoclastas, sectarios, heterodoxos y herejes. Consecuentemente, no tenía sentido el conocimiento de las demás religiones ni el estudio de la evolución del pensamiento religioso en la historia que, según los exégetas, comenzó con el animismo y continuó con el politeísmo y el monoteísmo.

En el animismo no existían objetos inanimados: incluso los objetos inanimados estaban dotados de ánima. Los Neandertal y Cromañón realizaban enterramientos rituales, poniendo al alcance de sus muertos objetos que les sirviesen en una especie de nueva vida, iniciándose así la complicada relación entre práctica, mito y fe que existe en las religiones. Es de suponer que el instinto de conservación y la lucha por la existencia dirigieran los procedimientos rituales hacia la multiplicación y consolidación de los individuos. En la religión primitiva parece ser que hubo una creencia común, y entre tribus distantes, en un ser supremo que moraba en el cielo y que premiaba y castigaba, y al que solo se molestaba en ceremonias especiales. El culto se dirigía habitualmente a los espíritus menores, los cuales controlaban los procesos naturales como la lluvia o el frío.

Cuando los humanos se hicieron agropecuarios, incrementaron los ritos de veneración a los muertos, alcanzando su apoteosis en el antiguo Egipto con Osiris, señor de los muertos, y las prácticas embalsamadoras de los sacerdotes con sus decenas de dioses y diosas. (Según nos cuenta el premio Nobel de Literatura Naguib Mahfuz en una espléndida relación novelada de las declaraciones de catorce protagonistas, el faraón hermafrodita Akenatón, marido de Nefertiti y padre de Tutankamón, intentó crear un monoteísmo adorando a Atón, el dios del amor y la felicidad, el morador de la luz invisible situada más allá de Ra; pero su rebelión contra los múltiples dioses de Egipto fracasó en los aspectos sociales y fue derrotado por los seguidores de Amón, dios de dioses).

Los iranios (arios) de raza blanca, guerreros, tribales y politeístas, dominaron el valle del Indo, de cultura urbana y raza oscura. Allí aparecieron las castas, con la hegemonía de los nobles y guerreros y de los sacerdotes (brahmanes) sobre los comerciantes, campesinos y artesanos, siervos morenos y parias intocables. Los brahmanes, maestros del conocimiento sagrado (vedas) y de los sacrificios, adoraban a un dios dominante que es creador y creación, ya que el universo consta de las partes del cuerpo del creador. Los místicos (upanishads), por medio de las reencarnaciones, pretendían la absorción del alma humana en la realidad cósmica divina (Brahman). Si las acciones (karma) son buenas, por la vía del conocimiento, de las ceremonias o de la devoción a los dioses Visnú, el conservador, y Shiva, el destructor, lo son las reencarnaciones y se puede conseguir la liberación. La octava encarnación de Visnú es muy sugerente para los cristianos: se trata del dios humano Krishna, nacido sin contacto sexual de una princesa virgen, la cual debe huir para salvar a su hijo de la matanza de niños ordenada por su hermano el emperador Kamsa. También cuenta el Mahabarata que el dios niño hizo muchos milagros y eliminó demonios, y que siendo adolescente se retiró a los bosques, donde meditaba, pastoreaba vacas y donde, al sonido de su flauta, acudían un gran número de seguidores y discípulos. Un cazador discrepante le mató de un flechazo en su única parte vulnerable, el talón. Según algunos. a su muerte tuvo lugar una gran tormenta y el cuerpo ascendió al cielo en medio de un remolino luminoso. Krishna es, posiblemente, el más popular de los dioses en India y ha sido objeto de muy variados cultos: es el divino amante al que se representa de color azul y rodeado de adoradores.

Hace unos dos mil quinientos años, Shidarta Gautama, el Buda, creó en India un sistema monástico que eliminaba las castas y los rituales brahmánicos, pero que mantenía la rencarnación a través del karma. Según su doctrina, todo se encuentra en constante devenir, por lo que no existe ningún Ser Eterno ni ningún absoluto humano o divino. Si los humanos consiguen dominar los deseos equivocados y destruyen toda ambición, alcanzarán un estado mental libre de pasiones, el nirvana, y se emanciparán de la individualidad, esa mera ilusión. Al Buda lo deificaron y lo exportaron a China donde se fundió con el taoísmo de Lao-tse, una doctrina contemplativa que preconizaba una inactividad semejante al nirvana para identificarse con el Tao. Ni el budismo ni el taoísmo se confundieron con las doctrinas de Confucio, a quien nombraron dios, basadas en el mantenimiento de las tradiciones y en reglas tales como «no hagas a los demás lo que no quieras para ti». En Japón, el budismo se impuso al sintoísmo y derivó principalmente al zen, más activo y orientado a pasar del pensar al saber a través de la disciplina.

