La muerte
esa finalidad que conduce a la nada humana
ese temor
esa justificación para las religiones todas.
Los egipcios poderosos
con su esperanza de pervivencia
puesta en la indestructibilidad del cuerpo.
Los otros egipcios, que nunca incineraban a los muertos,
les dotaban de provisiones para la otra vida.
Los sumerios, babilonios y asirios
precursores del judaísmo y del cristianismo
para quienes los dioses crearon de arcilla a los humanos
sus sirvientes
y añadieron carne y sangre divinas imperecederas.
Los hindúes
con un alma que sufre innumerables reencarnaciones
salvo que logre la emancipación por la santidad
o por arrojar al Ganges la cenizas del muerto.
Los judíos
para quienes no había retorno tras la muerte
parecen aceptar que Yahvé resucitará al individuo
con un hueso de la columna.
Los islamistas
para quienes todo está predeterminado por Dios omnipotente:
el nacimiento, la vida y la muerte
no incineran a los muertos
creen que habrá un juicio final a los individuos resurrectos
con destino especial para los mártires de la guerra santa.
Los cristianos
consideran la muerte irreal
creen que hay una vida más allá y hacen eterno al humano.
Los antiguos griegos
con sus dioses parecidos a superhombres
por encima de los cuales estaba el Destino,
por debajo, los humanos
simples episodios de la tierra.
La sociedad actual agnóstica o atea
para la que las religiones no pueden tener justificación
ante la ciencia moderna
en la que permanece activo el miedo a la muerte
incapaz de eliminar la perplejidad de la vida salvo estudiándola
considera condición necesaria y suficiente para la muerte
la falta de respuesta del cerebro humano.