Un pintor austriaco no exento de arte.
Un cabo que luchó en la Gran Guerra.
Un soldado que entró en política
fundando el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán
estallando el orador apasionado y dinamizador.
Habla de la raza pura superior
conquistadora del espacio vital para el pueblo
dominadora de un bloque europeo
libre de judíos, judaizantes y comunistas.
El cabo pintor es ya el dios de la religión nazi
adorado por las gentes
obedecido por sus sumisos adláteres.
Agrede.
Inicia una guerra que se transformó en mundial.
El inmarcesible no comprende
por qué el anciano borracho Churchill
atado al salario judío
sirviente del paralítico Roosevelt
rechazó su plan
con Europa dominada por el Reich
e Inglaterra dedicada a su imperio
metiéndose en guerra.
El inmarchitable reconoce
que pactó con Stalin, ese loco furioso,
el reparto de territorios,
que su alianza con su amigo Mussolini
el de los cinco polvos diarios,
había sido perjudicial por sus interacciones en África y Grecia
que obligaron a Alemania a acciones debilitantes.
El superhombre reprocha
a los japoneses que no operasen conjuntamente con el Reich
y a Franco que le diese el beso de Judas.
El magnífico exige
a su ejército que luche hasta el último hombre
indiferente a la muerte.
El divino se suicida de un tiro en la sien
a los cincuenta y seis años de edad.
Incinerado, dejó un trozo de mandíbula
una década de sufrimiento
millones de muertos
una Alemania arruinada y disminuida.
Estas fueron sus conquistas.