El iranio Zaratustra, descendiente de los guerreros arios procedentes del sur de Rusia, estableció, allá por el año 600 a.C., un monoteísmo sustentado en Ormuz, el Bien, el creador, el omnisciente, opuesto a Ahriman, el Mal, del que no explicó de donde procedía. Zaratustra defendió la vida agrícola y estable frente al pillaje de los nómadas y enseñó que las almas justas irían al cielo, las malas a un lago ardiente y las indefinidas a un limbo situado entre la tierra y las estrellas en espera de un juicio final. Sus seguidores le ascendieron a dios y complicaron la doctrina, añadiendo la llegada de un Mesías nacido de virgen, el Salvador, que traería un nuevo orden, con la resurrección de los muertos, el juicio final, la expulsión de Ahriman y la creación de un nuevo universo. Resulta evidente la influencia que tuvo la doctrina irania en el judaísmo y en el cristianismo.

Yahveh, un dios tribal que establece contacto directo con Abraham (hacia 2.000 a.C.) y que prohíbe la adoración de otros dioses, fue considerado por Moisés (1.300 a.C.) y los monarcas Saúl y David (1.000 a.C.) creador del mundo y señor de toda la Tierra. La idea del dios único aglutinó a los hebreos: crearon la teocrática Alianza y regularon la obediencia a las leyes mediante la Torá. Las enormes alternativas históricas del pueblo hebreo, desde la esclavitud en Egipto y las conquistas helénica y romana hasta la diáspora, han devenido en el judaísmo rabínico del Talmud, con sus variantes sefardí y centro europea.

Después de Adán, Abraham, Moisés y Jesús, aparece hacia el año 700 d.C., el más perfecto, según sus seguidores, de los profetas: Mahoma, el propagador del Islam, palabra que significa «entregado a los deseos de Dios» y que define a una religión que proclama no haber más dios que Alá, cuyas leyes están plasmadas por escrito en el Corán. El adepto al Islam debe creer en un único Dios, en los ángeles, en los libros revelados, en los profetas, en el día del juicio, en el bien y en el mal, además de cumplir con las prácticas religiosas preceptivas. Actualmente existen tres teologías: la sunní, ortodoxa; la chií, con líderes ejemplares que transmiten las verdades del Corán; y la sufí, extendida por India, Asia Central, Turquía y África subsahariana.

La doctrina cristiana, pese a declarar la incomprensibilidad de Dios, mantiene la existencia de la Santísima Trinidad, esto es, tres personas distintas y un solo Dios verdadero. El catolicismo tiene, además, una plétora de motivos de adoración o veneración: se adora a Jesucristo en sus diversas facetas de nazareno o niño, a las miles de vírgenes dolorosas, inmaculadas, Lourdes, Fátima, de la Regla, macarenas o de la Guía, y se venera a los innumerables apóstoles, santos, beatos, padres de la Iglesia, mártires, patronos y reliquias a los que se hacen rogativas y se piden milagros. También hay ángeles malos, los temibles satanás, belcebú y lucifer, y una completa corte celestial de ángeles buenos, entre los que cabe destacar a los miles de millones de ángeles de la guarda, dulce compañía, que cuidan de la salud moral y física de los individuos tanto de noche como de día. (¿No es toda esta imaginería politeísmo y animismo supersticioso?)

Un recuerdo de la hagiografía de Carandell

Dejamos por el momento los artículos de divulgación científica para exponer otros de temas religiosos.

En 2002, a los setenta y tres años de edad, desaparece el periodista y escritor Luis Carandell. En ‘El Santoral’, publicado en 1997, cuenta la hagiografía de los santos en su onomástica actual, poniendo énfasis en sus milagros, imprescindibles para adquirir el estatus de santidad. Los milagros de los santos españoles antiguos son verdaderamente impresionantes. (Algunos milagros modernos se reducen a curaciones de enfermedades sin remedio, fácilmente justificables por médicos adecuados).

Varios de los santos españoles mostraron ser ignífugos, como si estuvieran fabricados en amianto. A San Vicente de Huesca lo asaron a la parrilla, pero como no le hacía nada tuvieron que herirle y echarle sal en las heridas, lo que también fracasó, sólo murió cuando le acostaron en cama blanda. Santo Toribio, para defenderse de una acusación de adulterio, tomó ascuas en sus manos y dio vueltas a la catedral cantando sin sufrir quemaduras. A San Fomerio, de la Rioja, lo tuvieron cinco días metido en un horno, como no lograban quemarle, lo sacaron y lo echaron a un león que se postró a sus pies, tuvieron que matarlo por degüello. San Facundo y San Primitivo, de Sahagún, estuvieron tres días entre llamas, como resistían, les envenenaron, les echaron cal viva y aceite hirviendo y, al final, los degollaron, ocasión en que, todos lo vieron, bajaron dos ángeles del cielo y los coronaron. San Telmo, el del fuego homónimo, acosado por una mala mujer, se acostó en una cama ardiendo e invitó a la lasciva a que yaciese con él: la mala pécora huyó despavorida.

Otros santos tenían manifestaciones diferentes. A Santa Eulalia de Barcelona, al expirar en el martirio le salió de la boca una blanca paloma. En análogas circunstancias, a San Julián le salió de la boca un ramo de palma blanco como la nieve que se fue elevando, todos lo vieron, mientras sonaba una música celestial que todos oyeron. A San Braulio se le posaba una paloma blanca en el hombro, el Espíritu Santo, naturalmente, y le soplaba las homilías al oído.

Hubo santos que vencían a la muerte con facilidad. San Rosendo resucitó a dos albañiles que murieron al caer de un andamio mientras hablaban mal de él y de Santa Seronina. San José Oriol curaba toda clase de enfermedades por imposición de manos. San Bernardo Calvó sanó ciegos, sordos, mudos y cojos. A San Vicente Ferrer, que tenía el don de lenguas, una mujer le invitó a comer a su tierno hijo asado, pero el santo no solo despreció tan exquisito manjar, sino que resucitó al niño.

Nota Bene: La Iglesia no destruyó estos edificantes ejemplos que eminentes apóstoles dedicaron a sus amados feligreses. El que esto escribe, cuando era niño, también asistió a un milagroso evento: durante una procesión de Semana Santa en el murciano pueblo de Alguazas, una gran mariposa apareció posada toda la procesión sobre la herida del Cristo yacente ¿Quién la pegó?

Tres grandes accidentes nucleares y sus consecuencias.

El mayor accidente nuclear ocurrido en EEUU tuvo lugar en 1979 en la central Three Miles Island (Harrisburg, Pa.). Una serie de errores condujo a una pérdida del agua refrigerante del interior del reactor 2, con lo que éste quedó parcialmente expuesto y el zirconio del combustible, atacado por el vapor sobrecalentado, formó gas hidrógeno que produjo explosiones que provocaron el escape a la atmósfera de gases radiactivos. Las consecuencias para la salud de los habitantes de la zona no fueron muy grandes, pero el accidente tuvo una gran repercusión en la industria nuclear de los EEUU. Se cerraron temporalmente siete reactores análogos y se interrumpieron las licencias de construcción de otros nuevos. Paralelamente, aumentó el miedo a la energía nuclear en todo el mundo.

El peor accidente ocurrido en una central nuclear tuvo lugar en abril de 1986 en Chernóbil, población situada a 104 kilómetros al norte de Kiev (Ucrania). La central, acabada de construir en 1983, constaba de cuatro reactores capaces de producir, cada uno, mil megavatios de potencia eléctrica. En un ensayo del funcionamiento del cuarto reactor, los técnicos cerraron varios sistemas y retiraron todas las barras del núcleo para que el reactor siguiera funcionando al 7% de potencia y la reacción en cadena se descontroló. Se produjeron varias explosiones que volaron la cubierta de acero y cemento del reactor. La expulsión a la atmósfera de unas ocho toneladas de material radiactivo, que fueron transportadas por las corrientes de aire a grandes distancias (al día siguiente se detectaron en Suecia niveles radiactivos anormalmente altos), tuvo consecuencias muy graves: dos personas murieron en la explosión, veintinueve por la exposición a la radiación (600 rads o más producen la muerte) y doscientos enfermaron de gravedad (400 ó 500 es una dosis letal para el 50% de la población); decenas de miles de personas fueron evacuadas; el suelo en un radio de unos treinta kilómetros desde la planta quedó severamente contaminado. Además, dosis de radiación inferiores pueden tener efectos tardíos y producir un conjunto de neoplasias, tales como leucemias, cánceres de tiroides y de glándulas salivares, de pulmón, de huesos y de mamas. El miedo a las plantas nucleares y las manifestaciones de protesta se extendieron por toda Europa.

En el año 2011 un terremoto al que siguió un tsunami en la costa de Japón inundó los sótanos de la central nuclear de Fukushima, causó pérdidas de refrigerante del reactor, lo que produjo explosiones de hidrógeno que tuvieron como consecuencia emisiones de elementos radiactivos que obligaron a la evacuación de cientos de miles de habitantes de las zonas de alrededor de la planta. Dicen que hubo muertes prematuras entre las personas que no abandonaron sus hogares. Gran cantidad de aguas contaminadas fueron liberadas al Océano Pacífico.

¿Consecuencias de los graves accidentes nucleares? Hoy en día siguen funcionando algo más de 400 centrales nucleares en el mundo, con las grandes naciones en cabeza: EEUU, Rusia, Japón, China, Francia… Y es que la energía eléctrica producida a partir de las reacciones nucleares es más barata. Solo algunos países, entre ellos España, promueven el cierre de las centrales en producción. Y un científico tan valorado como James Lovelock dice que la energía nuclear es un mal menor ¡Ah, si contásemos con la fusión nuclear!

Citas explicativas o controvertidas sobre el cambio climático.

El espesor de la atmósfera terrestre es menor del 1% del diámetro de la Tierra aun considerando la estratosfera. El astrónomo Carl Sagan lo compara con una mano de pintura sobre una pelota voluminosa. Además tiene en cuenta que el planeta soporta la mayor densidad de población media de la historia, de diez personas por kilómetro cuadrado y con un crecimiento todavía explosivo, y que «la especie humana se dedica afanosamente a explotar su entorno con un conocimiento muy pobre de las consecuencias de sus acciones». Sagan defiende que nuestro planeta es indivisible, por lo que «en Norteamérica se respira el oxígeno generado en las selvas ecuatoriales brasileñas; la lluvia ácida emanada de las industrias contaminantes del medio oeste de Estados Unidos destruye los bosques canadienses; la radiactividad de un accidente nuclear en Ucrania pone en peligro la economía y la cultura de Laponia; el carbón quemado en China eleva la temperatura en Argentina; los clorofluorcarburos que despide un acondicionador industrial constituye una trampa explosiva. Sin embargo, resulta muy costoso tomar en serio amenazas tan horrendas. Tal vez los científicos que nos previenen de la inminencia de catástrofes sean unos agoreros. Tal vez no sea más que una manera de conseguir subvenciones oficiales. Otros científicos dicen que no hay de qué preocuparse, que tales afirmaciones no están demostradas, que el medio ambiente se curará solo. Como es lógico, queremos creerles».

El químico físico irlandés John Tyndall descubrió, hacia la mitad del siglo XIX, que el dióxido de carbono y el vapor de agua, transparentes a la luz visible, no lo son para el infrarrojo. En ausencia de sol, por ejemplo de noche, la superficie de la Tierra irradia calor hacia el espacio exterior principalmente en forma de ondas infrarrojas que son parcialmente bloqueadas por el dióxido de carbono, el vapor de agua y otros gases como el metano y óxidos de nitrógeno. Aunque las cantidades de estos gases es pequeña (y la de vapor de agua, además, variable), bloquean la suficiente radiación infrarroja para producir el ‘efecto invernadero’, gracias al cual la temperatura media de la Tierra es de unos 13ºC. Si dicho efecto no existiese se calcula que la temperatura media de la superficie terrestre sería de unos 11 grados bajo cero.

En la actualidad, La Tierra se encuentra en un periodo interglacial. Durante el último millón de años, los glaciares han avanzado y cubierto de hielo buena parte de la superficie terrestre, retirándose después sin efectos catastróficos para la vida humana, ya que la diferencia entre la temperatura media global de una glaciación y un periodo interglacial es solamente de 3 ó 6 grados. Incluso en el transcurso del periodo puede haber fases cálidas, como ocurrió entre los años 1.000 y 1.300, o fases frías, como la ‘pequeña edad de hielo’ que duró desde 1.300 hasta 1.700. De los datos anteriores se deduce que aun pequeños cambios en la temperatura media producen cambios notables en el clima y que la temperatura media está influida por pequeñas variaciones en la capacidad de captación del calor emitido por la Tierra mediante los gases de efecto invernadero. Por ejemplo, si la concentración de dióxido de carbono es mayor del 0,03% (300 partes por millón, la concentración preindustrial) aumentará el calor y habrá mayor evaporación de agua, con una cuádruple consecuencia: a más dióxido de carbono, más efecto invernadero, pero mayor crecimiento de las plantas que lo consumen; a más nubes, mayor efecto invernadero, pero más reflejo de la luz solar que no llega a la superficie terrestre. De estas y otras tendencias contrapuestas surgen las discrepancias sobre el cambio climático que se vienen manteniendo a lo largo de los años.

El divulgador científico John Gribbin sostiene que tiene que haber un límite para el aumento de temperatura debido al efecto invernadero, ya que la saturación de la banda de captación de la radiación infrarroja no puede producir un aumento de la temperatura media global superior a los 4ºC. Otros afirman, sin aportar datos, el mayor o menor calor a las diferencias en el brillo del Sol y al desconocimiento de la influencia de la radiación ultravioleta y del viento solar. El novelista ‘best seller’ Michael Crichton, que afirma haber estudiado el tema en profundidad, publica cosas como estas: «En esencia, la amenaza del calentamiento del planeta no existe. Incluso si fuese un fenómeno real, seguramente redundaría en un beneficio neto para la mayor parte del mundo». «El control social se administra mejor desde el miedo. Miedo a la guerra nuclear, al imperio comunista, a las crisis ecológicas, al medio ambiente tóxico, al terrorismo, a la delincuencia, a los extranjeros, a la enfermedad, a la tecnología, a los alimentos, a los gérmenes, a las sustancias químicas… El complejo industrial-militar no es ya el principal impulsor de la sociedad, sino el complejo político-jurídico-mediático que fomenta el miedo apelando a la seguridad».

Un equipo de científicos patrocinado por la ONU denominado Panel Internacional para el Cambio Climático (IPCC en siglas inglesas), manifestó en el 2.007 que la temperatura media de la superficie terrestre había aumentado 0,55ºC en los últimos cincuenta años y que existe una probabilidad del 90% de que este aumento se deba a la actividad humana, esto es, a las emisiones de dióxido de carbono, de óxidos de nitrógeno y del metano procedente de los vertederos, del ganado, de los arrozales y de las pérdidas del gas natural empleado.

En 1997, el Fondo Mundial para la Naturaleza publicó un informe en el que, sobre un mapa del mundo, enumeraba un conjunto de evidencias demostrativas de que sufrimos ya las consecuencias físicas, ecológicas y sobre la salud del aumento de la temperatura media: 1.- Impacto físico: Los glaciares de los Alpes han perdido la mitad de su volumen desde 1985 y en los de Perú el deshielo es siete veces superior a décadas anteriores; el permafrost no está permanentemente congelado en Siberia, y en Alaska se derriten los sótanos de los esquimales; mientras las precipitaciones aumentan en el este de Norteamérica, en el Sahel avanza el Sahara; etcétera. 2.- Impacto ecológico: Calentamiento del Pacífico en California con desaparición del 80% del zooplancton y el colapso de pesquerías; incendios por calor en las islas Galápagos; aumento del nivel del mar en al bahía de Chesapeake; desaparición de un sistema coralino en Belice; colapso de las poblaciones de pingüinos en la Antártida; las plantas crecen cien metros más arriba en los Alpes; desaparecen témpanos de hielo en Japón; etcétera. 3.- Impacto sobre la salud: Epidemia de termitas, mosquitos y cucarachas en Luisiana tras cinco años sin heladas; epidemia de ratas en India tras fuertes lluvias; el paludismo aumenta en Madagascar y es nuevo en Ruanda; el dengue se extiende con el mosquito hacia el norte de México y Texas; etcétera.

El químico físico James Lovelock, creador de la teoría Gaia que engloba a los organismos y al medio ambiente explica «por qué la Tierra está rebelándose y cómo podemos todavía salvar a la Humanidad». Él cree que Gaia está respondiendo al efecto invernadero y que su contestación es ya imparable: terminará con nuestra civilización, no con el planeta ni con la vida. Está convencido de que la sociedad industrial no dejará de emitir gases de invernadero y de que, además, los que hay son suficientes para que la Tierra siga calentándose. Vaticina un final catastrófico, principalmente debido a las inundaciones masivas que supondrán emigraciones hacia las regiones árticas con grandes pérdidas de vidas humanas. (En el artículo de mi blog Juan Martín Mira / Universal titulado ‘2022. Avances y retrocesos’ hay un apartado dedicado a Lovelock en el que están ampliadas estas cuestiones).

La fotosíntesis, madre nutricia

Dejo atrás los temas médicos para seguir acumulando artículos de divulgación científica en mi dominio juanmartinmira.blog

Nos preguntamos: ¿cómo se repone el gasto de alimentos y oxígeno generado por los animales? En nuestros pulmones entra un aire que contiene el 21% de oxígeno y allí éste es atrapado por la hemoglobina de la sangre, una proteína de color rojo que tiene en su estructura un grupo denominado hemo con un átomo de hierro. La hemoglobina transporta el oxígeno a las células, adonde también llega el alimento transformado, por ejemplo, en glucosa. En el citoplasma de las células, exterior al núcleo (donde se encuentran los cromosomas), existen unos pequeños orgánulos llamados mitocondrias que contienen las sustancias necesarias para la respiración (enzimas, coenzimas y activadores), esto es, para que la glucosa se queme suavemente y se convierta en dióxido de carbono, agua y en la energía que mantiene al ser vivo. El aire que el organismo devuelve tras la respiración ha perdido aproximadamente un 5% de oxígeno.

Si al consumo de los animales se añade el oxígeno gastado al quemar combustibles, el contenido de la atmósfera se agotaría en unos pocos milenios, pero desde finales del siglo XVIII, gracias a los trabajos de Joseph Priestley y de Jan Ingenhousz, quien publicó un libro titulado brevemente «Experimentos sobre los vegetales, descubrimiento de su gran poder de purificación del aire cuando están expuestos al sol y su capacidad de perjudicarlo durante la noche y en la penumbra», se sabe que las plantas verdes se encargan de reponer el oxígeno atmosférico mediante un proceso que, más tarde, se denominó fotosíntesis. En este proceso, las plantas (y las algas verde azuladas, las protistas y algunas bacterias) se sirven de la energía de la luz solar para transformar el agua y el dióxido de carbono (con la asistencia de algunos minerales) en oxígeno y en sus propios tejidos. Consecuentemente, la fotosíntesis mantiene la vida en la Tierra, no solo restaurando el oxígeno, sino también dando alimento a todos los seres vivos, sean herbívoros, carnívoros u omnívoros. Además, si hay madera, carbón, gas y petróleo, se debe a esta reacción. Durante la noche, las plantas desprenden dióxido de carbono y absorben oxígeno como en la respiración animal, pero, en conjunto, hay una producción neta de oxígeno.

Las células vegetales contienen cloroplastos, semejantes a las mitocondrias de las células animales aunque más grandes, donde hay centenares de moléculas de clorofila además de enzimas (proteínas que, actuando como catalizadores, hacen posible las reacciones bioquímicas), coenzimas (moléculas orgánicas que pueden ser vitaminas ligadas a las enzimas) y activadores (como los iones metálicos). La clorofila tiene un grupo parecido al hemo de la sangre que encierra un átomo de magnesio en lugar de hierro. Las dos clases de clorofila existentes, a y b, que se diferencian en poco, absorben complementaria y fuertemente los colores rojo y violeta de la luz solar, por lo que emiten el color que vemos: el verde. La energía captada por la clorofila se transmite hasta los centros de reacción, en donde se desarrollan dos cadenas (o sistemas) de reacciones lumínicas independientes: en una de ellas se genera la molécula NADPH y en la otra se rompen moléculas de agua y se libera oxígeno. Cuando se conectan los dos sistemas se produce ATP, un fosfato que es una especie de depósito de energía capaz de cederla a los sistemas reactivos que lo necesiten. En este punto, la luz ya ha hecho su función. Ahora puede proseguir la denominada ‘fase oscura de la fotosíntesis’ o ‘ciclo de Calvin’, deducida por Melvin Calvin y su equipo que le valió el premio Nobel de Química en 1961: la molécula reductora NADPH, con la energía aportada por el ATP, utiliza el dióxido de carbono para sintetizar los hidratos de carbono que constituyen los tejidos de las plantas y sirven de alimento a los animales racionales e irracionales.

Dopaje

El dopaje consiste en la estimulación para conseguir mejoras físicas o intelectuales. Los deportistas en competición tienen una larga lista de sustancias prohibidas: Los estimulantes cerebrales, como las anfetaminas, la cafeína y el piracetam, euforizantes que aumentan la resistencia, la concentración y el estado de vigilia. (Federico Martín Bahamontes, rey de la montaña y ganador del tour de Francia, confesó que bebía café en carrera cuando todavía no estaba prohibido). Los estimulantes respiratorios y cardiovasculares, como el heptaminol, vasodilatadores que aumentan la presión arterial y favorecen la oxigenación de los músculos, disminuyendo la sensación de fatiga y aumentando la resistencia al esfuerzo. Los betabloqueantes, como el propanolol y el sotalol, que bajan la tensión arterial, mejoran la concentración y eliminan el nerviosismo. Las hormonas, como el estradiol y la nandrolona, que combaten el cansancio y favorecen el crecimiento muscular. (El atleta afrocanadiense Ben Johnson fue desposeído de la medalla de oro ganada en la carrera de los cien metros lisos de los juegos olímpicos de Seúl por consumo de hormonas anabolizantes). También están prohibidos los diuréticos, que camuflan otros medicamentos. (El ciclista segoviano Perico Delgado fue mantenido como ganador del tour de Francia 1988 al dar negativo en un contraanálisis de diuréticos). La relación de prohibidos aumenta con los narcóticos como la heroína y la morfina, y las transfusiones y autotransfusiones de sangre, que aumentan el hematocrito. Etcétera.

¿Y los que no competimos? Todos los medicamentos anteriores deben ser recetados por los médicos y algunos suministrados bajo control. No obstante, hay estimulantes que son utilizados habitualmente, como son los complejos vitamínicos con sales minerales (de magnesio, potasio y fósforo) y oligoelementos (cobre, cobalto y manganeso), además de las enzimas y los aminoácidos.

Con el párkinson

El premio Nobel de Medicina o Fisiología del año 2000 correspondió al sueco Arvid Carlsson y a los estadounidenses Paul Greengard y Eric R. Kandel. Carlsson, a finales de los años cincuenta, detectó la dopamina en áreas del cerebro que controlaban la locomoción y otras actividades voluntarias. Asimismo, demostró que una disminución de dopamina dificultaba la capacidad de movimiento en animales y que cuando los trató con levo-dopa, que el cerebro usa para sintetizar dopamina, los síntomas desaparecían. Después, la l-dopa se empleó en el tratamiento del párkinson. El trabajo de Carlsson contribuyó a la comprensión de la relación entre neurotransmisores y estados mentales y condujo a la introducción de drogas antidepresivas.

Greengard demostró que la transmisión sináptica lenta implica una reacción de fosforilación en la que una molécula de fosfato se une a una proteína cambiando su función. Cuando la dopamina ataca a los receptores de la membrana exterior de la neurona, causa la intervención del adenosin monofosfato cíclico (AMPc), molécula que activa una enzima que adiciona fosfato a otras proteínas de la neurona.

Kandel relacionó la transmisión sináptica y la memoria: si los estímulos son pequeños la memoria se conserva solo durante horas; pero si son grandes permanece durante semanas.

El neurólogo estadounidense Oliver Sacks, en su libro ‘Despertares’, que dio lugar a una obra dramática de Harold Pinter y a una película dirigida por Penny Marshall y protagonizada por De Niro y Robin Williams, da cuenta de numerosas historias clínicas de sus intentos de cura con levo-dopa de pacientes con síndrome postencefálico, la encefalitis letárgica, una funesta secuela de la enfermedad de Parkinson. Se supone que la pandemia de párkinson tuvo su origen en el virus de la mal llamada ‘gripe española’ de 1928. El hecho de que el parkinsonismo y los síndromes postencefálicos se desarrollen tantos años después de adquirido el virus se debe a que solo se alcanzan cuando la destrucción de las neuronas de la ‘sustancia nigra’ del cerebro es, más o menos, del 80%, efecto que se potencia con la edad.